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¿Quién pidió a Duhalde?

Las instituciones democráticas de la Argentina siguen siendo víctimas de la sordera selectiva de la clase política. Los millones de votos bronca del 14 de octubre de 2001 y los contundentes cacerolazos de las semanas pasadas dieron un veredicto popular claro y sin medias tintas.
El pueblo quiere vivir en democracia, pero no soporta más estar gobernado por esa centena de dirigentes que en las últimas décadas se alternaron en los cargos del poder y no dejaron un solo espacio para el cambio, la renovación, la inyección de nuevas ideas.
La reciente asunción de Eduardo Duhalde como presidente de la Nación confirma lo antes señalado. Duhalde, junto con Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Carlos Ruckauf, Felipe Solá, Domingo Cavallo, López Murphy, Miguel Angel Toma, Eduardo Menem, Erman González, Carlos Corach, Juan José Mussi, Fernando De la Rúa, Carlos Grosso, Graciela Fernández Meijide, Carlos "Chacho" Alvarez, Humberto Roggero, Rodolfo Terragno y tantos más, son las figuras protagónicas de la política ineficiente, incapaz, desvergonzada, repetitiva y entregada a las órdenes extranjeras.
Si la gente de todas las clases pidió un cambio a gritos, ¿es Eduardo Duhalde la figura del cambio pedido? ¿Alguien gritó en la Plaza de Mayo, frente al Congreso o en los barrios porteños que por favor Eduardo Duhalde nos salve? La respuesta la sabemos todos.
Y todos también conocemos las razones por las cuales la presidencia queda en manos de este político bonaerense y justicialista. Le conviene al peronismo y sus compromisos; no le molesta al radicalismo y sus compromisos; le cae simpático al Frepaso y sus compromisos, y a los que no les resulta gracioso (partidos de izquierda, por ejemplo), nadie los escucha porque todavía son pocos.
Por ello, un flamante acuerdo de cúpulas, de espaldas a la gente, a sus necesidades y a sus contundentes reclamos, terminó por desembocar en la presidencia de Duhalde, algo que la mayoría de los ciudadanos no quiso en las elecciones de 1999.
Los laberintos de esta crisis desembocaron en lo peor que se podía esperar. La esperanza de una Argentina destrozada en lo social y en lo económico se centra en la figura de Eduardo Duhalde, el mismo que durante años compartió gobierno, decisiones, medidas, amigos, acuerdos y silencios con Carlos Saúl Menem.
Duhalde, el mismo que gobernó en la provincia de Buenos Aires durante ocho años y no generó un cambio que sea digno de ser recordado en los próximos manuales del alumno bonaerense.
Duhalde, aquel que se postuló para la presidencia que ahora le entrega en bandeja la ineficiencia de otros, y que en esa ocasión recibió un duro revés por su floja doble gestión como gobernador.
Duhalde, el mismo que cuando perdió aquella elección prometió dedicar el resto de su vida a la actividad privada y abrió una inmobiliaria en Lomas de Zamora.
Duhalde, el que meses después de esa promesa se olvidó de sus dichos y regresó a la política como candidato a senador nacional.
Duhalde, el que se alzó con una banca en el Senado de la Nación en los históricos comicios en los que ganó el sufragio impugnado como señal de protesta contra la clase dirigente.
Duhalde, el que sin reparar en la forma en que llegó al Senado ahora se apropia de la banda presidencial y vuelve a prometer como si él no tuviera pasado, culpas o responsabilidades en la caótica situación actual.
El descontento de muchos argentinos no se cierra en la persona de Duhalde porque, como sucede con cada figura de la política poderosa, él es solamente la punta de un iceberg de ineficiencia.
Con su presidencia ya se anuncia el regreso triunfal de Graciela Giannettasio a la cartera de Educación; de Juan José Mussi al área de Salud; de la "señora de" Duhalde al sector de Acción Social; del ex ministro de Trabajo de Buenos Aires, Aníbal Fernández, a la Secretaría General; de Carlos Ben y Daniel Basile para el área de Comunicación y más, muchos más. El detalle no es casual si se piensa en ese latente pedido de cambio: casi en su totalidad, los nombrados son "ex" funcionarios, con gestiones para el olvido.
Que la presidencia ahora esté en manos de Duhalde evidencia que los políticos oportunistas y con pasado sucio prefieren desoír al pueblo o escuchar sólo a sus intereses. Siguen pactando a puertas cerradas y no acusan recibo de los flamantes cacerolazos, en los que se grita "No queremos a los mismos ladrones de siempre"; "Basta de delincuentes".
Esos gritos y la sensación de ansiedad que ronda por las mentes argentinas hace pensar que las cacerolas están en mano y esperan que cualquiera de los mencionados muestre la hilacha, algo que -por sus pasados y prontuarios- es sólo cuestión de escaso tiempo.


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