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Distintas cacerolas
Quienes gobiernan a los argentinos en
las esferas municipales, provinciales y nacional, están aterrados
ante el impensado poder de reacción que comenzó a manifestar la
clase media, armada con un instrumento simple, pero que hace mucho
más que ruido a lata: las cacerolas.
Mientras la tensión social crece -basta repasar las noticias que
aparecen en la televisión que todavía no se vendió al poder de
turno- los dirigentes políticos siguen repitiendo recetas y tratan de
desacreditar el valor de la protesta callejera que encabeza la clase
media.
En Luján, los principales dirigentes políticos, con el intendente
Miguel Prince, intentan, por lo bajo y mediante comentarios a sus
allegados, desacreditar el uso del "cacerolazo" como modo de
expresión de bronca e impotencia.
Para él -y para el principal dirigente político radical- esa manera
de protestar es sólo una expresión de mezquindad de "los
oligarcas que tienen plata en el banco". Es de esperar que el
jefe comunal cambie de actitud o sólo haya cometido un furcio cuando
sugirió que la clase media no tiene motivos valederos para gritar su
bronca.
Si tal como lo afirma su entorno, esa es la posición de Prince ante
los "cacerolazos", sus palabras denotan miedo. Miedo a la
falta de control político; a la canalización de la bronca por la
ineficiencia; o a la expresión alejada de punteros políticos o de la
triste dependencia a las lismonas que se giran a los marginados
(chapas, colchones, alimentos o ropa).
Para Prince, como para muchos dirigentes de su estilo, no hay nada
más cómodo que una manifestación de las clases bajas. En esas
estructuras, tanto Prince como Eduardo Duhalde, su esposa Chiche y
miles de dirigentes "populistas", tienen infiltrados cientos
de punteros o manzaneras que actúan cuando la tensión crece o
muestra signos de un inminente estallido.
La ecuación es sencilla: ante un grito que reclama alimento, una
bolsa de comida. Y el resultado palpable es la calma y el silencio
asegurado por un tiempo. Es que, aunque suene tajante y duro, la
necesidad extrema hace que el carenciado termine perdiendo parte de su
dignidad.
Por eso, tanto Prince como cualquier otro dirigente político, deberá
comprender que ahora más que nunca el poder de decisión o de disenso
está en la gente. Y no se define la suerte de una política sólo
cada dos años, en las urnas electorales.
En ese contexto, entonces, cada uno tiene el legítimo derecho a pedir
por lo que otros -injustamente- le niegan. ¿O acaso los concejales,
diputados, senadores, funcionarios y jubilados de privilegio no
pusieron el grito en el cielo cuando, como gesto ante la crisis, se
les planteó la posibilidad de reducir sus ingresos?
Por esa razón, aunque le duela a los gobernantes, es saludable que de
modo pacífico los ahorristas pequeños, medianos o grandes reclamen
por el dinero que los bancos le retienen por especulación o miedo a
la quiebra. O que los jubilados y pensionados pidan respeto en las
fechas y montos para el cobro de sus haberes; que los beneficiarios
del PAMI griten cuando falta una prestación o un remedio; que los
desocupados clamen medidas urgentes de reactivación laboral o que la
ciudadanía entera solicite a cacerolazo limpio que dejen sus sillones
los políticos y jueces corruptos e inútiles de siempre.
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