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Un luthier que selló un tiempo
Autodidacta en el aprendizaje de
la música y en la confección de distintos instrumentos de
cuerdas que le valieron un inmenso reconocimiento por parte de
muchos artistas, Banchero fue una de las personalidades que nos
dejó en el año 2001.
De las muchas voces afectuosas
que supieron rodearlo, no faltó una que con un puñado de
palabras logró definir con certeza su misión en la vida:
"Dios lo privilegió al concederle un don maravilloso: hacer
las mejores guitarras de la zona".
La apreciación tenía un destinatario: Armando Gregorio Banchero,
el luthier que desgranó su sabiduría para la ejecución de
disímiles instrumentos, a los que dotó de los más melodiosos
sonidos. Aquellos que los conocedores no podían dejar pasar por
alto. Por eso, muchos años de su larga vida los dedicó a
construir infinidad de instrumentos que le requirieron exigentes
músicos del país.
Tuvo una vida intensa, de trabajo y sin descansos. El camino de la
madera que recorrió por espacio de mucho tiempo, lo condujo
finalmente a la tarea de luthier, labor que encaró en silencio y
con pasión.
Y en silencio se fue. De pronto, don Armando, como se lo
reconocía y saludaba, dijo adiós cuando muchos aún esperaban
tanto de él y su arte. Ello sucedió el 6 de agosto de 2001.
Don Armando había nacido el 12 de marzo de 1921, en la misma casa
que habitó hasta los últimos días. Por aquellos años, la casa
ocupaba toda la manzana y era propiedad de doña Petrona Charú,
hija de franceses, casada con el italiano
Miguel Ratti.
Era hijo de Antonio Banchero y Antonia Ratti. Y cuando sus padres
lo dejaron, continuó viviendo solo en esa casa paterna de
Almirante Brown al 1700, que un día vio surgir muy cerca el
hospital local.
Su romance con la guitarra, según contó en una ocasión, tuvo un
origen casual. "Yo tenía adoración con mi abuela Petrona y
ella conmigo", confió, agregando que, a los siete años, un
día de Reyes ella le regaló una guitarrita de juguete, y
después contagiada por su entusiasmo, le obsequió otra con la
que pudo comenzar a tocar. Y sin maestro a su lado, fue
aprendiendo de a poco. "Y ya a los doce años empecé a sacar
las primeras canciones", recordaba con satisfacción.
A los 15 años ingresó como aprendiz de maquinista en la
mueblería Mignone y poco después, con mayor responsabilidad, lo
hizo en la mueblería Gotta.
Con el tiempo fue delegado gremial en la firma Anselmo y Cía,
aunque confesaba que su dedicación tenía por fin ayudar a la
gente.
Siendo carpintero y conocedor de maderas, un día comenzó a
arreglar guitarras y con el tiempo, casi sin querer, se dedicó a
realizarlas. En este hobby fue un autodidacta, brindándose con
entusiasmo a la observación de cada uno de los instrumentos que
le llegaban a sus manos.
Casi tocado por la varita mágica fue desarrollando su oficio,
para el que contaba además con un oído al que no se le escapaba
ni el más mínimo detalle.
TIEMPO DE RECONOCIMIENTO
Una fecha clave en su vida fue el 6 de enero de 1954, cuando
pulsó por primera vez una guitarra que él mismo construyó. Y a
partir de entonces, nació el respeto por el luthier, al que
pronto comenzaron a requerir la realización de instrumentos.
Con el paso de los años, el nombre de Armando creció y ya no fue
sólo gente o músicos de Luján los que solicitaron sus
servicios. Y con los instrumentos o sus reparaciones, Banchero
ganó la amistad y especialmente el reconocimiento de muchos que
admiraron y ponderaron su arte para dar forma a guitarras,
charangos o requintos, entre otros.
Ese compromiso con la música lo llevó, además, a erigirse en un
guitarrista reconocido, al punto de integrar varios conjuntos,
muchos incluso que la radiofonía requería por la década del 40
o 50.
Pero con el paso de los años, ya jubilado, continuó solamente
con su vocación artesanal. "¿Qué hago sino estoy con mis
guitarras y con mis amigos?", confió años atrás a la
revista "Nosotros", rodeado en una habitación de su
casa por fotos, diplomas y muchos recuerdos que testimoniaban el
inmenso cariño cosechado a lo largo de años y que manifestaban
quienes lo conocían.
El tiempo también le deparó otras satisfacciones. En los
últimos años fue homenajeado por su talento, hombría de bien y
trayectoria al servicio del movimiento musical. Fue declarado
"Ciudadano Ilustre" de Luján según el Decreto Nº 122
del 10 de febrero de 1989 y con su nombre fue bautizado el
escenario mayor del "Encuentro de la Fe y la Historia",
realizado a comienzos de la década del 90 en Luján. A ellos,
deben sumarse otros homenajes, como el realizado por amigos y
peñas y hasta por dos creadores, Pitín Repetto y Cacho Tacunau,
que pusieron letra y música, respectivamente, a "Versos para
Banchero". Una composición que entre otros versos,
precisaba: "Te debía mi pueblo un homenaje/y tal vez porque
nadie lo intentó/junté fuerzas para armarme de coraje/y en estos
versos te lo ofrezco yo. Mientras arranque un bardo en su
encordado/los dulces trinos que gimiendo están/y haga Armando
Banchero mil guitarras/no habrá peñas arraigadas en
Luján."
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