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Un legítimo invento argentino

Los argentinos parecen haber caído en la cuenta de que, como sentenció el premio Nobel Albert Camus, Buenos Aires es, en efecto, "la capital de un imperio que nunca existió". Aquel país promisorio y pujante en el que decidieron vivir nuestros abuelos descendió en picada hasta convertirse en un territorio decadente, gobernado por políticos corruptos, mediocres o ineptos (no necesariamente en ese orden) que lo sumieron en la bancarrota más absurda. Una ruina tan atroz que, a principios del siglo XX, ni el más mentado de los compatriotas podría haber concebido jamás como destino probable.
Hastiado y decepcionado, el pueblo salió a la calle a protestar y a reclamar por sus derechos. Y lo hizo de un modo original: golpeando cacerolas, ensordeciendo a sus representantes políticos con secos clamores de acero inoxidable, para que todo el mundo se dé por enterado de la disconformidad de un pueblo entero que arrastra una bronca casi ancestral, hereditaria, insoportable.
Las cacerolas son ahora las protagonistas del presente, y serán sin duda uno de los íconos más representativos de la historia que se está escribiendo. Los manuales del futuro las asociarán con corralitos, riesgo país, pesificación, dolarización, default, corrida bancaria, volatilidad, déficit cero, patacones, devaluación, merval y bonos de la deuda, entre muchos otros vocablos archipopulares en los tiempos que corren.
¿Cómo protestan los ahorristas que tienen acorralada la plata de toda su vida? ¿De qué forma expresa su desacuerdo la gente ante cualquier medida del gobierno que considera injusta? ¿De qué modo hacerle saber a los medios de comunicación (sobre todo a los que están en manos de grandes grupos económicos) que no se está de acuerdo con la escasa cobertura brindada a las asambleas populares o a las diversas manifestaciones que se vienen llevando a cabo hasta el momento? ¿Cómo puede pedirse la destitución total de los integrantes de la Corte Suprema de Justicia? Los argentinos tienen la respuesta: a través del cacerolazo.
Esta original forma de expresar la bronca, el desacuerdo y la demanda (acaso hija masiva de los primeros escraches) demostró toda su contundencia en su debut oficial; fue capaz de desencadenar las renuncias de Fernando de la Rúa y Adolfo Rodríguez Saá a la presidencia, nada más ni nada menos.
Y no sólo eso. El cacerolazo prendió en distintos países latinoamericanos, y esta semana tuvo su correlato en Berlín, donde un grupo de argentinos -con el apoyo de alemanes- expresó su bronca a través de este nuevo método de protesta.
Este movimiento espontáneo, popular y no por familiar menos asombroso, ya tiene su propia página en internet: www.c-a-c-e-r-o-l-a-z-o.com.ar. En ella los usuarios pueden obtener información acerca de lugar adonde se realizará el próximo centro del reclamo, una "encuesta cacerolera" para expresar su opinión sobre las últimas decisiones del gobierno, un rincón para chatear y artículos extraídos de diferentes diarios del mundo sobre la crisis argentina. El site, además, opera como una inmensa red de comunicación que mantiene en contacto permanente a los miles de manifestantes de todo el país, e incluso coordina representantes barriales para mantener informada a la comunidad respecto de las últimas novedades.
Pero lo cierto es que las cacerolas representan no sólo la bronca de la gente, sino que van mucho más allá: son el símbolo de la familia tradicional argentina, el lugar donde se cocinaba el alimento diario y el puente que luego reunía a los descendientes de una misma estirpe alrededor de la mesa.
Ahora las cacerolas suenan porque están vacías. La finalidad es volver a llenarlas, pero para eso la lucha tiene que trascenderlas, superarlas y proyectarlas hacia un camino de construcción que apunte al nacimiento de una nueva República. Y esto no puede esperar.

 

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