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Máximas argentinas

Las dos fueron bautizadas con el mismo nombre: Máxima. La primera nació en el seno de una tradicional familia de la oligarquía terrateniente. La segunda vino al mundo en un hogar de clase media-baja de un pueblo de la provincia de Buenos Aires.
El padre de Máxima 1 se forjó en un mundo de ideas ultraconservadoras, acompañadas de una aversión a toda oposición política, pero principalmente al peronismo. El padre de Máxima 2 trabajó toda su vida en una textil, y desde joven sintió una particular inclinación por la reivindicación de los derechos de la clase obrera.
En verano, Máxima 1 pasaba las vacaciones junto a su familia en Punta del Este; en invierno, esquiaba en Bariloche. Los veranos de Máxima 2 dejaron de ser aburridos el día que en su barrio abrieron una colonia de vacaciones municipal. Y creyó tocar el cielo con las manos cuando a los 14 años, finalmente, pudo conocer el mar.
Máxima 2 sufrió y no entendió las razones por las cuales su padre debió alejarse de la casa, perseguido por formar parte de la cúpula de una organización sindical. Máxima 1 tampoco vio demasiado a su padre durante la infancia, desbordado por las obligaciones que le demandaba dirigir la Secretaría de Agricultura del gobierno militar de su país.
Los padres de Máxima 1 se ocuparon de que su hija tuviese una buena educación: la enviaron a un colegio bilingüe y luego a la Universidad Católica Argentina, donde se licenció en Economía. Más tarde, viajó a Boston para completar su formación. Las aspiraciones de Máxima 2, por seguir una carrera universitaria, se frustraron apenas terminó el secundario y se vio obligada a trabajar para ayudar a su madre, que había quedado viuda luego de que su compañero muriera combatiendo en una emboscada que le tendió el Ejército.
Máxima 1 conoció a su futuro marido (un príncipe holandés heredero de la Corona) en una fiesta celebrada en Sevilla. Quedaron en llamarse y una semana más tarde se pusieron de novios. Máxima 2 se enamoró del repositor de un hipermercado durante una visita al Paseo de la Costa, y luego de dos años de relación los jóvenes decidieron unirse en matrimonio.
Las dos se casarán este sábado. Los preparativos de la boda de Máxima 1 demandaron mucho tiempo. Unas 1.750 personas fueron invitadas a la celebración, que se podrá ver en todo el mundo y estará custodiada por unos 6.000 agentes de policía. El casamiento de Máxima 2 también llevó su tiempo de preparación, aunque la familia se concentró principalmente en reunir el dinero que al menos posibilite un brindis después del enlace, con los parientes y amigos más íntimos.
Máxima 1 dirá el "sí" arrodillada en un reclinatorio construido especialmente para la boda que la reina Wilhelmina celebró en 1901 con el príncipe Hendrik de Alemania. Máxima 2 lo hará en las escalinatas del altar de la capilla de su barrio, levantada a mitad de los ochenta por un sacerdote tercermundista.
Después de la ceremonia, Máxima 1 recorrerá las calles de la ciudad en un coche dorado tirado por caballos. Al término de la boda, Máxima 2 se subirá a un remís alquilado para la ocasión y se tomará fotos junto a su flamante marido frente a las glorietas de la plaza del pueblo.
Las dos Máximas, bien mirado, representan las caras opuestas del país en el que nacieron, y que fue construido sobre la base de antagonismos y juegos de fractura: oligarquías o cabecitas negras; unitarios o federales; peronistas o radicales; azules o colorados; capital o interior; militares o civiles; rosistas o sarmientistas; pueblo o gobernantes. En síntesis: civilización o barbarie.
Hay más ejemplos: en estos días, mientras gran parte del país está sumido en la bronca y el hambre, un pequeño grupo de especuladores se enriquece gracias a la crisis. Y mientras algunos consiguieron "saltar" el corralito financiero, la gran mayoría no puede disponer de los ahorros de toda su vida.
Los antagonismos, por lo visto, no pasaron de moda. Y parece que las máximas que enseñen el modo de revertirlos todavía no fueron escritas.

 

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