|
La hora de la verdad
No hay dudas de que vivimos tiempos
históricos. La realidad está cambiando de actores sociales. La gente
común -sumida en un pesado letargo de décadas- está empezando a
despertar para ganar la calle y tomar partido en las decisiones de
orden nacional. El ciudadano medio que antes observaba impávido y sin
compromiso cómo, desde las esferas de poder, se determinaba y se le
daba curso al destino de un pueblo entero, ahora quiere ser
protagonista de los cambios. "No nos van a estafar más",
claman las voces populares. Y Luján, en los últimos meses, no se
queda atrás en el protagonismo de esa transformación que pretende
ser estructural.
Desde las primeras asambleas docentes que tuvieron lugar el año
pasado -y que continúan funcionando- hasta las incipientes reuniones
de desocupados que comienzan a gestarse en los barrios, los vecinos de
esta ciudad vienen demostrando que el debate público no es sólo la
combinación de fórmulas utópicas de quienes sueñan con una patria
socialista. Tampoco la respuesta solipsista de un grupo social
determinado (la clase media, pongamos, o lo que queda de ella) que se
sintió directamente afectado por las últimas medidas económicas.
Es, desde el vamos, mucho más que esto. Por eso no debemos dejarnos
engañar ante los discursos reaccionarios que intentan minimizar lo
que, de hecho, se presenta como un fenómeno social capaz de alcanzar
la depuración de las instituciones y cambiar el curso de nuestra
historia.
Pero para que esto suceda hace falta resolver un dilema fundamental:
cómo se hace, el famoso "know how" del marketing
empresarial. Está claro que la gente niega que esta transformación
pueda venir de la mano de la clase política. Y de este modo se
plantea una nueva disyuntiva para nada sencilla de resolver: con los
políticos nadie quiere, pero sin ellos -por el momento- no se puede.
¿Entonces qué?
La respuesta a este interrogante no va a surgir por arte de magia,
imposición de manos o alguna receta mesiánica. La respuesta,
precisamente, saldrá de las asambleas populares, ese viejo espacio de
participación que la gente común recuperó y que día a día
confirma su condición democrática, participativa y pluralista.
El viernes por la noche, antes de que finalizara el segundo cacerolazo
por las calles céntricas, los vecinos tomaron la palabra frente a la
Municipalidad. Sobre las escalinatas blancas que miles de pies pisan
diariamente, la gente expresó su bronca y expuso sus propuestas. Y
desde allí -por sobre todas las cosas- le pidió a quienes protestan
estérilmente entre las paredes de su casa o frente al televisor
encendido que se sumen a las marchas.
Sin embargo, para destrabar la falta de participación es necesario
pasar sobre prejuicios históricos: "Yo no voy porque esas
marchas están convocadas por la izquierda". "Son siempre
los mismos fracasados que se juntan a protestar pero que nunca
lograron nada". "Para qué ir, si después las cosas siguen
igual". Y así.
Todos los que estuvieron en la asamblea del viernes coincidieron en
que estaban ante un hecho inédito en la historia de Luján, y del
país. Muchos entendieron -casi como una revelación- que no es
imposible la práctica del diálogo, de la discusión, de las
propuestas transformadoras. Y que a partir de este punto se está
mucho más cerca de lograr lo que antes parecía apenas una ilusión:
que las cosas cambien. Sólo hace falta entrenamiento. Es hora de
empezar a ejercitarnos.
|