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Se olvidan del Museo
Un amplio sector de la sociedad local se encuentra dividido
por un tema que, analizado con frialdad, no presenta margen
para las diferencias. Se trata de la defensa o
cuestionamiento, uno más cerrado que el otro, de la extinta
gestión del profesor Carlos Scannapieco al frente el Complejo
Museográfico "Enrique Udaondo".
Para los defensores del funcionario, en sus más de seis años
de gestión, el Museo se abrió a la comunidad de Luján, en
particular a grupos de personas que nunca antes habían tenido
espacio dentro de las estructuras del Complejo.
Antes, el valioso sitio estaba reservado para una pequeña
casta de sujetos "culturosos", casi siempre cercanos
al poder político, que dentro de cuatro paredes hablaban y
disfrutaban del Museo de Udaondo. En otras palabras, eran
tiempos en los que jamás hubiese participado de una actividad
museográfica alguna persona que no fuera profesional.
Scannapieco, con cierto carisma y buen manejo de la difusión,
amplió el abanico de interesados por el lugar y encontró eco
en gente que antes no tenía margen para la participación. A
fuerza de eventos de los más diversos, se insertó al Museo
en la población, objetivo inexistente en direcciones
anteriores.
En esa política se anotan algunas actividades reñidas con la
lógica, como el hecho de pasear todos años los carruajes
históricos, únicos e irrepetibles, cargados de tripulantes
que disfrutaban el día sin comprender el daño perdurable.
A partir de ese entonces -y de una pelea con la Asociación de
Amigos, por una cuestión de manejo de fondos-, lo que para
unos eran virtudes de Scannapieco, para otros era negligencia
e incumplimiento de los deberes de funcionario público. En el
medio, la bochornosa desaparición de decenas de armas que, en
su mayoría, formaban parte de la Sala de la Guerra del
Paraguay.
Si las cosas están dadas como se describe en esta columna, es
imposible no pensar en un enfrentamiento de partes. Sin
embargo, ese choque no debería existir. El error está en el
elemento que cada actor tomó para disentir con el otro.
Sería saludable que A.Co.R.De. (Asociación de Conservación,
Restauración y Desfile), ADU (Asociación Damas del Udaondo),
los Amigos del Museo y los propios empleados del Complejo
recuerden que las personas pasan y sólo las instituciones
quedan.
Mientras ellos debaten y discuten al borde del agravio sobre
la conveniencia o perjuicios de Scannapieco como director,
este Museo, uno de los más importantes de América Latina, no
tiene un relevamiento de sus objetos; tiene elementos
irrecuperables que se deterioran arrumbados en un depósito;
presenta cerca de la mitad de sus instalaciones cerradas por
falta de mantenimiento, capacidad o recursos; se recauda en
alquileres sin dar explicaciones a nadie; se emplea gente
"recomendada" por el poder sólo para pasar a cobrar
una vez al mes, y muchos de sus objetos desaparecen y aparecen
como por arte de magia, sin que surjan responsables.
Ante la realidad, en lugar de abanderarse y gritar por un
funcionario, los interesados en el Museo -y no en sacar
beneficios personales o saciar cierto egoísmo coleccionista-,
deberían utilizar el énfasis de la protesta en exigir
medidas serias a las autoridades provinciales.
En lugar de cuestionar desde el papel, la prensa y los dimes y
diretes de conventillo, los verdaderos amigos de la
institución tendrían que ponerse al frente de un pedido para
la realización de un inventario, paso ineludible para una
gestión que pretenda cierta cuota de seriedad.
Si en verdad todas las partes se trenzan en una lucha porque
les interesa el Museo y su conservación, es el momento justo
para aunar esfuerzos, plantarse ante las autoridades y exigir,
mucho más allá de Carlos Scannapieco o de Roberto Green.
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