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Animalitos de costumbre
Al realizar un repaso de las actuales encuestas, que intentan
reflejar la intención de voto de los argentinos de cara a la
elección de intendentes, gobernadores y presidente, entre
otros cargos, es imposible no caer en la angustia. Los únicos
contentos con esos sondeos son los políticos de siempre que,
por enésima vez, maquillan sus discursos para mantenerse al
tope de los beneficios del poder.
Es el tiempo de las peligrosas encuestas. Ayer el diario La
Nación dio a conocer un resultado relacionado con la
intención de voto para fórmula presidencial. La consultora
Julio Aurelio tomó 1.866 casos de todo el país para
determinar que Menem-Romero, Kirchner y Rodríguez Saá-Posse
estarían arrojando un empate en el 17 por ciento de los
sufragios.
Detrás se ubica la fórmula de Elisa Carrió (14 por ciento),
más atrás Ricardo López Murphy (9,3 por ciento) y muy por
debajo Leopoldo Moreau-Losada, la oferta radical.
No menos sorprendente para los que aspiraban a un cambio
rotundo en las riendas del gobierno es el resultado que
arrojan los que escogen por otros partidos o fórmulas que
tienen en su plataforma otra idea de gestión, de
administración y, sobre todo, una muy diferente visión de
las prioridades de la gente. "Otros" sólo
cosecharía el 5,4 por ciento de los votos. En blanco o
impugnando se expresaría el 10,3 por ciento y apenas el 7,7
se manifiesta indeciso.
¿Los mencionados no son parte del paquete de políticos que
el pueblo pidió que se vayan? ¿No nos queda otra que aceptar
que el clamor para que se vayan todos fracasó en la
construcción de una propuesta superadora?
Admitida la tristeza lógica de observar como se olvidó ese
pedido mayoritario y firme de una renovación, hay que tratar
de comprender las razones de esta sumisión de las ofertas
"del sistema". Hay que buscar las causas de esta
indignante e histórica resignación. Da la impresión de que
los argentinos no podemos vivir sin un bipartidismo o sin
candidatos que coqueteen con los negociadores de los grandes
intereses.
Aunque suene irritante para muchos lectores, lo que sin duda
ocurrirá en las próximas elecciones sólo confirma que somos
animales domésticos o, mejor dicho, domesticados por los
domadores de las estructuras de poder.
Somos más bien animalitos de costumbres, que nos conformamos
con lo mínimo y no nos creemos capaces de modificar las
realidades injustas. Si a tu perro no le gusta la verdura,
pero se la dejás dos días en el plato, la termina comiendo.
Valga la comparación para la inminente inclinación
electoral.
Es más, aquellos que se animan a expresar la rebelión
pacífica pero molesta (los piqueteros o los asambleístas,
por ejemplo) son tratados como salvajes por estrictas órdenes
gubernamentales.
Mientras nos den de comer, nos aseguren una limosna, nos
garanticen la paz social -aunque sea a fuerza de balas y
uniformes- o -en el caso más repudiable- sigan ganando votos
por el hecho de conservar en sus boletas los signos de
líderes que, aunque muertos, deben estar avergonzados de que
usen sus rostros para saquear al pueblo, las posibilidades de
otra Argentina, más justa, más equitativa, más transparente
está a demasiada distancia.
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