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 Editorial Miércoles 26 de Febrero de 2003 

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Animalitos de costumbre
Al realizar un repaso de las actuales encuestas, que intentan reflejar la intención de voto de los argentinos de cara a la elección de intendentes, gobernadores y presidente, entre otros cargos, es imposible no caer en la angustia. Los únicos contentos con esos sondeos son los políticos de siempre que, por enésima vez, maquillan sus discursos para mantenerse al tope de los beneficios del poder.
Es el tiempo de las peligrosas encuestas. Ayer el diario La Nación dio a conocer un resultado relacionado con la intención de voto para fórmula presidencial. La consultora Julio Aurelio tomó 1.866 casos de todo el país para determinar que Menem-Romero, Kirchner y Rodríguez Saá-Posse estarían arrojando un empate en el 17 por ciento de los sufragios.
Detrás se ubica la fórmula de Elisa Carrió (14 por ciento), más atrás Ricardo López Murphy (9,3 por ciento) y muy por debajo Leopoldo Moreau-Losada, la oferta radical.
No menos sorprendente para los que aspiraban a un cambio rotundo en las riendas del gobierno es el resultado que arrojan los que escogen por otros partidos o fórmulas que tienen en su plataforma otra idea de gestión, de administración y, sobre todo, una muy diferente visión de las prioridades de la gente. "Otros" sólo cosecharía el 5,4 por ciento de los votos. En blanco o impugnando se expresaría el 10,3 por ciento y apenas el 7,7 se manifiesta indeciso.
¿Los mencionados no son parte del paquete de políticos que el pueblo pidió que se vayan? ¿No nos queda otra que aceptar que el clamor para que se vayan todos fracasó en la construcción de una propuesta superadora?
Admitida la tristeza lógica de observar como se olvidó ese pedido mayoritario y firme de una renovación, hay que tratar de comprender las razones de esta sumisión de las ofertas "del sistema". Hay que buscar las causas de esta indignante e histórica resignación. Da la impresión de que los argentinos no podemos vivir sin un bipartidismo o sin candidatos que coqueteen con los negociadores de los grandes intereses.
Aunque suene irritante para muchos lectores, lo que sin duda ocurrirá en las próximas elecciones sólo confirma que somos animales domésticos o, mejor dicho, domesticados por los domadores de las estructuras de poder.
Somos más bien animalitos de costumbres, que nos conformamos con lo mínimo y no nos creemos capaces de modificar las realidades injustas. Si a tu perro no le gusta la verdura, pero se la dejás dos días en el plato, la termina comiendo. Valga la comparación para la inminente inclinación electoral.
Es más, aquellos que se animan a expresar la rebelión pacífica pero molesta (los piqueteros o los asambleístas, por ejemplo) son tratados como salvajes por estrictas órdenes gubernamentales.
Mientras nos den de comer, nos aseguren una limosna, nos garanticen la paz social -aunque sea a fuerza de balas y uniformes- o -en el caso más repudiable- sigan ganando votos por el hecho de conservar en sus boletas los signos de líderes que, aunque muertos, deben estar avergonzados de que usen sus rostros para saquear al pueblo, las posibilidades de otra Argentina, más justa, más equitativa, más transparente está a demasiada distancia.

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