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 Editorial Miércoles 5 de Marzo de 2003 

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La culpa no es del chancho
Nos falta aprender mucho, superar una incontable cantidad de injusticias y, sobre todo, castigar con el aislamiento a todos los responsables de los males que nos toca padecer en democracia. Cuando eso se logre, los demás objetivos de los ciudadanos comunes y trabajadores que pueblan el país se obtendrán por decantación.
Sin embargo, mientras los protagonistas y ocupantes de los sectores de poder sean señores como Luis Barrionuevo, las chances de una nueva Argentina -como la que intentan vender ahora los candidatos en campaña- son inviables.
El domingo, porque la Justicia de aquí y de allá se lo impidió con argumentos lógicos (no puede certificar los años de residencia necesarios para pelear por la Gobernación), Barrionuevo y sus muchachos a sueldo sembraron el caos, el descontrol y la inseguridad en una provincia que intentaba dar un paso democrático más.
Como el señor de la barra de Chacarita no podía competir por decisión judicial, parece que nadie tenía derecho a expresar su voluntad y a fuerza de matones se consiguió el objetivo: la suspensión de los comicios. Ganó Barrionuevo, el caudillo que se mofa de la Constitución y las leyes vigentes. Perdió la democracia. Y el gobierno guarda silencio cómplice.
Barrionuevo es el mismo que hace años admitió públicamente que una solución para la Argentina era que los políticos dejaran de robar dos años. Semejante frase pronunciada y escuchada en el marco de una sociedad seria, con funcionarios y proyecto serios, hubiese desplazado a su autor al más remoto de los ostracismos. Pero en nuestro suelo, por el contrario, te puede dar más prensa, más posicionamiento, más oportunidades. Así ocurrió con Barrionuevo, un patotero con actual traje de senador.
Lejos de condenarlo, su verborragia lo colocó en lo más alto del gobierno menemista, y ahora del duhaldista. Ocupa una banca en el "Honorable" Senado de la Nación; su esposa es la ministra de Trabajo de la Nación y su hermana es diputada provincial por Catamarca. Barrionuevo tiene demasiadas evidencias para demostrar que su modo de "trabajar" en el ambiente político le rinde excelentes frutos.
Su situación en relación con su candidatura es tan insostenible que su caso fue utilizado como ejemplo para justificar -no hace mucho- el pago de desarraigo que cobran los legisladores nacionales. Si estaba desarraigado de su Catamarca querida y por eso su dieta nos costaba un poco más a todos los ciudadanos, con qué argumento sigue sosteniendo su candidatura a gobernador por esa provincia.
Ahora que apeló a la violencia para expresar su descontento, está seguro de que se saldrá con la suya. En contraposición a su supuesto, el gobierno nacional debería investigar lo ocurrido y encarcelar a los organizadores y el Partido Justicialista tendría que pensar seriamente en su expulsión.
El tema es que más allá de los delirios peligrosos y violentos de Barrionuevo se encuentra el respaldo con el que cuenta. Se mueve con los usos y costumbres de la vieja política, que tanto daño nos ha causado en las últimas décadas. Representa la metodología de la masacre de Ezeiza; del cajón quemado de Herminio Iglesias; del mayor extremismo de los Montoneros. Su modo de actuar en Catamarca es el que tanto le sirvió de argumento a los justificadores de la mano dura y las últimas dictaduras.
¿Cómo es posible que siga impune a sus dichos y sus hechos? ¿Cuál es la base de sustento que tiene este sujeto de la peor política nacional? ¿Quiénes lo mantienen en la cúspide del protagonismo? ¿Por qué nos cuesta tanto crecer en democracia, marginando a los violentos?

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