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Sábado 8 de Marzo de 2003 - INFORMACIÓN GENERAL

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Lectura de verano: Mil intentos y un invento (Capítulo I)
El submundo de la creación

Escribe Horacio Papaleo

La presente es la primera de una serie de notas en las que se intentará ahondar el mundo de los inventores locales, con historia que rozarán el éxito, pasarán a kilómetros de él, tendrán final feliz, gracioso o decepcionante. Sin embargo, para iniciar ese tránsito hacia lo "inventado", es necesario dibujar el complejo submundo de los creadores.
El ser inventor define un estado mental mucho antes de la construcción efectiva de alguna cosa o idea. Se trata de una excitación mental o, como le confesó un inventor local a quien escribe, "es como un hormiguero recién pateado: no es una locura ni el caos total, pero sí un aumento de la excitación en niveles controlables. Si pasás esos límites, terminás internado en Open Door".
En materia de creación neta, se pueden describir dos clases de inventores:
Los puristas: aquellos que desarrollan una idea, concepto, aparato o forma que no existe hasta el momento. Es un creador de algo nuevo. Por ejemplo, el motor de combustible interno o el televisor no existía, pero alguien lo inventó.
Los inventores modificadores: serían una subcategoría y se trata de las personas que modifican algo existente. Toman una cosa (objeto o idea), la mejoran o la adaptan y eso es viable de ser patentado.
Existe -hay que decirlo, aunque duela- una cierta displicencia de los puristas para con los modificadores de cosas. Y la realidad indica que no son lo mismo: serían, en términos musicales, como los autores y los arregladores.
"El campo de acción es muy grande. Prácticamente infinito, porque todas las cosas son mejorables o inventables. El asunto de que está todo inventado no es cierto, porque siempre se puede desarrollar una cosa nueva", le aseguró a este cronista Andrés, un inventor de pura sangre.
Para entender a quienes inventan también se necesario referirse a las motivaciones personales, que son otra forma de clasificar el trabajo de creación. Pululan por el ambiente inventores que persiguen la quimera del invento salvador desde el punto de vista económico. Ese es uno de los principales motores. "Invento esto y con esto me salvo".
En planos que en lo personal considero "superiores" se hallan los inventores que se muevan detrás de una inspiración filantrópica. En la práctica, sería aquel que hace una cosa, se la muestra o se lo comenta a cualquiera y cree y quiere quedar bien con su entorno.
Cabe destacar que la vanidad es otro ingrediente inserto dentro de la mente del inventor. "Mienten los inventores si dicen que les disgusta comentar `Yo inventé esto, mi nombre aparece en todos lados, yo seré Geniol, Don Curitas o Pasteur", admitió Andrés.
Los investigadores de base, los científicos, son una clase de inventores, pero es más entretenido para contar historias bucear en el laberinto de lo que Andrés llamó "el simple peatón": ese que inventa una cosa no con el fin de vender o comercializar, sino porque considera que es bueno para alguien.

VAYA PARADOJA
Como en la persecución de cualquier quimera, llega el momento en que el inventor se da contra la pared. Esa afirmación sirve para explicar la otra posibilidad de ramificación y existencia dentro del ambiente: los inventores ricos y los pobres.
No es sencillo ni se trata de un terreno llano el tener una idea y concretar el objeto. "Uno puede desarrollar una buena idea de un aparato, idea o sistema y después, para comercializarlo, tiene que enfrentar la paradoja económica", dijo Andrés, orgulloso de transitar la franja del inventor pobre.
El inventor rico trabaja con una base, con plata. Esa persona puede ir al Registro Nacional de Patentes, realizar los trámites correspondientes, pagar y si funciona o no su creación, no le genera un gran problema.
El inventor pobre está obligado a luchar. En su caso, confía en que su invento puede funcionar. Lo patenta, trata de vender su patente o se asocia con un capitalista que ponga la plata para desarrollarlo. Esa patente cuesta unos 3.000 pesos para la Argentina o 100.000 dólares para el caso internacional.
El inventor pobre tiene que poner 3.000 pesos para ver si eso que creó funcionará algún día, pero -según estimaciones de quienes se mueven en el ambiente- en el 99 por ciento de los casos nunca consigue un socio capitalista o la forma de fabricar su producto. El pobre no tiene plata para hacer muchas patentes y probar cuál funciona.
La otra chance para el inventor de escasos recursos económicos es dar a conocer a alguien esa idea -sin el respaldo de la patente- entusiasmarlo como socio, patentarlo a medias y suele ocurrir que la idea es robada.
Andrés testificó que "se pueden pasar 25 años haciendo el trámite de una patente. Son carpetas enormes que nunca están bien llenas, que nunca están bien prolijas, nunca tienen los dibujos como corresponde o la redacción no es la adecuada. Hay que volver, volver y volver".
"En ese organismo, si bien no lo puedo comprobar, los empleados son estatales y de Argentina. Uno va con la idea, le dan un numerito, llena los formularios y se tiene que respetar un orden de entrega. Si la idea es interesante, podría llegar a pasar que por un paquete de facturas el empleado levante el teléfono y le venda la idea a amigos empresarios con fotocopia de tus proyectos. En esos casos, los empresarios van al Registro, presentan todo en orden con sus formularios correctos y prolijos, consiguen un número de entrada y patente anterior al tuyo y cuando vos lograste que ingrese tu proyecto, es rechazado porque ya hay uno anterior", relató el inventor vernáculo.
Pero usted, inventor pobre, no desespere. Hay otra oportunidad para seguir participando. Se puede recurrir a una de las escasas Gestorías de Patentamiento existentes en la Capital Federal.
Son empresas integradas por escribanos o abogados, que viven de su prestigio. Si no fueran confiables, durarían semanas en el mercado. En caso de que ellos vendan una idea, el perjudicado lo publica en carta de lector de un diario y la empresa se funde en el acto, porque el inventor es esencialmente desconfiado. Ese trabajo de gestoría seria es caro; cuesta no menos de 1.500 pesos, pero la patente se consigue".
Por eso, según la visión de Andrés, la cuestión radica en tener mucha plata y coleccionar patentes, "con lo cual se genera un problema familiar de administración de los recursos porque todo el dinero se gasta en esas boludeces. O si no, se le cuenta a todo el mundo qué inventé y la idea es tomada por otros, alguno de los cuales la comercializa y uno queda como un gil. Es la paradoja del inventor pobre".

Se debe hablar de inventores puristas, que crean algo que no existe. Y de inventores modificadores, que reforman algo existente y eso puede ser patentado. Los primeros menosprecian a los segundos.

"Si uno no tiene plata para una patente, le cuenta a todo el mundo lo que inventó, la idea es comercializada por otro y uno queda como un gil. Es la paradoja del inventor pobre".


Convocatoria abierta
En próximas ediciones se darán a conocer historias de inventos a inventores locales, con finales felices o frustrados. Pero la idea es abrir la propuesta a las anécdotas de Luján relacionadas con el tema y que este medio desconoce. Si usted es inventor de algo que funciona o funcionó en su momento o tiene un amigo o allegado inventor que es tímido para difundir su creación, escriba a "redaccion@elcivismo.com.ar". Iremos a "reivindicar" su trabajo.

 


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