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El submundo de la creación
Escribe Horacio Papaleo
La presente es la primera de una
serie de notas en las que se intentará ahondar el mundo de los
inventores locales, con historia que rozarán el éxito, pasarán
a kilómetros de él, tendrán final feliz, gracioso o
decepcionante. Sin embargo, para iniciar ese tránsito hacia lo
"inventado", es necesario dibujar el complejo submundo
de los creadores.
El ser inventor define un estado mental mucho antes de la
construcción efectiva de alguna cosa o idea. Se trata de una
excitación mental o, como le confesó un inventor local a quien
escribe, "es como un hormiguero recién pateado: no es una
locura ni el caos total, pero sí un aumento de la excitación en
niveles controlables. Si pasás esos límites, terminás internado
en Open Door".
En materia de creación neta, se pueden describir dos clases de
inventores:
Los puristas: aquellos que desarrollan una idea, concepto, aparato
o forma que no existe hasta el momento. Es un creador de algo
nuevo. Por ejemplo, el motor de combustible interno o el televisor
no existía, pero alguien lo inventó.
Los inventores modificadores: serían una subcategoría y se trata
de las personas que modifican algo existente. Toman una cosa
(objeto o idea), la mejoran o la adaptan y eso es viable de ser
patentado.
Existe -hay que decirlo, aunque duela- una cierta displicencia de
los puristas para con los modificadores de cosas. Y la realidad
indica que no son lo mismo: serían, en términos musicales, como
los autores y los arregladores.
"El campo de acción es muy grande. Prácticamente infinito,
porque todas las cosas son mejorables o inventables. El asunto de
que está todo inventado no es cierto, porque siempre se puede
desarrollar una cosa nueva", le aseguró a este cronista
Andrés, un inventor de pura sangre.
Para entender a quienes inventan también se necesario referirse a
las motivaciones personales, que son otra forma de clasificar el
trabajo de creación. Pululan por el ambiente inventores que
persiguen la quimera del invento salvador desde el punto de vista
económico. Ese es uno de los principales motores. "Invento
esto y con esto me salvo".
En planos que en lo personal considero "superiores" se
hallan los inventores que se muevan detrás de una inspiración
filantrópica. En la práctica, sería aquel que hace una cosa, se
la muestra o se lo comenta a cualquiera y cree y quiere quedar
bien con su entorno.
Cabe destacar que la vanidad es otro ingrediente inserto dentro de
la mente del inventor. "Mienten los inventores si dicen que
les disgusta comentar `Yo inventé esto, mi nombre aparece en
todos lados, yo seré Geniol, Don Curitas o Pasteur",
admitió Andrés.
Los investigadores de base, los científicos, son una clase de
inventores, pero es más entretenido para contar historias bucear
en el laberinto de lo que Andrés llamó "el simple
peatón": ese que inventa una cosa no con el fin de vender o
comercializar, sino porque considera que es bueno para alguien.
VAYA PARADOJA
Como en la persecución de cualquier quimera, llega el momento en
que el inventor se da contra la pared. Esa afirmación sirve para
explicar la otra posibilidad de ramificación y existencia dentro
del ambiente: los inventores ricos y los pobres.
No es sencillo ni se trata de un terreno llano el tener una idea y
concretar el objeto. "Uno puede desarrollar una buena idea de
un aparato, idea o sistema y después, para comercializarlo, tiene
que enfrentar la paradoja económica", dijo Andrés,
orgulloso de transitar la franja del inventor pobre.
El inventor rico trabaja con una base, con plata. Esa persona
puede ir al Registro Nacional de Patentes, realizar los trámites
correspondientes, pagar y si funciona o no su creación, no le
genera un gran problema.
El inventor pobre está obligado a luchar. En su caso, confía en
que su invento puede funcionar. Lo patenta, trata de vender su
patente o se asocia con un capitalista que ponga la plata para
desarrollarlo. Esa patente cuesta unos 3.000 pesos para la
Argentina o 100.000 dólares para el caso internacional.
El inventor pobre tiene que poner 3.000 pesos para ver si eso que
creó funcionará algún día, pero -según estimaciones de
quienes se mueven en el ambiente- en el 99 por ciento de los casos
nunca consigue un socio capitalista o la forma de fabricar su
producto. El pobre no tiene plata para hacer muchas patentes y
probar cuál funciona.
La otra chance para el inventor de escasos recursos económicos es
dar a conocer a alguien esa idea -sin el respaldo de la patente-
entusiasmarlo como socio, patentarlo a medias y suele ocurrir que
la idea es robada.
Andrés testificó que "se pueden pasar 25 años haciendo el
trámite de una patente. Son carpetas enormes que nunca están
bien llenas, que nunca están bien prolijas, nunca tienen los
dibujos como corresponde o la redacción no es la adecuada. Hay
que volver, volver y volver".
"En ese organismo, si bien no lo puedo comprobar, los
empleados son estatales y de Argentina. Uno va con la idea, le dan
un numerito, llena los formularios y se tiene que respetar un
orden de entrega. Si la idea es interesante, podría llegar a
pasar que por un paquete de facturas el empleado levante el
teléfono y le venda la idea a amigos empresarios con fotocopia de
tus proyectos. En esos casos, los empresarios van al Registro,
presentan todo en orden con sus formularios correctos y prolijos,
consiguen un número de entrada y patente anterior al tuyo y
cuando vos lograste que ingrese tu proyecto, es rechazado porque
ya hay uno anterior", relató el inventor vernáculo.
Pero usted, inventor pobre, no desespere. Hay otra oportunidad
para seguir participando. Se puede recurrir a una de las escasas
Gestorías de Patentamiento existentes en la Capital Federal.
Son empresas integradas por escribanos o abogados, que viven de su
prestigio. Si no fueran confiables, durarían semanas en el
mercado. En caso de que ellos vendan una idea, el perjudicado lo
publica en carta de lector de un diario y la empresa se funde en
el acto, porque el inventor es esencialmente desconfiado. Ese
trabajo de gestoría seria es caro; cuesta no menos de 1.500
pesos, pero la patente se consigue".
Por eso, según la visión de Andrés, la cuestión radica en
tener mucha plata y coleccionar patentes, "con lo cual se
genera un problema familiar de administración de los recursos
porque todo el dinero se gasta en esas boludeces. O si no, se le
cuenta a todo el mundo qué inventé y la idea es tomada por
otros, alguno de los cuales la comercializa y uno queda como un
gil. Es la paradoja del inventor pobre".
Se debe hablar de inventores
puristas, que crean algo que no existe. Y de inventores
modificadores, que reforman algo existente y eso puede ser
patentado. Los primeros menosprecian a los segundos.
"Si uno no tiene plata para una patente, le cuenta a todo el
mundo lo que inventó, la idea es comercializada por otro y uno
queda como un gil. Es la paradoja del inventor pobre".
Convocatoria abierta
En próximas ediciones se darán a conocer historias de inventos a
inventores locales, con finales felices o frustrados. Pero la idea
es abrir la propuesta a las anécdotas de Luján relacionadas con
el tema y que este medio desconoce. Si usted es inventor de algo
que funciona o funcionó en su momento o tiene un amigo o allegado
inventor que es tímido para difundir su creación, escriba a
"redaccion@elcivismo.com.ar". Iremos a
"reivindicar" su trabajo.
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