Nació
con el siglo, el 15 de mayo de 1900. Su existencia ha
pisado tres siglos, desde su concepción en 1899 hasta
este 2003 que la sorprende con 103 años. Su árbol
genealógico la relaciona con personalidades de
nuestra historia como Dalmacio Vélez Sársfield,
José María Paz y hasta Julio Argentino Roca.
La tarde del miércoles pasado,
Virginia dialogó con EL CIVISMO; un sin fin de
recuerdos, anécdotas, emociones, y enojos recorrieron
su vida a lo largo del siglo XX. El encuentro reunió
a varias generaciones, dos de sus hijas, una nieta y
su tataranieta Sofía.
Virginia es madre de cuatro
mujeres, Camila (Mima), Ercilia (Chicha), María
Enriqueta (Buba) y Romelia Graciela (Mecha); abuela de
diez nietos; bisabuela de veinte y tatarabuela de
Sofía.
Sus memorias comienzan en San
Miguel de Tucumán, ciudad que la vio nacer. Allí,
Gil Vélez, su padre -quien trabajaba en el
ferrocarril-, y su madre, Romelia Paz -encargada del
cuidado de sus seis hijas mujeres y sus cuatro hijos
varones-, forjaron la vida de Virginia.
Entre los recuerdos que se
agolparon en su mente, rememoró el día en que sus
padres se conocieron: "Mi abuela, mamá y mis
tías pasaban las vacaciones en Córdoba, en la
estancia de Julio Argentino Roca. Resulta que hacían
un corral grande lleno de bosta, y mamá iba
acompañada de una india, porque Dalmacio había
llevado a unas indiecitas para que criara a las tías.
Allá había la pelea del gallo, y mamá no sabía
cómo era. Mamá estaba parada ahí vino un señor muy
de galera y todo bien, y mamá dice que lo miró así
nomás. Y Carmen, la india, le dijo enseguida:
´bueno, vamos para casa´. Después averiguaron
quién era, quién no era y se pusieron de
novios".
SU INFANCIA
La escuela primaria la llevó
hasta sexto grado, primero en una escuela de monjas en
Tucumán y luego en la Escuela "Federico
Helguera", donde la directora era Solana Toranzo
Paz, prima de Romelia, madre de Virginia.
Sobre estos tiempos de estudios
comentó que la situación política del país y su
relación con Vélez Sársfield provocaban cierta
reticencia en sus padres respecto de las salidas de
sus hijos. "Papá en eso era muy delicado, y
mamá tenía miedo, como estaban en política de
Dalmacio Vélez Sársfield mamá no nos dejaba salir,
no quería porque había revuelta. Estaban las
elecciones de Dalmacio que vendría a ser tío abuelo
mío, y él dijo -dejémosle a Manuel Rosas que haga
las elecciones-, y salió ganando él y Dalmacio no
era más presidente", recordó Virginia.
También recordó anécdotas del
lechero que les llevaba la leche a su casa. La
descripción de esa historia no puede ser más
pintoresca que contada por sus propias palabras.
"Era un matrimonio español, doña Francisca se
encargaba de llevar la leche y huevos a casa. El
marido era muy ahorrativo porque quería volverse a
España, entonces Francisca bendecía con agua la
leche. Pero en la calle había inspectores que
controlaban eso y si estaba con agua te la volcaban a
la alcantarilla. Un día, después que dejó la leche
a mamá, llegó a su casa y siempre ponía la plata en
una lata escondida en un alero del rancho. Cuando va a
poner los pesos de ese día se encontró con que las
lauchas le entraron, le hicieron un nido en la lata y
se comieron casi todo el dinero. Después fue a
contarle a mamá, y mamá le dijo: por un lado te
tengo lástima pero por otro `el que es del agua, el
agua lo lleva'", rememoró Virginia.
La mayor parte de su infancia la
vivió en Tucumán, posteriormente su familia se
trasladó por un tiempo a la ciudad de Las Palmas,
Chaco, para trabajar en los ingenios azucareros de los
Gainza Paz. Luego de algunos años, las mujeres de la
familia retornaron a las tierras tucumanas. Allí, en
Las Palmas, Virginia conoció a quien sería su futuro
esposo, Wilfrid Pascucci, contador italiano que llegó
a la ciudad donde su hermano era director del hospital
del lugar.
SU JUVENTUD
Algunos años después, Wil,
como lo llama Virginia, pidió su mano en matrimonio.
"Fue a pedir mi mano, a decir: don Vélez, me
permite una palabrita, entonces tengo que hablar con
usted, y estaba mi mamá. Yo vengo por Virginia, y
ahí se arreglaron, y de ahí me casé".
Su vida de casada la llevó a
acompañar a Wilfrid hasta Buenos Aires -donde fue el
contador de la Casa Parada- hasta llegar a San Andrés
de Giles donde administró la estancia y criaderos de
quien recuerda como la condesa de Cobo. Algunos años
después, Wilfrid, cansado de los números, estudió
apicultura y se mudaron a nuestra ciudad para
establecer su propio criadero de aves, labor en la que
Virginia era una hacendosa colaboradora.
En Luján, vivieron en su casona
del barrio La Loma que compartió junto a Wilfrid
hasta 1986, cuando enviudó. Allí permaneció hasta
los 97 años cuando comenzó a perder la vista y se
mudó a un pensionado con otros abuelos.
Tres años después, su pérdida
de la vista fue total y como regalo de su centenario,
fue operada de cataratas y recuperó totalmente su
visión.
Entre las tantas anécdotas que
la jovial Virginia y sus familiares compartieron con
EL CIVISMO, comentaron que algún tiempo atrás, un
empleado del ANSeS se acercó hasta el pensionado para
realizar un certificado de vida. Sobre esta visita,
Virginia recordó que "vinieron a ver si estaba
viva, y yo les dije: en vez de gastar tantos papeles y
perder el tiempo conmigo, porque no me aumentan la
pensión. Y él me dijo que se lo tenía que pedir al
nuevo presidente".