Miércoles 7 de Mayo de 2003 - Año 88 - Edición 6874 - Edición digital 0144

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Virginia Vélez Paz de Pascucci celebrará, el jueves, su cumpleaños

103 años de vida y de recuerdos

Nació en Tucumán y hace 70 años que reside en nuestra ciudad. Su memoria es un perfecto registro de todo un siglo. Recuerdos, anécdotas y un camino de vida que la llena de emociones.

Nació con el siglo, el 15 de mayo de 1900. Su existencia ha pisado tres siglos, desde su concepción en 1899 hasta este 2003 que la sorprende con 103 años. Su árbol genealógico la relaciona con personalidades de nuestra historia como Dalmacio Vélez Sársfield, José María Paz y hasta Julio Argentino Roca.

La tarde del miércoles pasado, Virginia dialogó con EL CIVISMO; un sin fin de recuerdos, anécdotas, emociones, y enojos recorrieron su vida a lo largo del siglo XX. El encuentro reunió a varias generaciones, dos de sus hijas, una nieta y su tataranieta Sofía.

Virginia es madre de cuatro mujeres, Camila (Mima), Ercilia (Chicha), María Enriqueta (Buba) y Romelia Graciela (Mecha); abuela de diez nietos; bisabuela de veinte y tatarabuela de Sofía.

Sus memorias comienzan en San Miguel de Tucumán, ciudad que la vio nacer. Allí, Gil Vélez, su padre -quien trabajaba en el ferrocarril-, y su madre, Romelia Paz -encargada del cuidado de sus seis hijas mujeres y sus cuatro hijos varones-, forjaron la vida de Virginia.

Entre los recuerdos que se agolparon en su mente, rememoró el día en que sus padres se conocieron: "Mi abuela, mamá y mis tías pasaban las vacaciones en Córdoba, en la estancia de Julio Argentino Roca. Resulta que hacían un corral grande lleno de bosta, y mamá iba acompañada de una india, porque Dalmacio había llevado a unas indiecitas para que criara a las tías. Allá había la pelea del gallo, y mamá no sabía cómo era. Mamá estaba parada ahí vino un señor muy de galera y todo bien, y mamá dice que lo miró así nomás. Y Carmen, la india, le dijo enseguida: ´bueno, vamos para casa´. Después averiguaron quién era, quién no era y se pusieron de novios".

SU INFANCIA

La escuela primaria la llevó hasta sexto grado, primero en una escuela de monjas en Tucumán y luego en la Escuela "Federico Helguera", donde la directora era Solana Toranzo Paz, prima de Romelia, madre de Virginia.

Sobre estos tiempos de estudios comentó que la situación política del país y su relación con Vélez Sársfield provocaban cierta reticencia en sus padres respecto de las salidas de sus hijos. "Papá en eso era muy delicado, y mamá tenía miedo, como estaban en política de Dalmacio Vélez Sársfield mamá no nos dejaba salir, no quería porque había revuelta. Estaban las elecciones de Dalmacio que vendría a ser tío abuelo mío, y él dijo -dejémosle a Manuel Rosas que haga las elecciones-, y salió ganando él y Dalmacio no era más presidente", recordó Virginia.

También recordó anécdotas del lechero que les llevaba la leche a su casa. La descripción de esa historia no puede ser más pintoresca que contada por sus propias palabras. "Era un matrimonio español, doña Francisca se encargaba de llevar la leche y huevos a casa. El marido era muy ahorrativo porque quería volverse a España, entonces Francisca bendecía con agua la leche. Pero en la calle había inspectores que controlaban eso y si estaba con agua te la volcaban a la alcantarilla. Un día, después que dejó la leche a mamá, llegó a su casa y siempre ponía la plata en una lata escondida en un alero del rancho. Cuando va a poner los pesos de ese día se encontró con que las lauchas le entraron, le hicieron un nido en la lata y se comieron casi todo el dinero. Después fue a contarle a mamá, y mamá le dijo: por un lado te tengo lástima pero por otro `el que es del agua, el agua lo lleva'", rememoró Virginia.

La mayor parte de su infancia la vivió en Tucumán, posteriormente su familia se trasladó por un tiempo a la ciudad de Las Palmas, Chaco, para trabajar en los ingenios azucareros de los Gainza Paz. Luego de algunos años, las mujeres de la familia retornaron a las tierras tucumanas. Allí, en Las Palmas, Virginia conoció a quien sería su futuro esposo, Wilfrid Pascucci, contador italiano que llegó a la ciudad donde su hermano era director del hospital del lugar.

SU JUVENTUD

Algunos años después, Wil, como lo llama Virginia, pidió su mano en matrimonio. "Fue a pedir mi mano, a decir: don Vélez, me permite una palabrita, entonces tengo que hablar con usted, y estaba mi mamá. Yo vengo por Virginia, y ahí se arreglaron, y de ahí me casé".

Su vida de casada la llevó a acompañar a Wilfrid hasta Buenos Aires -donde fue el contador de la Casa Parada- hasta llegar a San Andrés de Giles donde administró la estancia y criaderos de quien recuerda como la condesa de Cobo. Algunos años después, Wilfrid, cansado de los números, estudió apicultura y se mudaron a nuestra ciudad para establecer su propio criadero de aves, labor en la que Virginia era una hacendosa colaboradora.

En Luján, vivieron en su casona del barrio La Loma que compartió junto a Wilfrid hasta 1986, cuando enviudó. Allí permaneció hasta los 97 años cuando comenzó a perder la vista y se mudó a un pensionado con otros abuelos.

Tres años después, su pérdida de la vista fue total y como regalo de su centenario, fue operada de cataratas y recuperó totalmente su visión.

Entre las tantas anécdotas que la jovial Virginia y sus familiares compartieron con EL CIVISMO, comentaron que algún tiempo atrás, un empleado del ANSeS se acercó hasta el pensionado para realizar un certificado de vida. Sobre esta visita, Virginia recordó que "vinieron a ver si estaba viva, y yo les dije: en vez de gastar tantos papeles y perder el tiempo conmigo, porque no me aumentan la pensión. Y él me dijo que se lo tenía que pedir al nuevo presidente".




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