Sábado 9 de Agosto de 2003 - Año 88 - Edición 6901 - Edición digital 0171

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A dos años de un horrible homicidio

Yolanda vivió para decir "fue él"

Yolanda González sobrevivió a un balazo de Bersa 380 en pleno rostro. Y al dolor más profundo: su pequeño hijo fue asesinado de trece cuchillazos. El imputado es su ex marido, Fabián Mosquera, detenido desde entonces.

Yolanda González Villalba vive. O mejor, vivió para contarlo, para hablar. "Ella se está recuperando, lentamente", dice su hija Paula, aunque explica que, todavía, tiene dificultades para hacerse entender. No resulta sencilla la vida para Yolanda, ni para su familia, desde aquel 31 de julio de 2001. "A veces está bien, pero a veces se acuerda y está mal", explica su hija desde el barrio Juan XXIII, y acota: "Yo no puedo trabajar para atenderla y ahora le estoy tramitando una pensión en la AFJP".

Yolanda González Villalba, que hoy tiene 43 años, era enfermera en el hospital psiquiátrico San Juan de Dios. Compartía una sencilla vivienda con el menor de sus hijos, Mariano, fruto de una relación ya terminada con el camionero Carlos Mustafá, vecino de Navarro. El pibe, en 2001, estaba por cumplir 7 años ese domingo, el 6 de agosto, justo para el Día del Niño.

Las cosas no andaban bien, sin embargo. Desde aquel breve matrimonio con el mercedino Fabián Mosquera, finalizado en diciembre de 2000, Yolanda soportaba el asedio y las amenazas del hombre que quería recomponer la relación.

Mas ni siquiera en su peor pesadilla hubiese imaginado lo que sucedió aquella madrugada, en su propia casa: Yolanda recibió un balazo de arma de guerra que le atravesó ambas manos, levantadas en actitud defensiva, y se alojó en su cabeza. La encontraron sus familiares once horas después, bañada en sangre. "Agonizante", dicen las crónicas periodísticas de entonces. Pero Yolanda vivió, aunque quizás hubiese preferido morir, para no saber: el hombre que le disparó, antes de hacerlo había asestado trece cuchillazos al chico mientras este dormía. Por la noche fue detenido Mosquera, en Mercedes, donde se empleaba en la Municipalidad. Permanece, desde entonces en prisión. El juicio oral podría realizarse en 2005 y, si Yolanda hubiese muerto, Mosquera tendría posibilidades de ser absuelto por el beneficio de la duda. Porque el mercedino no reconoció ser el autor del hecho. "Siquiera se conmovió un instante de la extensa declaración", apuntó el doctor Zazzali, perito psiquiatra.

De acuerdo a la hipótesis del fiscal Pablo Merola, el homicida actuó con la más absoluta sangre fría, siguiendo "un plan perfectamente determinado". Y ese "plan" permitió que se carecieran de pruebas "directas" que lo incriminaran. Según se desprende de la investigación del fiscal, Mosquera se dirigió a Luján poco después de las 6 de la mañana, luego de concluir con su labor en la vecina ciudad. Una vez en la casa de su ex esposa, a la que ingresó con una llave propia, primero asesinó al niño, que se encontraba durmiendo, y luego disparó contra la mujer.

El minucioso relato del letrado, en su solicitud de prisión preventiva, resulta espeluznante: "Posicionándose sobre el costado izquierdo de la cama que ocupaba el niño -que se encontraba boca arriba- y empuñando en una de sus manos un arma de fuego (...) y con la otra un arma blanca punzo cortante, atacó ferozmente a la desprevenida víctima asestándole primero tres tremendos impactos en la zona anterior del tórax para de inmediato darlo vuelta boca abajo, aplicándole otros diez impactos en la espalda, lo que le produjo la muerte en forma instantánea". Como amargo y piadoso consuelo quedó la convicción del fiscal de que el homicida, en su sadismo, se ensañó -después del tercer golpe-, con un cuerpo ya sin vida.

Siempre de acuerdo a la hipótesis de Merola, luego "Mosquera se dirigió a la pieza matrimonial donde dormía Yolanda, a quien también atacó ferozmente, siendo allí que la mujer, quizás despertada por el ruido previo o quizás intencionalmente por el propio autor, intentó defenderse. Las lesiones cortantes y de arma de fuego que presenta en sus manos (...) evidencian que se trató de un único disparo que, precisamente por la defensa de la mujer, le atravesó ambas manos, luego de lo cual impactó en su cabeza".

"En la creencia de que había dado a la mujer, el autor decidió alejarse del lugar, cerrando previamente la puerta con la misma llave con la que entró".

Pero Yolanda no murió. En estado desesperante fue hallada cerca de las 17 horas por una de sus hijas, Gladys, y otros familiares. Uno de ellos, Lidio Galarraga (esposo de Gladys), se dirigió hacia la habitación del niño (que carecía de iluminación), encontrándolo "acurrucadito" boca abajo. Suponiendo que estaba dormido, lo tomó para sacarlo del lugar y al notar que se encontraba sin vida sólo atinó a dejarlo en el suelo del pasillo que une ambas habitaciones.

A las 21, Mosquera fue detenido en inmediaciones de su domicilio. Dijo que, a la hora del crimen, él dormía en su casa. Aunque no había pruebas "directas" que lo incriminaran (nadie lo vio entrar ni salir del lugar del hecho, por ejemplo), una multitud de indicios determinaron la prisión preventiva:

 El móvil del hecho: sólo Mosquera tenía "motivos" para matar de semejante manera. Y el niño "interfería en la relación".

 Aunque el imputado negó haber poseído una pistola Bersa 380, dos testigos aseguraron que había comprado un arma de esas características en 1997.

 Pese a que nunca apareció el cuchillo utilizado en el crimen, los propios padres de Mosquera reconocieron ante el fiscal que un objeto de este tipo había faltado de su hogar.

En una curiosa metáfora, el fiscal justificó su solicitud de prisión afirmando que sus presunciones conducían a Mosquera, "de la misma forma en que un camino de hormigas conduce a un hormiguero". Ahora resta la declaración de Yolanda, quien, en ese segundo terrible, supo quién era la bestia que le había arruinado su vida para siempre.