Yolanda González Villalba
vive. O mejor, vivió para contarlo, para hablar.
"Ella se está recuperando, lentamente",
dice su hija Paula, aunque explica que, todavía,
tiene dificultades para hacerse entender. No resulta
sencilla la vida para Yolanda, ni para su familia,
desde aquel 31 de julio de 2001. "A veces está
bien, pero a veces se acuerda y está mal",
explica su hija desde el barrio Juan XXIII, y acota:
"Yo no puedo trabajar para atenderla y ahora le
estoy tramitando una pensión en la AFJP".
Yolanda González Villalba,
que hoy tiene 43 años, era enfermera en el hospital
psiquiátrico San Juan de Dios. Compartía una
sencilla vivienda con el menor de sus hijos, Mariano,
fruto de una relación ya terminada con el camionero
Carlos Mustafá, vecino de Navarro. El pibe, en 2001,
estaba por cumplir 7 años ese domingo, el 6 de
agosto, justo para el Día del Niño.
Las cosas no andaban bien, sin
embargo. Desde aquel breve matrimonio con el mercedino
Fabián Mosquera, finalizado en diciembre de 2000,
Yolanda soportaba el asedio y las amenazas del hombre
que quería recomponer la relación.
Mas ni siquiera en su peor
pesadilla hubiese imaginado lo que sucedió aquella
madrugada, en su propia casa: Yolanda recibió un
balazo de arma de guerra que le atravesó ambas manos,
levantadas en actitud defensiva, y se alojó en su
cabeza. La encontraron sus familiares once horas
después, bañada en sangre. "Agonizante",
dicen las crónicas periodísticas de entonces. Pero
Yolanda vivió, aunque quizás hubiese preferido
morir, para no saber: el hombre que le disparó, antes
de hacerlo había asestado trece cuchillazos al chico
mientras este dormía. Por la noche fue detenido
Mosquera, en Mercedes, donde se empleaba en la
Municipalidad. Permanece, desde entonces en prisión.
El juicio oral podría realizarse en 2005 y, si
Yolanda hubiese muerto, Mosquera tendría
posibilidades de ser absuelto por el beneficio de la
duda. Porque el mercedino no reconoció ser el autor
del hecho. "Siquiera se conmovió un instante de
la extensa declaración", apuntó el doctor
Zazzali, perito psiquiatra.
De acuerdo a la hipótesis del
fiscal Pablo Merola, el homicida actuó con la más
absoluta sangre fría, siguiendo "un plan
perfectamente determinado". Y ese
"plan" permitió que se carecieran de
pruebas "directas" que lo incriminaran.
Según se desprende de la investigación del fiscal,
Mosquera se dirigió a Luján poco después de las 6
de la mañana, luego de concluir con su labor en la
vecina ciudad. Una vez en la casa de su ex esposa, a
la que ingresó con una llave propia, primero asesinó
al niño, que se encontraba durmiendo, y luego
disparó contra la mujer.
El minucioso relato del
letrado, en su solicitud de prisión preventiva,
resulta espeluznante: "Posicionándose sobre el
costado izquierdo de la cama que ocupaba el niño -que
se encontraba boca arriba- y empuñando en una de sus
manos un arma de fuego (...) y con la otra un arma
blanca punzo cortante, atacó ferozmente a la
desprevenida víctima asestándole primero tres
tremendos impactos en la zona anterior del tórax para
de inmediato darlo vuelta boca abajo, aplicándole
otros diez impactos en la espalda, lo que le produjo
la muerte en forma instantánea". Como amargo y
piadoso consuelo quedó la convicción del fiscal de
que el homicida, en su sadismo, se ensañó -después
del tercer golpe-, con un cuerpo ya sin vida.
Siempre de acuerdo a la
hipótesis de Merola, luego "Mosquera se dirigió
a la pieza matrimonial donde dormía Yolanda, a quien
también atacó ferozmente, siendo allí que la mujer,
quizás despertada por el ruido previo o quizás
intencionalmente por el propio autor, intentó
defenderse. Las lesiones cortantes y de arma de fuego
que presenta en sus manos (...) evidencian que se
trató de un único disparo que, precisamente por la
defensa de la mujer, le atravesó ambas manos, luego
de lo cual impactó en su cabeza".
"En la creencia de que
había dado a la mujer, el autor decidió alejarse del
lugar, cerrando previamente la puerta con la misma
llave con la que entró".
Pero Yolanda no murió. En
estado desesperante fue hallada cerca de las 17 horas
por una de sus hijas, Gladys, y otros familiares. Uno
de ellos, Lidio Galarraga (esposo de Gladys), se
dirigió hacia la habitación del niño (que carecía
de iluminación), encontrándolo
"acurrucadito" boca abajo. Suponiendo que
estaba dormido, lo tomó para sacarlo del lugar y al
notar que se encontraba sin vida sólo atinó a
dejarlo en el suelo del pasillo que une ambas
habitaciones.
A las 21, Mosquera fue
detenido en inmediaciones de su domicilio. Dijo que, a
la hora del crimen, él dormía en su casa. Aunque no
había pruebas "directas" que lo
incriminaran (nadie lo vio entrar ni salir del lugar
del hecho, por ejemplo), una multitud de indicios
determinaron la prisión preventiva:
El móvil del hecho:
sólo Mosquera tenía "motivos" para matar
de semejante manera. Y el niño "interfería en
la relación".
Aunque el imputado negó
haber poseído una pistola Bersa 380, dos testigos
aseguraron que había comprado un arma de esas
características en 1997.
Pese a que nunca
apareció el cuchillo utilizado en el crimen, los
propios padres de Mosquera reconocieron ante el fiscal
que un objeto de este tipo había faltado de su hogar.
En una curiosa metáfora, el
fiscal justificó su solicitud de prisión afirmando
que sus presunciones conducían a Mosquera, "de
la misma forma en que un camino de hormigas conduce a
un hormiguero". Ahora resta la declaración de
Yolanda, quien, en ese segundo terrible, supo quién
era la bestia que le había arruinado su vida para
siempre.