Antes de comenzar a transitar el nuevo
siglo, el intendente Miguel Prince se reunió con un grupo de
cirujas que trabajaban en el basural y en un marco sumamente
fotográfico y colorido (porque el olor no se trasmite en una
imagen) prometió dar los pasos necesarios para el cierre
definitivo del basural municipal, ubicado a la vera de la ruta
192, entre Luján y Open Door. En ese momento de promesas de
campaña, se habló de una futura planta de selección y
reciclado de la basura urbana.
Hasta hoy, los únicos pasos que se
dieron en tal sentido fue la sanción de una ordenanza para
frenar en la quema los vuelcos de los líquidos que
transportan los tanques atmosféricos; se cercó parte del
perímetro del basural y se instaló una pequeña cabina de
control en el ingreso al predio. Además, se inició una
campaña para censar y trabajar en la prevención con los
cirujas, pero no se avanzó mucho más.
Desde hace meses, el estado del
basural regresó a las peores épocas de descontrol. Como el
tramo de ingreso al predio está intransitable, los camiones
de basura toman por el camino rural que bordea a la quema en
su lateral izquierdo y justo donde termina el alambrado
perimetral -a unos 2 kilómetros de la ruta 192- muchas veces
directamente sobre la calle, vuelcan todos sus residuos. Una
tarea que se repite un par de veces por día.
Durante casi todos los días de la
semana, ese tramo del camino rural que, si se sigue, desemboca
en Carlos Keen, presenta una especie de piquete residual.
El que se anima a pasar no sólo tiene
que esquivar la basura de las más variadas características,
sino también los rodados y carros de las personas que día a
día intentan seleccionar algo "vendible" o
"utilizable" entre los desechos.
Pero esto no es todo. Con la costumbre
de tirar los residuos en ese predio (ubicado frente a la
tosquera de Zaia) se amplió la zona de degradación del medio
ambiente, porque los residuos se tiran y acumulan en una
tierra que no presenta ninguna clase de tratamiento
preventivo.
DIRECTO A LAS NAPAS
Hace meses que la Comuna avala esta
situación de vuelco a cielo abierto y también el trabajo en
las peores condiciones imaginables de decenas de grandes y
chicos.
Una vez que los camiones recolectores
vaciaron su carga, una o dos máquinas viales o palas
mecánicas del municipio se encargan de desparramar los
desechos a los fines de facilitar la tarea de los cirujas.
El miércoles a la tarde, por ejemplo,
a pesar de los cerca de 40 grados de sensación térmica, unas
diez personas, sin guantes y sin conciencia, revolvían
residuos en busca de metales, vidrios, botellas plásticas o
ropa.
Con el presunto aval del Estado
Municipal, esa gente está expuesta a un indescriptible foco
infeccioso, plagado de moscas y en contacto directo con los
gases que genera la acumulación de residuos: metano, dióxido
de carbono, tolueno, benceno y cloruro de vinilo, entre otros,
sustancias que son tóxicas, cancerígenas o que provocan el
efecto invernadero.
Como esa actividad es la única fuente
de ingreso para decenas de familias de los barrios San Pedro,
Santa Marta y San Jorge, entre otros, la Comuna debería
ocuparse de la asistencia, la prevención y el control de
posibles enfermedades, una idea que se lanzó hace años (con
el censo de los cirujas), pero no logró continuidad.
Lo lamentable del caso es que no sólo
se hace la vista gorda ante el evidente deterioro en la salud
de estos trabajadores. Se ignora por completo a los pobladores
de la zona que muchas veces tienen que llegar a sus campos
esquivando basura. Y no se repara en el daño ecológico.
Sobre este último punto, cabe
señalar que todas las organizaciones que trabajan en defensa
del medio ambiente vienen alertando sobre los peligros de los
denominados basurales a cielo abierto.
En noviembre del año pasado,
Greenpeace dio a conocer un informe sobre el tema y detalló
los problemas que produce un tratamiento como el empleado en
el CEAMSE, con la diferencia de que en ese predio al menos se
construyeron barreras subterráneas (de arcilla o con
membranas plásticas) para frenar la penetración en las napas
de los elementos contaminantes.
Esas barreras, cuyo estado de
conservación se desconoce, sólo existen enfrente del
basural, en las cavas de barros de la empresa Curtarsa. En la
quema, la contaminación llega a las napas sin escalas. ¿Qué
es lo que pasa al suelo y al agua? Plomo, cadmio, níquel,
arsénico y otros metales.
Otro agravante son los fuegos
"eternos" entre la basura. Provocan emisiones de
dioxinas, ácido clorhídrico, CO2 y metales pesados, además
de perjudicar la visibilidad en la ruta.