Un
abanico de color, sin pinceles y con palabras, constituye el
germen de este nuevo libro del plástico local.
EL CIVISMO, a partir de este
número, entrega a sus lectores los recuerdos del pintor que
tendrán continuidad en las siguientes ediciones de este
bisemanario.
Una propuesta cultural que nos
enorgullece y testimonia muchas décadas de arte y sucesos
locales, que tienen como narrador a este Ciudadano Ilustre de
Luján y viajero del mundo.
El autor
Con 80 lúcidos años, Luis Nápoli
fue declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad de Luján en
1991, por su dedicación artística, voluntad de trabajo y
profundo amor por esta ciudad, a la que una y otra vez
reflejó en su obra.
Vinculado a muchos de los más
importantes hacedores de la plástica local, evidenció
siempre una inquietud por la docencia, que lo llevó a
orientar en su disciplina no sólo en Luján sino en General
Rodríguez y Capitán Sarmiento.
Viajero del mundo, supo recoger la
cultura y paisajes de otras latitudes para conformar una obra
rica y personal.
Ha obtenido más de 40 premios locales
y regionales y dos de alcance nacional: en 1964 el Premio
Eduardo Sívori en el Salón Nacional de Bellas Artes y en
1977 fue distinguido por el Salón de la Fundación Givre del
Fondo Nacional de las Artes.
Sus obras han sido adquiridas por
coleccionistas de Alemania, Holanda, Bélgica, Italia,
Francia, España, Estados Unidos, Australia, Japón,
Venezuela, Uruguay y Brasil.
Su primera incursión en la literatura
se tituló "Recuerdos de Alcañiz", donde asentó
sus experiencias en ese lugar del mundo.
Y después de algunos años, llega
"Memorias que he vivido", su última inquietud
literaria.
Foto de bodas
Aquella noche me quedé dormido
temprano, había trabajado todo el día en una composición de
flores y jarrones, estaba en búsqueda de expresar
drásticamente, partiendo de la fantasía, en procura de una
realidad un tanto subjetiva.
En fin, totalizar un clima que
expresara ese misterio nostálgico que dejan los recuerdos y
el otoño. Quizás, esa carga emotiva me hizo regresar a mi
niñez, cuando les prometí a mis padres que confiaran en mí
porque estaba seguro que sería pintor. Comencé muy joven a
balbucear dibujos que mis progenitores tomaron como el
divertimento de un chico.
Entonces fui en búsqueda de la
fotografía que retrataba su primer día de bodas, no fue
difícil emocionarme profundamente al invocar la memoria, al
punto de hacerlos descender del marco que contenía sus
jóvenes figuras...
Hallar el pasado en el presente, como
algo arraigado en mis sueños... La vida tiene mucho de
misterio...
Voluntariamente mis padres
descendieron de aquella fotografía en el momento en que yo
ponía en mi paleta los colores para pintar aquel motivo que
latía en la impaciencia de mi corazón.
Por un momento me olvidé de ellos,
acomodé el caballete en mi taller un tanto desordenado... y
me conduje hacia el atril, puse la tela que todavía
conservaba la grisalla ocre. Observé el motivo que tenía
ante mis ojos que corregí inventado algunos pliegues para
darle unidad y movimiento a la composición...
Tracé las líneas dominantes, y luego
las manchas de sombras y colores, buscando la unidad
cromática con la calidad de las tierras. Progresivamente la
composición se fue tornando en efectos que llegaron a
conformar mi íntima emoción. De pronto sentí a mis padres
que se acercaron a mí para decirme... también ellos
emocionados: "Ahora sí creemos que la pintura fue el
amor que animó tu corazón esperanzado".
Esta pequeña historia que la
necesidad nos inventa, como si el diálogo con nuestros padres
estuviera siempre en vigencia, pese al tiempo de haberlo
perdido.
Así es que, todo aquello que nos toca
el alma se identifica en nuestro ser mediante ese sueño que
nos ayuda a continuar en la vida.
Hoy me asomé a la ventana del taller.
Afuera el paisaje animaba en mis ojos con el asombro otoñal
que madura la tarde.
Al tiempo pasó un vecino y como de
costumbre me sorprendió: "Adiós maestro". Me di
cuenta que su saludo era una especie de riesgo, un desafío a
la muerte, ya que el arte debe servir a la construcción de un
mundo mejor.
Otro destino
Hoy pasé frente a la casa donde
había vivido Margarita, sus viejas paredes descascaradas,
llenas de vejez, pero de tanto en tanto asomado un color
rosado, cuya pintura había mandado realizar su padre.
"Algo de primavera tenía aquel frente".
Yo tenía diez y Margarita once años.
Los dos asomábamos a la vida, acaso ella había advertido mi
sentimiento íntimo, cuando el rubor le hacía disimular,
buscando acariciar su flequillo que le caía sobre su frente.
Nunca me atreví a decirle que la
quería. Un día se alejó del barrio y ya nunca supe su
destino.
Hoy frente a la que fue su casa, he
visto salir los hermosos fantasmas del recuerdo... a ella
misma asomarse a la vereda con aquel vestido blanco, largo
hasta el tobillo, como quien vuelve del misterio a disculparse
por aquel silencio que guardamos y que cambió nuestro
destino.
Juanita, La Loca
Nadie se muere de amor.. pero de amor
se enloquece.
Al beber de la boca del amado no
siempre se encuentra la calma y el olvido...
Esto que voy a contar no es producto
de la fantasía, tiene su historia, su vínculo real con la
existencia.
En usted está, seguramente,
descubrirle la vida...
El caso es que, el gran escultor
francés, Augusto Rodin, ejercitó una pasional influencia
artística y sentimental sobre la escultora Camille Claudel.
Esta había entrado en el taller del artista cuando tenía
apenas 19 años. Rodin, en cambio, pasaba los cuarenta.
Un día, por causa de extremos celos,
llegó la ruptura sentimental. Camille fue arrancada
drásticamente de la vida de Rodin e ingresada a un manicomio
donde pasó treinta años bajo el tratamiento de "Locura
de amor". La escultora guardó en un pequeño cofre algo
que se ignoraba, hasta que a su muerte se descubrió. Se
trataba de una carta que Rodin le había enviado como prueba
de su amor. Decía así: "Querida Camilla, quiero que
sepas, mi querida niña, que estoy siempre en tu espera, en
esta ciudad donde la niebla me vuela los fantasmas y la imagen
de tu pena... busco el sol en la arcilla para encontrar tu
piel adentro de mis manos. Ese país azul, inesperable y
quieto que existe dentro mío".
No sé por qué la mujer que ahora me
ocupa, llamada en Luján Juanita la Loca, que vivía con su
sombra sobre los hombros, por no decir como una de esas hojas
que caen en la inmensidad del otoño, me trae el recuerdo de
aquella Camille. Ésta era más simple, dotada de toda
simpleza. Sin embargo, algo en sus rasgos vislumbraba restos
de una hermosa juventud. Vivía en un estado de abandono
extremo. Deambulaba por la rivera del Río Luján y la gente
decía: "Ahí va la Loca de amor".
Pedía limosna en bares y
restaurantes, seguida de varios perros que esperaban su cuota
miserable de comida. Los gorriones también la conocían, los
alimentaba con pequeñas migajas que comían de su mano llena
de arrugas. Era una especie de buen espantapájaros, cargando
aquella historia tan llena de vuelos y de ensueños devorada
por un tiempo de amor y de esperanza. Refiriéndose a los
pájaros, dijo una vez: "También los alimento de
canciones". Por algo llevaba una vieja y blanca guitarra,
encordada de alambres y piolines. Imitaba la fina voz de
Corsini y Mercedes Simoni, y por esas cosas del misterio o de
la magia vi cierto día posarse en sus hombros algunos
pájaros, como homenaje instintivo a la identidad del hombre
con el ave.
El día de su muerte, desde el fondo
de aquella guitarra, alguien extrajo una carta, tremendamente
arrugada que decía a manera de despedida "Te ayudaré a
sufrir, sé que me voy con el resto de mi sangre cargado de
recuerdos, no podría olvidarte nunca, es que a nuestro amor
le pusimos alma y fuego... Adiós..."
Desde luego Luján la conoció y la
recordará como Juanita La Loca.