Miércoles 9 de Febrero de 2005 - Año 89 - Edición 7052 - Edición digital 0352

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Evocaciones de Luis Nápoli

"Memorias que he vivido"

Un abanico de color, sin pinceles y con palabras, constituye el germen de este nuevo libro del plástico local.

EL CIVISMO, a partir de este número, entrega a sus lectores los recuerdos del pintor que tendrán continuidad en las siguientes ediciones de este bisemanario.

Una propuesta cultural que nos enorgullece y testimonia muchas décadas de arte y sucesos locales, que tienen como narrador a este Ciudadano Ilustre de Luján y viajero del mundo.

El autor

Con 80 lúcidos años, Luis Nápoli fue declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad de Luján en 1991, por su dedicación artística, voluntad de trabajo y profundo amor por esta ciudad, a la que una y otra vez reflejó en su obra.

Vinculado a muchos de los más importantes hacedores de la plástica local, evidenció siempre una inquietud por la docencia, que lo llevó a orientar en su disciplina no sólo en Luján sino en General Rodríguez y Capitán Sarmiento.

Viajero del mundo, supo recoger la cultura y paisajes de otras latitudes para conformar una obra rica y personal.

Ha obtenido más de 40 premios locales y regionales y dos de alcance nacional: en 1964 el Premio Eduardo Sívori en el Salón Nacional de Bellas Artes y en 1977 fue distinguido por el Salón de la Fundación Givre del Fondo Nacional de las Artes.

Sus obras han sido adquiridas por coleccionistas de Alemania, Holanda, Bélgica, Italia, Francia, España, Estados Unidos, Australia, Japón, Venezuela, Uruguay y Brasil.

Su primera incursión en la literatura se tituló "Recuerdos de Alcañiz", donde asentó sus experiencias en ese lugar del mundo.

Y después de algunos años, llega "Memorias que he vivido", su última inquietud literaria.

Foto de bodas

Aquella noche me quedé dormido temprano, había trabajado todo el día en una composición de flores y jarrones, estaba en búsqueda de expresar drásticamente, partiendo de la fantasía, en procura de una realidad un tanto subjetiva.

En fin, totalizar un clima que expresara ese misterio nostálgico que dejan los recuerdos y el otoño. Quizás, esa carga emotiva me hizo regresar a mi niñez, cuando les prometí a mis padres que confiaran en mí porque estaba seguro que sería pintor. Comencé muy joven a balbucear dibujos que mis progenitores tomaron como el divertimento de un chico.

Entonces fui en búsqueda de la fotografía que retrataba su primer día de bodas, no fue difícil emocionarme profundamente al invocar la memoria, al punto de hacerlos descender del marco que contenía sus jóvenes figuras...

Hallar el pasado en el presente, como algo arraigado en mis sueños... La vida tiene mucho de misterio...

Voluntariamente mis padres descendieron de aquella fotografía en el momento en que yo ponía en mi paleta los colores para pintar aquel motivo que latía en la impaciencia de mi corazón.

Por un momento me olvidé de ellos, acomodé el caballete en mi taller un tanto desordenado... y me conduje hacia el atril, puse la tela que todavía conservaba la grisalla ocre. Observé el motivo que tenía ante mis ojos que corregí inventado algunos pliegues para darle unidad y movimiento a la composición...

Tracé las líneas dominantes, y luego las manchas de sombras y colores, buscando la unidad cromática con la calidad de las tierras. Progresivamente la composición se fue tornando en efectos que llegaron a conformar mi íntima emoción. De pronto sentí a mis padres que se acercaron a mí para decirme... también ellos emocionados: "Ahora sí creemos que la pintura fue el amor que animó tu corazón esperanzado".

Esta pequeña historia que la necesidad nos inventa, como si el diálogo con nuestros padres estuviera siempre en vigencia, pese al tiempo de haberlo perdido.

Así es que, todo aquello que nos toca el alma se identifica en nuestro ser mediante ese sueño que nos ayuda a continuar en la vida.

Hoy me asomé a la ventana del taller. Afuera el paisaje animaba en mis ojos con el asombro otoñal que madura la tarde.

Al tiempo pasó un vecino y como de costumbre me sorprendió: "Adiós maestro". Me di cuenta que su saludo era una especie de riesgo, un desafío a la muerte, ya que el arte debe servir a la construcción de un mundo mejor.

Otro destino

Hoy pasé frente a la casa donde había vivido Margarita, sus viejas paredes descascaradas, llenas de vejez, pero de tanto en tanto asomado un color rosado, cuya pintura había mandado realizar su padre. "Algo de primavera tenía aquel frente".

Yo tenía diez y Margarita once años. Los dos asomábamos a la vida, acaso ella había advertido mi sentimiento íntimo, cuando el rubor le hacía disimular, buscando acariciar su flequillo que le caía sobre su frente.

Nunca me atreví a decirle que la quería. Un día se alejó del barrio y ya nunca supe su destino.

Hoy frente a la que fue su casa, he visto salir los hermosos fantasmas del recuerdo... a ella misma asomarse a la vereda con aquel vestido blanco, largo hasta el tobillo, como quien vuelve del misterio a disculparse por aquel silencio que guardamos y que cambió nuestro destino.

Juanita, La Loca

Nadie se muere de amor.. pero de amor se enloquece.

Al beber de la boca del amado no siempre se encuentra la calma y el olvido...

Esto que voy a contar no es producto de la fantasía, tiene su historia, su vínculo real con la existencia.

En usted está, seguramente, descubrirle la vida...

El caso es que, el gran escultor francés, Augusto Rodin, ejercitó una pasional influencia artística y sentimental sobre la escultora Camille Claudel. Esta había entrado en el taller del artista cuando tenía apenas 19 años. Rodin, en cambio, pasaba los cuarenta.

Un día, por causa de extremos celos, llegó la ruptura sentimental. Camille fue arrancada drásticamente de la vida de Rodin e ingresada a un manicomio donde pasó treinta años bajo el tratamiento de "Locura de amor". La escultora guardó en un pequeño cofre algo que se ignoraba, hasta que a su muerte se descubrió. Se trataba de una carta que Rodin le había enviado como prueba de su amor. Decía así: "Querida Camilla, quiero que sepas, mi querida niña, que estoy siempre en tu espera, en esta ciudad donde la niebla me vuela los fantasmas y la imagen de tu pena... busco el sol en la arcilla para encontrar tu piel adentro de mis manos. Ese país azul, inesperable y quieto que existe dentro mío".

No sé por qué la mujer que ahora me ocupa, llamada en Luján Juanita la Loca, que vivía con su sombra sobre los hombros, por no decir como una de esas hojas que caen en la inmensidad del otoño, me trae el recuerdo de aquella Camille. Ésta era más simple, dotada de toda simpleza. Sin embargo, algo en sus rasgos vislumbraba restos de una hermosa juventud. Vivía en un estado de abandono extremo. Deambulaba por la rivera del Río Luján y la gente decía: "Ahí va la Loca de amor".

Pedía limosna en bares y restaurantes, seguida de varios perros que esperaban su cuota miserable de comida. Los gorriones también la conocían, los alimentaba con pequeñas migajas que comían de su mano llena de arrugas. Era una especie de buen espantapájaros, cargando aquella historia tan llena de vuelos y de ensueños devorada por un tiempo de amor y de esperanza. Refiriéndose a los pájaros, dijo una vez: "También los alimento de canciones". Por algo llevaba una vieja y blanca guitarra, encordada de alambres y piolines. Imitaba la fina voz de Corsini y Mercedes Simoni, y por esas cosas del misterio o de la magia vi cierto día posarse en sus hombros algunos pájaros, como homenaje instintivo a la identidad del hombre con el ave.

El día de su muerte, desde el fondo de aquella guitarra, alguien extrajo una carta, tremendamente arrugada que decía a manera de despedida "Te ayudaré a sufrir, sé que me voy con el resto de mi sangre cargado de recuerdos, no podría olvidarte nunca, es que a nuestro amor le pusimos alma y fuego... Adiós..."

Desde luego Luján la conoció y la recordará como Juanita La Loca.

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