Esto me lo contó Francisco Pasini. En
Luján existieron dos hermanos con ese apellido, y de oficio
constructores, idealistas, librepensadores, anarquistas. Entre
sus empleados había un oficial de nombre Juan, al que lo
consideraban, porque era un alarife que cualquier tarea que le
asignaban la hacía con mucha profesionalidad. Cuenta que este
obrero tenía un hijo adolescente que quería aprender el
oficio de su padre, para eso debía comenzar de peón como
corresponde y con el tiempo y dedicación podría llegar a
media cuchara, a oficial y lo máximo frentista. A así fue
que una tarde se presentó a la obra y le dijo a su padre:
"Dígale a los patrones si me dan trabajo".
Don Juan dejó la cuchara y le dijo:
"Usted tiene casi dieciséis años y es casi un hombre,
allí están los patrones, preséntese, no como mi hijo, sino
como un ciudadano y será bien atendido.
Así fue que Juancito al otro día
empezó a trabajar en una obra en el pueblo de Open Door, a
unos diez kilómetros de Luján. A la mañana siguiente montó
a su bicicleta y una hora antes, o sea, a las siete de la
mañana estaba esperando para poder comenzar a trabajar. Como
llegó con mucha anticipación, al ver un camión lleno de
ladrillos al que sólo el chofer descargaba, le pareció
correcto ofrecerse a dar una mano. Estando en esa tarea
llegaron todos los obreros y los Boquios que al verlo apilando
ladrillos, uno de ellos le preguntó cuanto tiempo había
trabajado en eso. Entonces ordenó al camionero pagarle lo que
le correspondía y dirigiéndose al chico le dijo: "Desde
ahora en adelante usted es mi ayudante. Así fue que Juancito
empezó a acarrear baldes, ladrillos, ladrillos y baldes, pero
en su afán de progresar a los pocos días ya preparaba el
pastón y la mezcla de tres baldes de arena, dos de cal y una
de porlan más tres de agua, y formaba una mezcla gorda y
perfecta que conformaba a todos los oficiales. Llegó fin de
mes, todos fueron recibiendo su sobre con el sueldo que para
los oficiales era de ochenta pesos. Él quedó para lo último
porque era el más nuevo, recibió su sobre y se lo puso en el
bolsillo. Pensaba dárselo a su madre cerrado, pero no pudo
más la curiosidad y a mitad de camino lo abrió. Con sorpresa
contó cuarenta pesos. No podía creerlo! Y aparte cuatro
pesos por transporte. Creyendo que había una equivocación
rápidamente volvió a la obra y le dijo a los Bosquios:
"Señor, se han equivocado yo no vengo en colectivo como
mis compañeros, lo hago en mi bicicleta. El más viejo de los
patrones con tono enérgico contestó: "A mí no me
importa como viene al trabajo yo le tengo asignado cuatro
pesos de transporte, así que la plata es suya.
Pasaron unos meses, Juan colocaba
andamios, aprendió a nivelar, poner reglas y hasta hacía
revoque grueso. Todo iba bien hasta que se enfermó su padre,
se agravó, y murió. Le dieron una semana de vacaciones
pagas, para que acompañara a su madre y organizara a sus tres
hermanos, menores que él. Juan volvió a la obra y cuando
llegó fin de mes, en su sobre en vez de cuarenta pesos había
ochenta. Preguntó qué había pasado, los Boquios le dijeron:
"Ahora usted es sostén de su familia, así que necesita
lo que ganaba su padre".
Así eran los Boquios librepensadores,
anarquistas. Desde luego murieron pobres, con algunas manchas
de cal en el pantalón, pero limpios de alma y corazones
puros.
Después de unos tres meses, uno de
los Boquios desde arriba del tablón le gritó: "Dígame
Juancito usted no se afilió al sindicato de la
construcción". "No -le dijo el jovencito- para que
me va a servir". Y recibió una enérgica contestación:
"Para que lo defiendan de los malos patrones. Mañana
vaya y afíliese".
Citt delle pieve
Situata su una dorsalea dominio della
valle dei Chianti citt abiata in epoca etrusca, "Ebbe il
suo maggior sviluppo in epoca comunale".
En esta ciudad y frente a la plazoleta
de la catedral nos encontramos con la casona donde vivieron
los padres de Miguel Lombroni.
Nos sentamos en un banco a observar
esta sobria construcción de dos plantas, y queriendo
retroceder en el tiempo, nos imaginamos a nuestros mayores
correteando de niños por esas calles. Y ahora nosotros, ya
grandes, entramos en la misma iglesia, nos sentamos en los
mismos bancos, donde ellos han rezado por nuestra salud, y han
deseando "Buona fortuna" a los que emigraban hacia
América.
A mi compañero Miguel, andar por esas
calles le resultaba muy emotivo porque al observarlo de vez en
cuando vi que se le escapaba alguna lágrima.
Tuve tiempo de hacer dos apuntes y
como el Bosco está a unos treinta kilómetros y el sol a una
picana, emprendimos el regreso.
Oscurecía. Cruzamos un olivar y un
largo cerco de rosales. Y allí, a la distancia, las luces de
Perugia.
Me comentaba Lombroni qué lejos
estábamos de aquellas clases con Paladino en Luján y
después de tantos años reencontrarnos recorriendo estas
tierras tan caras para nosotros.
Llegamos a casa a la hora de la cena.
Marina, cordialmente nos ofreció "Cardi (o gobbi) alla
Perugina". A la hora del café me enteré cómo se hace
este plato.
Aquí va la receta: "Cardi alla
Perugina". Un cardo de 300 grs., 300 gramos de carne de
cerdo, 400 gramos de queso, dos tomates, dos huevos, una
cebolla, una zanahoria, seis cucharadas de aceite, sal y
pimienta.
Miguel meditaba, sonreía. Pero yo sí
que estaba triste. Serían las doce de la noche. Marina y
Molly se habían acostado y nosotros ya tomábamos el último
vaso de vino, el vaso de la confidencia que hicimos durar
hasta los dos o tres de la madrugada.
Mis nonos maternos
Mi abuelo Francisco era una persona
muy seria que fumaba en pipa, lo llamaban Cachimbo.
Usaba tabaco que yo le iba a comprar
en el boliche de la esquina. De grandes bigotes, lo recuerdo
con el sombrero puesto parado en la vereda silbando
"Clavel del aire", un tango de Filiberto. Ese
silbido lo caracterizaba cuando volvía a la noche.
Al venir de Italia fueron a un pueblo,
Carlos Casares, junto con otros paisanos. Después de dos
años de trabajar de jornaleros, prendaron un campo y
sembraron maíz, trigo y lino; todo de acuerdo a la época. Me
contaba que en las dos primeras temporadas anduvo bien
entonces alquilaron más campos y ampliaron las siembras,
compraron máquinas con créditos, pero todos sus sueños se
desmoronaron.
El primer año, la seca; el segundo,
la isoca y la langosta; más adelante las lluvias y las
inundaciones. En fin todas esas calamidades terminaron con sus
sueños de chacarero. Con mucha tristeza abandonaron todo y se
vinieron a Luján. Consiguieron trabajo de peones en el
ferrocarril, el cual consistía en colocar durmientes para
sujetar las vías. Aquellos travesaños de quebracho pesaban
ochenta kilos para transportarlos y se necesitaban dos
personas. Casi todos estos obreros murieron de un infarto por
el gran esfuerzo que les demandaba esta tarea.
Nunca lo escuché quejarse.
Con mi abuela Rosario formaron una
familia de doce hijos, a tres o cuatro de ellos los diezmó la
difteria allá por el año 1915, más o menos. Cuando escribo
esto todavía viven tres de estos tíos, algunos con más de
ochenta años.
Debería recordar y extenderme en esta
nota, alguna vez lo haré. Con estos cortos relatos creo que
también cumplo con mis queridos abuelos Francisco Polizo y
Rosario Nicosia.