Miércoles 16 de Febrero de 2005 - Año 89 - Edición 7054 - Edición digital 0354

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Luis Nápoli

"Memorias que he vivido"

Los Boquios

"Anarquistas"

Esto me lo contó Francisco Pasini. En Luján existieron dos hermanos con ese apellido, y de oficio constructores, idealistas, librepensadores, anarquistas. Entre sus empleados había un oficial de nombre Juan, al que lo consideraban, porque era un alarife que cualquier tarea que le asignaban la hacía con mucha profesionalidad. Cuenta que este obrero tenía un hijo adolescente que quería aprender el oficio de su padre, para eso debía comenzar de peón como corresponde y con el tiempo y dedicación podría llegar a media cuchara, a oficial y lo máximo frentista. A así fue que una tarde se presentó a la obra y le dijo a su padre: "Dígale a los patrones si me dan trabajo".

Don Juan dejó la cuchara y le dijo: "Usted tiene casi dieciséis años y es casi un hombre, allí están los patrones, preséntese, no como mi hijo, sino como un ciudadano y será bien atendido.

Así fue que Juancito al otro día empezó a trabajar en una obra en el pueblo de Open Door, a unos diez kilómetros de Luján. A la mañana siguiente montó a su bicicleta y una hora antes, o sea, a las siete de la mañana estaba esperando para poder comenzar a trabajar. Como llegó con mucha anticipación, al ver un camión lleno de ladrillos al que sólo el chofer descargaba, le pareció correcto ofrecerse a dar una mano. Estando en esa tarea llegaron todos los obreros y los Boquios que al verlo apilando ladrillos, uno de ellos le preguntó cuanto tiempo había trabajado en eso. Entonces ordenó al camionero pagarle lo que le correspondía y dirigiéndose al chico le dijo: "Desde ahora en adelante usted es mi ayudante. Así fue que Juancito empezó a acarrear baldes, ladrillos, ladrillos y baldes, pero en su afán de progresar a los pocos días ya preparaba el pastón y la mezcla de tres baldes de arena, dos de cal y una de porlan más tres de agua, y formaba una mezcla gorda y perfecta que conformaba a todos los oficiales. Llegó fin de mes, todos fueron recibiendo su sobre con el sueldo que para los oficiales era de ochenta pesos. Él quedó para lo último porque era el más nuevo, recibió su sobre y se lo puso en el bolsillo. Pensaba dárselo a su madre cerrado, pero no pudo más la curiosidad y a mitad de camino lo abrió. Con sorpresa contó cuarenta pesos. No podía creerlo! Y aparte cuatro pesos por transporte. Creyendo que había una equivocación rápidamente volvió a la obra y le dijo a los Bosquios: "Señor, se han equivocado yo no vengo en colectivo como mis compañeros, lo hago en mi bicicleta. El más viejo de los patrones con tono enérgico contestó: "A mí no me importa como viene al trabajo yo le tengo asignado cuatro pesos de transporte, así que la plata es suya.

Pasaron unos meses, Juan colocaba andamios, aprendió a nivelar, poner reglas y hasta hacía revoque grueso. Todo iba bien hasta que se enfermó su padre, se agravó, y murió. Le dieron una semana de vacaciones pagas, para que acompañara a su madre y organizara a sus tres hermanos, menores que él. Juan volvió a la obra y cuando llegó fin de mes, en su sobre en vez de cuarenta pesos había ochenta. Preguntó qué había pasado, los Boquios le dijeron: "Ahora usted es sostén de su familia, así que necesita lo que ganaba su padre".

Así eran los Boquios librepensadores, anarquistas. Desde luego murieron pobres, con algunas manchas de cal en el pantalón, pero limpios de alma y corazones puros.

Después de unos tres meses, uno de los Boquios desde arriba del tablón le gritó: "Dígame Juancito usted no se afilió al sindicato de la construcción". "No -le dijo el jovencito- para que me va a servir". Y recibió una enérgica contestación: "Para que lo defiendan de los malos patrones. Mañana vaya y afíliese".

 

 

Citt delle pieve

Situata su una dorsalea dominio della valle dei Chianti citt abiata in epoca etrusca, "Ebbe il suo maggior sviluppo in epoca comunale".

En esta ciudad y frente a la plazoleta de la catedral nos encontramos con la casona donde vivieron los padres de Miguel Lombroni.

Nos sentamos en un banco a observar esta sobria construcción de dos plantas, y queriendo retroceder en el tiempo, nos imaginamos a nuestros mayores correteando de niños por esas calles. Y ahora nosotros, ya grandes, entramos en la misma iglesia, nos sentamos en los mismos bancos, donde ellos han rezado por nuestra salud, y han deseando "Buona fortuna" a los que emigraban hacia América.

A mi compañero Miguel, andar por esas calles le resultaba muy emotivo porque al observarlo de vez en cuando vi que se le escapaba alguna lágrima.

Tuve tiempo de hacer dos apuntes y como el Bosco está a unos treinta kilómetros y el sol a una picana, emprendimos el regreso.

Oscurecía. Cruzamos un olivar y un largo cerco de rosales. Y allí, a la distancia, las luces de Perugia.

Me comentaba Lombroni qué lejos estábamos de aquellas clases con Paladino en Luján y después de tantos años reencontrarnos recorriendo estas tierras tan caras para nosotros.

Llegamos a casa a la hora de la cena. Marina, cordialmente nos ofreció "Cardi (o gobbi) alla Perugina". A la hora del café me enteré cómo se hace este plato.

Aquí va la receta: "Cardi alla Perugina". Un cardo de 300 grs., 300 gramos de carne de cerdo, 400 gramos de queso, dos tomates, dos huevos, una cebolla, una zanahoria, seis cucharadas de aceite, sal y pimienta.

Miguel meditaba, sonreía. Pero yo sí que estaba triste. Serían las doce de la noche. Marina y Molly se habían acostado y nosotros ya tomábamos el último vaso de vino, el vaso de la confidencia que hicimos durar hasta los dos o tres de la madrugada.

 

Mis nonos maternos

Mi abuelo Francisco era una persona muy seria que fumaba en pipa, lo llamaban Cachimbo.

Usaba tabaco que yo le iba a comprar en el boliche de la esquina. De grandes bigotes, lo recuerdo con el sombrero puesto parado en la vereda silbando "Clavel del aire", un tango de Filiberto. Ese silbido lo caracterizaba cuando volvía a la noche.

Al venir de Italia fueron a un pueblo, Carlos Casares, junto con otros paisanos. Después de dos años de trabajar de jornaleros, prendaron un campo y sembraron maíz, trigo y lino; todo de acuerdo a la época. Me contaba que en las dos primeras temporadas anduvo bien entonces alquilaron más campos y ampliaron las siembras, compraron máquinas con créditos, pero todos sus sueños se desmoronaron.

El primer año, la seca; el segundo, la isoca y la langosta; más adelante las lluvias y las inundaciones. En fin todas esas calamidades terminaron con sus sueños de chacarero. Con mucha tristeza abandonaron todo y se vinieron a Luján. Consiguieron trabajo de peones en el ferrocarril, el cual consistía en colocar durmientes para sujetar las vías. Aquellos travesaños de quebracho pesaban ochenta kilos para transportarlos y se necesitaban dos personas. Casi todos estos obreros murieron de un infarto por el gran esfuerzo que les demandaba esta tarea.

Nunca lo escuché quejarse.

Con mi abuela Rosario formaron una familia de doce hijos, a tres o cuatro de ellos los diezmó la difteria allá por el año 1915, más o menos. Cuando escribo esto todavía viven tres de estos tíos, algunos con más de ochenta años.

Debería recordar y extenderme en esta nota, alguna vez lo haré. Con estos cortos relatos creo que también cumplo con mis queridos abuelos Francisco Polizo y Rosario Nicosia.

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