Una familia de barrio Ameghino
soporta, desde hace 15 días, una "vertiente" en la
propia puerta de su casa. Para bañarse y lavar la ropa,
aprovechan el agua que "surge" como de las entrañas
de la tierra, mas para beber optan por pedirle el vital
elemento a sus vecinos.
No se trata de un fenómeno natural,
claro, sino de un caño roto por el que, desde el primer día
de este mes, fluyen miles y miles de litros que -por efecto de
la gravedad- tras aflorar en las humildes calles de tierra
siguen su curso entre difusas zanjas y se pierden, aguas abajo
precisamente, dos cuadras más allá.
"Pensar que el intendente, cuando
inauguraron la red, nos pidió que no malgastemos el
agua", piensan los vecinos, que colocaron sobre el
artificial manantial dos chapas acanaladas. "Para que no
se vaya a caer un nene", explicó una señora y amplió:
"Los chicos pasan por acá y les llama la atención, se
asoman, y como hay barro es peligroso". A su lado,
curiosos también por la presencia del periodista y del
reportero gráfico, dos pibitos miraban el agua correr. Al
cierre de esta edición, el dulce sonido del líquido seguía
sonando, como si fuesen diez mil canillas goteando a la vez.
"LLAMAMOS DIEZ VECES"
Eduardo Rey vive junto a su familia en
Alfonsina Storni, entre Florida y Cerrito. Según comentó,
recurrió a EL CIVISMO para hacer conocer el problema después
de insistentes reclamos. "Primero se rompió la llave de
paso que ponen ellos porque tenía la rosca falseada y a los
dos días se rompió el caño central". "El martes
1° a la noche fui a quejarme y me dijeron que vaya al otro
día a las seis de la mañana", aseguró. "Me
dijeron que venían...", se lamentó y estimó que
"los llamamos diez veces".
El pozo, recordó, originalmente
tenía un metro de profundidad. Pero ahora no se anima a
calcular su profundidad, ya que después de tantos días de
erosión ésta podría haber aumentado.
No exagera el hombre, ya que no es un
hilito el que se entrevera en los pastizales: son miles y
miles de litros de agua. Con lo que fluye en ese lugar se
podría llenar el tanque de una casa en dos minutos, y hasta
llenar una gran piscina en pocas horas.
"Blub, blub, blub, blub..."
resuena el agua saliendo a borbotones en la cinta
magnetofónica del periodista, como curiosa cortina para el
final del diálogo: "Si lo llegan a arreglar mañana,
avisame; así no sacamos en el diario que está roto algo que
ya arreglaron", sugiere el cronista. "Quedate
tranquilo, pero no creo", desconfía el vecino.
"Capaz que vengan el miércoles", se esperanza. Y
otra vez acomoda los chapones que ocultan de la vista tan
notable espectáculo.