Miércoles 5  de Abril de 2005 - Año 89 - Edición 7067 - Edición digital 0367

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De sur a norte, una huella.

"El secreto para cumplir un sueño es empezar"

A principios de 2000, Herman y Candelaria Zapp salieron de Buenos Aires en un Graham Paige 1928 para cumplir su sueño. Casi cuatro años después llegaron al Artico con la ayuda de incontables familias que se sumaron a la travesía.

 

Esta es una de esas historias que hay que verlas para creer. Si no fuera porque estuvieron el viernes pasado ofreciendo una charla en el Salón Cultural del Complejo Museográfico, todavía dudaríamos de la hazaña. Parece una de esas aventuras que sólo se leen en los diarios, tan lejana y fantástica que pondría en duda la veracidad de la información.

Contrario a lo que cualquiera pudiera suponer, en apariencia, Herman y Candelaria Zapp no son personas especiales, pero con sólo escuchar los primeros minutos de la charla, el auditorio comprende lo maravilloso de ese hombre y esa mujer que decidieron dejar todo, absolutamente todo, para cumplir su sueño.

Se conocían desde los 8 años, y durante 10 de noviazgo soñaron la concreción de este sueño: recorrer los kilómetros que separan Buenos Aires de Alaska y llegar a tocar las aguas del Ártico. "Durante ese tiempo nos prometimos que a los dos años de casados nos íbamos de viaje. Pero ustedes saben como es la vida, la casa, el trabajo, los miedos, excusas. Ya íbamos seis años de casados sin empezar nuestro sueño y con ganas de empezar a tener hijos. La primera idea era salir con la mochila al hombro, pero vino un hombre y me dijo que tenía un auto para vender; yo le dije que no, porque estaba ahorrando para un viaje. De todas formas, me pidió que fuera a verlo por si conocía a alguien que le interesara. Y la verdad es que me interesó a mí. Estaba todo destartalado y hacía mucho que no funcionaba, y aunque a Candelaria no le gustó mucho la idea, me dejó comprarlo, pero nunca pensando en el viaje". Así introdujo Herman la charla que se extendió por casi dos horas.

Ante las distintas circunstancias que dilataban ese sueño, pusieron una fecha límite; estuvieran o no listos, saldrían ese día rumbo a cumplir su sueño. Cinco meses antes de esa fecha, esbozaron la idea de cambiar las mochilas por el Graham Paige modelo 1928 que no superaba los 40 kilómetros por hora.

El 25 de enero de 2000 partieron en su Macondo Cambalache -nombre que adoptó este compañero de viaje-. Salieron por la ruta 8 con una caravana de apenas tres autos, los pocos que creían en este sueño. El primer día llegaron hasta San Andrés de Giles, y según comentó Herman, ese fue el día más difícil: "Nada fue tan difícil como el primer día. Nos costó dejar la casa, el trabajo, los miedos a un costado, que aunque no pudimos desaparecerlos, pudimos correrlos a un costado para que no nos frenaran el sueño. Nos costó dejar esas pequeñas conquistas que tanto nos habían costado. Pero ya estando por la mitad del viaje nos dimos cuenta de que lo que estábamos dejando era la vida; ese primer día habíamos empezado a ir por la vida".

A partir de ahí, Macondo los llevó por estas tres Américas y una huella: Mendoza, Santiago de Chile, Antofagasta, La Paz, Machu Pichu, Lima, Quito, Boa Vista, Trinidad y Tobago, Isla Margarita, Caracas, Cartagena, Panamá, San José, Tegucigalpa, Managua, San Salvador, Belice, Méjico DF, Houston, Greensborn, Washington, Nueva York, Québec, Detroit, Toronto, St. Louis, Denver, Gran Cañón, Los Angeles, San Francisco, Vancouver, Anchorage (Alaska), y Prudhoe Bay (costa del Artico).

Lo mejor del viaje: la gente

"Salimos con algo de dinero. Si hacíamos el recorrido pensado en seis meses nos tenía que alcanzar, y a los seis meses recién estábamos en Ecuador. Allí comenzó lo mejor del viaje", explicó Herman.

Él electricista y ella ingeniera, se quedaron sin dinero casi a mitad del recorrido. "Cuando teníamos el dinero íbamos por los lugares pasándolos y mirándolos. Cuando nos quedamos sin plata los empezamos a vivir. Conocimos a la gente del lugar, nos invitaban a todos lados. Una noche dormíamos en una mansión con siete cocheras, y al día siguiente en una casa de pared de caña, un sólo ambiente y piso de tierra, donde nos daban su única cama y al día siguiente, cuando nos despedían, nos pedían disculpas porque no tenían más para darnos".

Sin ningún tipo de financiación más que el dinero ahorrado y la ayuda de la gente concretaron su sueño. Al partir, la posibilidad de conseguir sponsors era imposible ante la incredulidad de varios, y aunque al ingresar a Estados Unidos les acercaron muchas propuestas, entendieron que dejar que alguien ponga su nombre en el auto significaría dejar de lado todos los que en el tramo de América Latina se habían sumado al sueño con la ayuda desinteresada.

En la ciudad ecuatoriana de Manta se quedaron sin un peso. Herman se puso a escribir un relato del viaje -"Atrapa sueños"- y Candelaria empezó a pintar. Vendieron el libro de él y los cuadros de ella, y así pudieron seguir.

La primera edición de "Atrapa tu sueño" tenía 100 páginas y contaba una primera parte del viaje. La nueva publicación se extiende hasta el triple y desanda todo el camino recorrido.

Esta situación los atrapó en un momento muy especial del viaje. "Estábamos en una zona selvática de Ecuador. Este país y Perú tuvieron problemas limítrofes por muchísimos años, entonces los ecuatorianos no podían bajar el Amazonas. En ese tiempo se abre el camino y un hombre que estaba construyendo un barco para bajar hasta Manao nos ofreció llevarnos cuando lo terminara, pero tardaba mucho y ya llevábamos tres meses en medio de la selva, donde llovía todo el tiempo. Empezamos a hablar con comunidades indígenas para construir una balsa de troncos. Cuando ya teníamos quienes nos iban a ayudar, un hombre nos ofreció una canoa de chapa con agujeros. Ahí nos quedamos sin dinero, justo cuando teníamos que empezar a armar esa canoa.

"Cuando la terminamos, subimos el auto y recorrimos cuatro mil kilómetros por el Río Amazonas. Nos cruzamos con indígenas que nunca en su vida habían visto un auto y el primero que vieron fue del año 28 y andando sobre el agua. Para sobrevivir, los dos indígenas que nos acompañaron nos enseñaron a cazar y pescar, porque no había otra cosa".

Llegó Pampa

El 11 de septiembre de 2001, mientras las Torres caían en Nueva York, ellos, aseguran, concibieron un hijo. Estaban en Guatemala. La panza creció por pueblitos mexicanos. Y en junio de 2002 nació Nahuel Pampa. Estaban en Greensborn, Carolina del Norte, Estados Unidos. El hospital les facturó varios miles de dólares. Fueron a un diario local, contaron su historia y al día siguiente cientos de personas se acercaron a pagar.

Ya con el bebé a bordo, la aventura siguió por Estados Unidos y Canadá. En Toronto se rompió un palier del auto y cayeron en un taller donde el mecánico era argentino. El viaje siguió hasta que el 19 de agosto se toparon con un cartel que les cortó la respiración: "Bienvenidos a Alaska", decía. Llegaron al Mar Artico con 20 grados bajo cero el 9 de septiembre y se quedaron hasta el 12.

Aquellos seis meses de travesía se transformaron en casi cuatro años de experiencias invaluables, de encuentros con la vida misma. "Yo creo que la culpa de que el viaje durara cuatro años es la gente. Cuando estábamos por nuestra cuenta, nos levantábamos y nos íbamos a la hora que queríamos, pero con una familia no. Nos decían: al mediodía viene la tía Toti y nos va a hacer la comida típica, José te va a llevar a caballo hasta el volcán, y los chicos te quieren llevar mañana en canoa por el río. Así nos organizaban una semana".

Finalmente, el sueño fue un esfuerzo de miles de personas, especialmente las 12.000 que se mencionan en letra chiquita en las últimas seis páginas del libro. "Alcanzamos el sueño gracias a miles de personas que nos abrieron su casa, nos dieron comida y nos compraron el libro y las pinturas", dijo Herman. "Aprendimos que lo más lindo que hizo Dios en el mundo es el Ser Humano. Salimos a conocer un continente maravilloso pero nos dimos cuenta de que lo que lo hace más maravilloso es su gente", aseguró Candelaria.

Ahora, Herman, Candelaria, Pampa, Macondo y el pequeño Tehuen de apenas unos meses, recorren parte del país contando sus aventuras y presentando "Atrapa tu sueño", con la esperanza de contagiar el espíritu que los motivó cuatro años atrás a cumplir su soñada aventura.

Macondo Cambalache

"El auto llegó mejor de lo que salió". dijo Herman. En cada situación en que el vehículo tuvo algún problema, innumerables aficionados a los autos antiguos de todas las ciudades se acercaron y colaboraron con las distintas reparaciones. Llegaron incluso a cambiarle todas las ruedas.

Finalizando su sueño en Alaska, lo más fácil y económico era dejar a Macondo en aquella ciudad, pero Herman entendió que había sido un compañero más del viaje y en un futuro, Pampa seguramente querría ver donde pasó sus primeros años de vida. La cuestión era complicada debido a que luego de tanto tiempo fuera del país, el auto ya no era argentino.

Por último consiguieron que algunas empresas americanas financiaran el flete. Lo llevaron en camión hasta Houston y en barco hasta Argentina.

"Cuando llegamos empezamos a movernos para poder sacar el auto de la aduana. Nos pedían un montón de dinero que no podíamos pagar. Entonces, le escribimos una carta al jefe de la aduana, contándole la historia como si fuera un amigo. Al mes volvimos para ver como iba el expediente y tuvimos que buscar por numerosas oficinas de la Aduana". Cuando lo encontraron, leyeron una nota que decía: "como lo secundario (el auto) seguía a lo primario, con un fin turístico y de cumplir un sueño, se extiende por 20 días más el ingreso de este auto".

Así, la aventura terminó con una enorme caravana de autos antiguos que acompañaron a Macondo Cambalache hasta el obelisco, punto del que habían partido cuatro años antes.

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