A
principios de 2000, Herman y Candelaria Zapp salieron de
Buenos Aires en un Graham Paige 1928 para cumplir su sueño.
Casi cuatro años después llegaron al Artico con la ayuda de
incontables familias que se sumaron a la travesía.
Esta es una de esas historias que hay que verlas para
creer. Si no fuera porque estuvieron el viernes pasado
ofreciendo una charla en el Salón Cultural del Complejo
Museográfico, todavía dudaríamos de la hazaña. Parece una
de esas aventuras que sólo se leen en los diarios, tan lejana
y fantástica que pondría en duda la veracidad de la
información.
Contrario a lo que cualquiera pudiera suponer, en
apariencia, Herman y Candelaria Zapp no son personas
especiales, pero con sólo escuchar los primeros minutos de la
charla, el auditorio comprende lo maravilloso de ese hombre y
esa mujer que decidieron dejar todo, absolutamente todo, para
cumplir su sueño.
Se conocían desde los 8 años, y durante 10 de noviazgo
soñaron la concreción de este sueño: recorrer los
kilómetros que separan Buenos Aires de Alaska y llegar a
tocar las aguas del Ártico. "Durante ese tiempo nos
prometimos que a los dos años de casados nos íbamos de
viaje. Pero ustedes saben como es la vida, la casa, el
trabajo, los miedos, excusas. Ya íbamos seis años de casados
sin empezar nuestro sueño y con ganas de empezar a tener
hijos. La primera idea era salir con la mochila al hombro,
pero vino un hombre y me dijo que tenía un auto para vender;
yo le dije que no, porque estaba ahorrando para un viaje. De
todas formas, me pidió que fuera a verlo por si conocía a
alguien que le interesara. Y la verdad es que me interesó a
mí. Estaba todo destartalado y hacía mucho que no
funcionaba, y aunque a Candelaria no le gustó mucho la idea,
me dejó comprarlo, pero nunca pensando en el viaje".
Así introdujo Herman la charla que se extendió por casi dos
horas.
Ante las distintas circunstancias que dilataban ese sueño,
pusieron una fecha límite; estuvieran o no listos, saldrían
ese día rumbo a cumplir su sueño. Cinco meses antes de esa
fecha, esbozaron la idea de cambiar las mochilas por el Graham
Paige modelo 1928 que no superaba los 40 kilómetros por hora.
El 25 de enero de 2000 partieron en su Macondo Cambalache
-nombre que adoptó este compañero de viaje-. Salieron por la
ruta 8 con una caravana de apenas tres autos, los pocos que
creían en este sueño. El primer día llegaron hasta San
Andrés de Giles, y según comentó Herman, ese fue el día
más difícil: "Nada fue tan difícil como el primer
día. Nos costó dejar la casa, el trabajo, los miedos a un
costado, que aunque no pudimos desaparecerlos, pudimos
correrlos a un costado para que no nos frenaran el sueño. Nos
costó dejar esas pequeñas conquistas que tanto nos habían
costado. Pero ya estando por la mitad del viaje nos dimos
cuenta de que lo que estábamos dejando era la vida; ese
primer día habíamos empezado a ir por la vida".
A partir de ahí, Macondo los llevó por estas tres
Américas y una huella: Mendoza, Santiago de Chile,
Antofagasta, La Paz, Machu Pichu, Lima, Quito, Boa Vista,
Trinidad y Tobago, Isla Margarita, Caracas, Cartagena,
Panamá, San José, Tegucigalpa, Managua, San Salvador,
Belice, Méjico DF, Houston, Greensborn, Washington, Nueva
York, Québec, Detroit, Toronto, St. Louis, Denver, Gran
Cañón, Los Angeles, San Francisco, Vancouver, Anchorage
(Alaska), y Prudhoe Bay (costa del Artico).
Lo mejor del viaje: la gente
"Salimos con algo de dinero. Si hacíamos el recorrido
pensado en seis meses nos tenía que alcanzar, y a los seis
meses recién estábamos en Ecuador. Allí comenzó lo mejor
del viaje", explicó Herman.
Él electricista y ella ingeniera, se quedaron sin dinero
casi a mitad del recorrido. "Cuando teníamos el dinero
íbamos por los lugares pasándolos y mirándolos. Cuando nos
quedamos sin plata los empezamos a vivir. Conocimos a la gente
del lugar, nos invitaban a todos lados. Una noche dormíamos
en una mansión con siete cocheras, y al día siguiente en una
casa de pared de caña, un sólo ambiente y piso de tierra,
donde nos daban su única cama y al día siguiente, cuando nos
despedían, nos pedían disculpas porque no tenían más para
darnos".
Sin ningún tipo de financiación más que el dinero
ahorrado y la ayuda de la gente concretaron su sueño. Al
partir, la posibilidad de conseguir sponsors era imposible
ante la incredulidad de varios, y aunque al ingresar a Estados
Unidos les acercaron muchas propuestas, entendieron que dejar
que alguien ponga su nombre en el auto significaría dejar de
lado todos los que en el tramo de América Latina se habían
sumado al sueño con la ayuda desinteresada.
En la ciudad ecuatoriana de Manta se quedaron sin un peso.
Herman se puso a escribir un relato del viaje -"Atrapa
sueños"- y Candelaria empezó a pintar. Vendieron el
libro de él y los cuadros de ella, y así pudieron seguir.
La primera edición de "Atrapa tu sueño" tenía
100 páginas y contaba una primera parte del viaje. La nueva
publicación se extiende hasta el triple y desanda todo el
camino recorrido.
Esta situación los atrapó en un momento muy especial del
viaje. "Estábamos en una zona selvática de Ecuador.
Este país y Perú tuvieron problemas limítrofes por
muchísimos años, entonces los ecuatorianos no podían bajar
el Amazonas. En ese tiempo se abre el camino y un hombre que
estaba construyendo un barco para bajar hasta Manao nos
ofreció llevarnos cuando lo terminara, pero tardaba mucho y
ya llevábamos tres meses en medio de la selva, donde llovía
todo el tiempo. Empezamos a hablar con comunidades indígenas
para construir una balsa de troncos. Cuando ya teníamos
quienes nos iban a ayudar, un hombre nos ofreció una canoa de
chapa con agujeros. Ahí nos quedamos sin dinero, justo cuando
teníamos que empezar a armar esa canoa.
"Cuando la terminamos, subimos el auto y recorrimos
cuatro mil kilómetros por el Río Amazonas. Nos cruzamos con
indígenas que nunca en su vida habían visto un auto y el
primero que vieron fue del año 28 y andando sobre el agua.
Para sobrevivir, los dos indígenas que nos acompañaron nos
enseñaron a cazar y pescar, porque no había otra cosa".
Llegó Pampa
El 11 de septiembre de 2001, mientras las Torres caían en
Nueva York, ellos, aseguran, concibieron un hijo. Estaban en
Guatemala. La panza creció por pueblitos mexicanos. Y en
junio de 2002 nació Nahuel Pampa. Estaban en Greensborn,
Carolina del Norte, Estados Unidos. El hospital les facturó
varios miles de dólares. Fueron a un diario local, contaron
su historia y al día siguiente cientos de personas se
acercaron a pagar.
Ya con el bebé a bordo, la aventura siguió por Estados
Unidos y Canadá. En Toronto se rompió un palier del auto y
cayeron en un taller donde el mecánico era argentino. El
viaje siguió hasta que el 19 de agosto se toparon con un
cartel que les cortó la respiración: "Bienvenidos a
Alaska", decía. Llegaron al Mar Artico con 20 grados
bajo cero el 9 de septiembre y se quedaron hasta el 12.
Aquellos seis meses de travesía se transformaron en casi
cuatro años de experiencias invaluables, de encuentros con la
vida misma. "Yo creo que la culpa de que el viaje durara
cuatro años es la gente. Cuando estábamos por nuestra
cuenta, nos levantábamos y nos íbamos a la hora que
queríamos, pero con una familia no. Nos decían: al mediodía
viene la tía Toti y nos va a hacer la comida típica, José
te va a llevar a caballo hasta el volcán, y los chicos te
quieren llevar mañana en canoa por el río. Así nos
organizaban una semana".
Finalmente, el sueño fue un esfuerzo de miles de personas,
especialmente las 12.000 que se mencionan en letra chiquita en
las últimas seis páginas del libro. "Alcanzamos el
sueño gracias a miles de personas que nos abrieron su casa,
nos dieron comida y nos compraron el libro y las
pinturas", dijo Herman. "Aprendimos que lo más
lindo que hizo Dios en el mundo es el Ser Humano. Salimos a
conocer un continente maravilloso pero nos dimos cuenta de que
lo que lo hace más maravilloso es su gente", aseguró
Candelaria.
Ahora, Herman, Candelaria, Pampa, Macondo y el pequeño
Tehuen de apenas unos meses, recorren parte del país contando
sus aventuras y presentando "Atrapa tu sueño", con
la esperanza de contagiar el espíritu que los motivó cuatro
años atrás a cumplir su soñada aventura.
Macondo Cambalache
"El auto llegó mejor de lo que salió". dijo
Herman. En cada situación en que el vehículo tuvo algún
problema, innumerables aficionados a los autos antiguos de
todas las ciudades se acercaron y colaboraron con las
distintas reparaciones. Llegaron incluso a cambiarle todas las
ruedas.
Finalizando su sueño en Alaska, lo más fácil y
económico era dejar a Macondo en aquella ciudad, pero Herman
entendió que había sido un compañero más del viaje y en un
futuro, Pampa seguramente querría ver donde pasó sus
primeros años de vida. La cuestión era complicada debido a
que luego de tanto tiempo fuera del país, el auto ya no era
argentino.
Por último consiguieron que algunas empresas americanas
financiaran el flete. Lo llevaron en camión hasta Houston y
en barco hasta Argentina.
"Cuando llegamos empezamos a movernos para poder sacar
el auto de la aduana. Nos pedían un montón de dinero que no
podíamos pagar. Entonces, le escribimos una carta al jefe de
la aduana, contándole la historia como si fuera un amigo. Al
mes volvimos para ver como iba el expediente y tuvimos que
buscar por numerosas oficinas de la Aduana". Cuando lo
encontraron, leyeron una nota que decía: "como lo
secundario (el auto) seguía a lo primario, con un fin
turístico y de cumplir un sueño, se extiende por 20 días
más el ingreso de este auto".
Así, la aventura terminó con una enorme caravana de autos
antiguos que acompañaron a Macondo Cambalache hasta el
obelisco, punto del que habían partido cuatro años antes.