Cuatro colectivos de la empresa
Atlántida en la puerta de la Basílica. Un patrullero frente
a la entrada principal al templo. Un gendarme caminando entre
las cajas de santos. Unas cuarenta monjas sentadas. Otros
cuarenta fieles en la misma posición. Un sinfín de
seminaristas dando vueltas sin un destino fijo.
En ese marco, a las 19.30 en punto del
miércoles, ingresaron a la Basílica cerca de 80 obispos y
varias decenas de sacerdotes o aspirantes a serlo. Todos
participaron de una misa en acción de gracias por la
designación de Joseph Ratzinger como el nuevo Papa: Benedicto
XVI, ceremonia que también cerró la 89° Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal.
Las imprentas trabajaron contra reloj
y un religioso ya repartía entre ciertos asistentes,
flamantes estampitas de Benedicto XVI. Mientras el sacerdote
cumplía con esa tarea, el arzobispo de Mercedes-Luján,
Rubén Di Monte, dio la bienvenida.
"Entiendo que estamos ante María
para agradecerle el nuevo padre y pastor que su hijo ha dado a
la Iglesia universal. Entiendo que también venimos a cumplir
con el pedido que nos hizo el Santo Padre. Nos dijo 'Me
encomiendo a vuestras plegarias en la alegría del Señor
resucitado'", expresó Di Monte.
"Ahora le decimos acá a nuestra
Madre lo que ya hemos puesto en el telegrama que mandáramos a
su Santidad. Que Nuestra Señora de Luján lo acompañe con la
ternura de su amor maternal y lo custodie en su
pontificado", agregó.
La misa fue presidida por el arzobispo
de Corrientes, Domingo Salvador Castagna, vicepresidente
segundo del Episcopado, y presenciada por el nuncio
apostólico Adriano Bernardini.
Castagna asumió la responsabilidad a
raíz de la ausencia del cardenal Jorge Bergoglio, en el
Vaticano, y la imposibilidad de viajar hasta Luján del
titular del Episcopado, Eduardo Mirás, afectado por problemas
de salud.
La homilía de Castagna estuvo cargada
de expresiones sobre las inmediatas reacciones que generó la
elección de Ratzinger. Por ello, sin duda, el religioso
pronunció palabras teñidas de una actitud defensiva.
"La Conferencia Episcopal
Argentina acude a este amado Santuario de Nuestra Señora de
Luján para celebrar acontecimientos importantes, algunos de
dolor, otros de gozo. Hoy queremos agradecer al Señor el don
inapreciable de un nuevo Papa, después de la desaparición
aún llorada de Juan Pablo II. Se trata de Benedicto
XVI", comenzó diciendo.
"Conocemos la historia del Sumo
Pontífice. Su trayectoria como hombre de la Iglesia, su
personalidad serena y humilde, su ciencia y sabiduría, su
fidelidad a Cristo en su Iglesia. Es lo que aparece",
manifestó.
"Pero lo importante -subrayó- es
lo que no aparece y que se constituye en cada romano
pontífice en la única condición para ejercer su pesado
ministerio pedrino. Esa condición es el amor".
Castagna destacó: "Esto
profundo, esto que no se ve. Esto que la gente muchas veces no
quiere descubrir o no descubre. Es una transparencia desde la
fe, un esplendor obra del espíritu que surge del corazón del
elegido, que el mundo no atina a descubrir".
Apuntando de lleno a las noticias que
analizaron la decisión del cónclave, expresó: "Si
leemos los periódicos notamos lo mal que se lee el dato
histórico. Pasa esto porque el mundo lo mira desde moldes
fabricados conforme a parámetros que no son los de Cristo,
que no son los Evangélicos".
"Las preguntas que suscita su
nueva figura se refieren a cuestiones superficiales que flotan
en el exterior, sin permitirnos ahondar en el corazón de ese
hombre que está viviendo la experiencia de una elección que
lo sobrepasa".
"Muchas veces los prejuicios
hacen pensar a muchas personas que (Benedicto XVI) no
lograría satisfacer algunas expectativas inválidamente
instaladas; celibato, sexualidad, aborto, etc. etc. Y entonces
ese mundo pierde la capacidad de prestar atención a lo que en
realidad está pasando como acontecimiento en la Iglesia de
Dios", opinó el religioso.
En tal sentido, preguntó:
"¿Qué hace Jesús con Benedicto? Jesús a Pedro no le
preguntó cómo pensaba. No le preguntó qué pensaba hacer
con la Iglesia, qué problemas pensaba resolver. Le preguntó
sólo si Benedicto lo ama. Y estoy seguro que desde el
corazón del Santo Padre brotó inmediatamente la respuesta de
Pedro: tú sabes que te quiero. Su capacidad no está en su
inteligencia, que es muy grande; está en el amor que Cristo
le tiene".
Por último, dijo que "su
humildad es conocida y lo inclinará a recurrir frecuentemente
a su inmediato y venerado predecesor. Lo hizo en su primera
homilía. Nosotros tenemos que hacer lo mismo. Se impone que
lo sigamos a Benedicto sin proyectar otra imagen que la de
Cristo".