El buen espanta pájaros
La encontrábamos sentada en un banco
de la Plaza Colón. Se empolvaba y pintaba la cara como si
fuera un payaso, y no te dabas cuenta si estaba triste o
alegre, si reía o lloraba.
Su costumbre era hacerle las mismas
preguntas a los que pasaban cerca de ella. ¿Qué hora es?
¿Ya pasó el colectivo? Los desprevenidos se paraban y
atendían a sus pedidos hasta que se daban cuenta de que
estaba desequilibrada y seguían su camino, no sin antes
esbozar una comprensiva sonrisa.
Quién es este personaje que Luján
conoció muchos años y decía llamarse Margarita. La
recordaremos como "La loca del paraguas" y es
natural que así la tengamos en nuestra memoria, porque ese
aditamento nunca lo abandonó. No se supo si lo usaba para el
sol o para la lluvia, o como arma de defensa, aunque nunca se
la vio agresiva.
Era delgada, la edad no se le podía
precisar, vestía un batón negro que le llegaba a los
tobillos, un sombrerito que parecía un casco, zapatos muy
usados bien puntudos ajustados por una presilla y, desde
luego, su inseparable paraguas.
Nos hacía recordar a un figurín del
año 30 de Gaty Chávez o de un inofensivo espanta pájaros
que despertaba curiosidad y lástima.
Sus preguntas favoritas eran: ¿qué
hora es?, ¿cuándo pasa el colectivo?
Si alguien le preguntaba a dónde iba,
contestaba a ninguna parte, total a mí no me cobran boleto. Y
era verdad. Se iba hasta Once y volvía sin pedir pasaje.
Total, ella no usaba dinero, no le hacía falta.
Por las mañanas, facturas no le
faltaban porque la panadería de Lucca, le tenía preparado un
cartón con medias lunas.
Cuando le llevaban el apunte, se
ponía contenta y si pasaban de largo, los seguía con la
mirada como asombrada. Pero nunca fue violenta, por eso se le
toleraba. Fue una mujer muy simple. Le llamaban la atención
los niños, que le tenían miedo. Los mayores, la toleraban
porque nunca ofendía a nadie. ¿Qué hora es? ¿Cuándo pasa
el colectivo?
Si pasó, no me importa, total yo no
voy a ninguna parte porque siempre vuelvo aquí. Esta es mi
ciudad y aquí me quedo. Y me siento bien porque la gente me
quiere.
Este banco es como mi casa y me quedo
hasta el atardecer que llegan los tordos a dormir en los
árboles. Entonces me voy sin hacer ruido porque no quiero
molestarlos.
Así la recordaremos a esta pintoresca
Margarita, la loca del paraguas. Un buen espanta pájaros.
El negro de velorio
Un domingo de madrugada, volviendo con
un grupo de amigos de un baile que se había realizado en La
Blanqueada, donde tocaba la orquesta de Zolecio, o Garavano
(de eso no me acuerdo) en un rincón, por motivos de polleras,
se estaba por pelear Faco Orrino y un tal Orlando. Como a mi
barra no le gustaba meterse en líos innecesarios,
"tranquilo Venancio" pegamos la vuelta. Al otro día
nos enteramos que uno fue a parar al hospital y el otro a la
comisaría, llevado por el agente Fragati, un milico italiano,
y esto para un guapo de esa época era la mayor humillación.
Veníamos por la calle Alsina
tarareando un valsecito, que se llamaba "El
aeroplano", y que estaba muy de moda. Al atravesar las
vías, alguien dijo: "Vamos hasta la estación Basílica
que ya empezaron a llegar los trenes con la peregrinación
italiana". Porque era el 8 de diciembre, y nosotros lo
considerábamos una gran diversión. Llegaba una muchedumbre
con canastas de comida, y siempre alguna verdulera, pues luego
en la gruta de los Manchi se armaría el banquete y el
bailongo, a los cuales siempre estábamos invitados; y así
nos pasábamos el día, compartiendo ese hermoso divertimento.
No nos podíamos imaginar lo que nos
iba a acontecer ese día. Al pasar por las desaparecidas
barreras de la calle Mariano Moreno, había alguien apoyado en
la casita del guardabarrera pero no nos dimos cuenta de que
era "El Negro Gruyo", quien al ver que nos
alejábamos, nos dijo con un poco de bronca:
-"¿A dónde van
compadritos?"
Nos volvimos y le preguntamos:
-¿Qué haces acá tan temprano?
-"¿No ven...? -señalando a
pocos metros su rancho iluminado. ¿No saben que estoy de
velorio?"
-"Disculpá hermano... No
sabíamos nada. Bueno resignate, si Dios lo ha querido así,
así será".
Respetuosamente y en fila uno a uno le
fuimos dando un apretón de manos, que él agradecía a media
voz, contestando:
"-Gracias hermano. Gracias
hermano".
Julio, un poco extrañado, le puso una
mano sobre el hombro y le preguntó:
-"Yo no te conocía pariente,
¿quién se te murió?
El Negro se tomó un tiempo para
contestarle, y al final dijo:
-Bueno la verdad es que yo tampoco lo
conozco, me pidieron el rancho pa' velar este finado, y como
¡yo no sé decir que no!... Estoy de velorio.