Miércoles 11 de Mayo de 2005 - Año 89 - Edición 7076 - Edición digital 0376

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Luis Nápoli

Memorias que he vivido

El buen espanta pájaros

La encontrábamos sentada en un banco de la Plaza Colón. Se empolvaba y pintaba la cara como si fuera un payaso, y no te dabas cuenta si estaba triste o alegre, si reía o lloraba.

Su costumbre era hacerle las mismas preguntas a los que pasaban cerca de ella. ¿Qué hora es? ¿Ya pasó el colectivo? Los desprevenidos se paraban y atendían a sus pedidos hasta que se daban cuenta de que estaba desequilibrada y seguían su camino, no sin antes esbozar una comprensiva sonrisa.

Quién es este personaje que Luján conoció muchos años y decía llamarse Margarita. La recordaremos como "La loca del paraguas" y es natural que así la tengamos en nuestra memoria, porque ese aditamento nunca lo abandonó. No se supo si lo usaba para el sol o para la lluvia, o como arma de defensa, aunque nunca se la vio agresiva.

Era delgada, la edad no se le podía precisar, vestía un batón negro que le llegaba a los tobillos, un sombrerito que parecía un casco, zapatos muy usados bien puntudos ajustados por una presilla y, desde luego, su inseparable paraguas.

Nos hacía recordar a un figurín del año 30 de Gaty Chávez o de un inofensivo espanta pájaros que despertaba curiosidad y lástima.

Sus preguntas favoritas eran: ¿qué hora es?, ¿cuándo pasa el colectivo?

Si alguien le preguntaba a dónde iba, contestaba a ninguna parte, total a mí no me cobran boleto. Y era verdad. Se iba hasta Once y volvía sin pedir pasaje. Total, ella no usaba dinero, no le hacía falta.

Por las mañanas, facturas no le faltaban porque la panadería de Lucca, le tenía preparado un cartón con medias lunas.

Cuando le llevaban el apunte, se ponía contenta y si pasaban de largo, los seguía con la mirada como asombrada. Pero nunca fue violenta, por eso se le toleraba. Fue una mujer muy simple. Le llamaban la atención los niños, que le tenían miedo. Los mayores, la toleraban porque nunca ofendía a nadie. ¿Qué hora es? ¿Cuándo pasa el colectivo?

Si pasó, no me importa, total yo no voy a ninguna parte porque siempre vuelvo aquí. Esta es mi ciudad y aquí me quedo. Y me siento bien porque la gente me quiere.

Este banco es como mi casa y me quedo hasta el atardecer que llegan los tordos a dormir en los árboles. Entonces me voy sin hacer ruido porque no quiero molestarlos.

Así la recordaremos a esta pintoresca Margarita, la loca del paraguas. Un buen espanta pájaros.

 

El negro de velorio

Un domingo de madrugada, volviendo con un grupo de amigos de un baile que se había realizado en La Blanqueada, donde tocaba la orquesta de Zolecio, o Garavano (de eso no me acuerdo) en un rincón, por motivos de polleras, se estaba por pelear Faco Orrino y un tal Orlando. Como a mi barra no le gustaba meterse en líos innecesarios, "tranquilo Venancio" pegamos la vuelta. Al otro día nos enteramos que uno fue a parar al hospital y el otro a la comisaría, llevado por el agente Fragati, un milico italiano, y esto para un guapo de esa época era la mayor humillación.

Veníamos por la calle Alsina tarareando un valsecito, que se llamaba "El aeroplano", y que estaba muy de moda. Al atravesar las vías, alguien dijo: "Vamos hasta la estación Basílica que ya empezaron a llegar los trenes con la peregrinación italiana". Porque era el 8 de diciembre, y nosotros lo considerábamos una gran diversión. Llegaba una muchedumbre con canastas de comida, y siempre alguna verdulera, pues luego en la gruta de los Manchi se armaría el banquete y el bailongo, a los cuales siempre estábamos invitados; y así nos pasábamos el día, compartiendo ese hermoso divertimento.

No nos podíamos imaginar lo que nos iba a acontecer ese día. Al pasar por las desaparecidas barreras de la calle Mariano Moreno, había alguien apoyado en la casita del guardabarrera pero no nos dimos cuenta de que era "El Negro Gruyo", quien al ver que nos alejábamos, nos dijo con un poco de bronca:

-"¿A dónde van compadritos?"

Nos volvimos y le preguntamos:

-¿Qué haces acá tan temprano?

-"¿No ven...? -señalando a pocos metros su rancho iluminado. ¿No saben que estoy de velorio?"

-"Disculpá hermano... No sabíamos nada. Bueno resignate, si Dios lo ha querido así, así será".

Respetuosamente y en fila uno a uno le fuimos dando un apretón de manos, que él agradecía a media voz, contestando:

"-Gracias hermano. Gracias hermano".

Julio, un poco extrañado, le puso una mano sobre el hombro y le preguntó:

-"Yo no te conocía pariente, ¿quién se te murió?

El Negro se tomó un tiempo para contestarle, y al final dijo:

-Bueno la verdad es que yo tampoco lo conozco, me pidieron el rancho pa' velar este finado, y como ¡yo no sé decir que no!... Estoy de velorio.

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