Recorriendo el bajo Aragón se me
ocurrió conocer Teruel, porque en una de las charlas que
tuvimos con Teresa Ramonet, una periodista madrileña, me
comentaba que en la parte antigua encontraría unas calles
cargadas de historia, y que si las recorría de noche, con un
poco de imaginación retrocedería varios siglos en el tiempo.
Y tenía razón, porque al bajar del
tren me dirigí a una tasca a tomar una caña y pedí que me
orientaran hacia dónde dirigirme para llegar al barrio
histórico, que era lo que a mí me interesaba. Siguiendo las
indicaciones que me habían dado, como era mi costumbre me fui
caminado muy despacio para ir entrando poco a poco a esos
antiguos pueblos. Seguí caminando con los ojos entornados,
casi como soñando, para al despertar encontrarme con ese
estilo de vida que todavía se conserva en esos lugares.
Recorrí la Plaza Mayor que en un
lateral tenía una antigua capilla y me pareció bien hacer un
apunte. Cuando estaba terminando ese trabajo se me acerca una
viejita, toda de negro y pañuelo en la cabeza. En el primer
momento me hizo acordar a algunos de los personajes de los
Aquellares de Goya. Se quedó unos minutos observándome. Y
cuando terminé mi trabajo me dijo que no deje de visitar la
Iglesia Mayor. Yo le contesté: "No señora, también
para eso he venido a esta ciudad".
Saludé a esa buena anciana y me
desvié por una estrecha callecita empedrada con grandes
cantos rodados. Realmente era muy angosta porque fue hecha
para peatones. Como se había hecho tarde me procuré un
albergue y me acosté temprano pensando que al otro día me
quedaban muchas cosas por conocer.
Me levanté al amanecer, me sirvieron
el desayuno con una taza grande de café y una loncha de
jamón de la zona con unas fetas de pan casero recién sacado
del horno (¡Cómo me hizo acordar al pan que hacíamos con mi
madre!).
Salí a la calle, y como era domingo
todas las mujeres se encaminaban a misa, y yo, aunque no
sabía rezar, me entreveré con ellas. Cuando entramos, el
sacristán nos retaba porque llegábamos tarde. Me disculpé y
me senté en un banco cerca de la salida. Me aguanté la misa,
el sermón y también la comunión.
Esperé que salieran todos para
ponerme a recorrer toda la nave, que en la pared tenía
frescos que representaban los pasos del calvario. No pude
saber quién era el autor de esas pinturas porque no tenían
firma. El cura, como era natural, nunca se había ocupado de
averiguarlo. Lo saludo y cuando me voy a retirar me detiene y
me pregunta: "¿Usted no vio los amantes de Teruel? Yo le
contesté que algo me habían hablado de una tierna historia
de amor.
Se ofreció a contármela y me pidió
que lo acompañara a una habitación que estaba bastante
oscura. Al entrar no distinguía nada, pero después de unos
minutos vi, en el medio de la sala, una mesa de mármol y
sobre ella una caja de cristal, y en su interior dos
esqueletos.
La primera impresión fue
desagradable, pero ya que estaba en el baile pregunté qué
significaba eso. El hombre me respondió que eran dos amantes
que nunca se pudieron dar un beso, y ésta es la historia:
Cuentan que hace muchos años vivía en esa ciudad una niña
muy hermosa, hija del alcalde y requerida por un jovencito
labriego, quien le prometió que viajaría a América, haría
fortuna y volvería para casarse con ella. Así se despidieron
con promesa de que ella lo esperaría. Pasaron los años, y
como se acostumbraba en esa época el padre la casó con un
señorito, pero justo el día de su boda se entera que su amor
había regresado y muere de pena. Este joven, al conocer la
noticia se llega al velatorio, y al inclinarse para darle un
beso de despedida cae muerto sobre su amada. Era un tiempo en
que la gente moría de amor.
Luego de la historia ya no me
parecieron tan repulsivos los esqueletos.
Saludo al Cicerone que al retirarme me
tiende la mano y me dice: "A su voluntad señor". Me
fui conforme porque la historia valió la pena.
No taparse con cobijas prestadas
Esto no me lo contaron. Lo he vivido.
En mi Luján, desde la Avenida
Humberto hacia el control, se llamó el barrio de las quintas,
porque ahí se afincaron muchos de los inmigrantes que
vinieron del sur de Italia, "Sicilia".
Por esta razón, encontramos apellidos
como Nicosia, Sposato, Scardulla, Polizzo, Marino, Elli,
Scarnato, entre otros, por recordar algunos que, como mis
abuelos que llegaban, trabajaban dos o tres años hasta que
juntaban el dinero suficiente y entre unos cuantos compraban
una manzana de tierra.
En el centro hacían el pisadero y
fabricaban los ladrillos necesarios para hacerse la casa, y
una vez que ponían el último clavo llamaban a su familia.
Cuando llegaron su mujer y sus hijos,
que en la mayoría de los casos vivían en grutas o casas de
piedras, acá se encontraban con piezas, cocina y corredor, un
baño retirado de la vivienda y un pozo de balde. No lo
podían creer. Allá, en su pueblo, para tener agua tenían
que bajar de la montaña y llegarse hasta la Fontana o al
arroyo Fiume. Acá la tenían en el patio de su casa, y como
sobraba terreno se encontraron con un gallinero, plantas
frutales y una hermosa quinta donde no faltaban papas,
batatas, tomates, lechuga y todo lo que hiciera falta para
sobrevivir.
Los cardos, hinojos, navizas, la
recogían de los campos vecinos.
También encontraron un horno de barro
porque el pan se hacía en casa. También los tallarines de
sábados y domingos los amasaba la "mama".
Los hijos de estos inmigrantes
concurrieron a la escuela. Algunos llegaron a maestros y otros
fueron universitarios y hasta algunos llegaron a doctorarse,
que era lo máximo que soñaba esta gente: tener un hijo
doctor.
Esto es un poco la historia del barrio
de las quintas que luego se llamó la "Costa brava",
pero eso es otra historia. Así la vivieron mis ancestros.
Esto lo cuento para que no se olviden que a éste, mi país,
lo hicieron hombres que entendían que el dinero había que
ganarlo trabajando y con el sudor de su frente. Como dice la
Biblia, sin pedirle limosna a nadie y, menos, al gobierno.
Porque el que pide se denigra, pero más se denigra el que la
da.
Cosa que mi pueblo tendrá que
comprender.
El loco Barani
Así llamábamos a un personaje que se
lo veía en la plaza Belgrano, principalmente los días
domingos, reprendiendo a los chicos que pisaban el césped,
porque en ese tiempo había muchos árboles y canteros bien
cuidados. Siempre lo acompañaba un bastón con el que
amenazaba, pero nunca golpeó a nadie. Lo más curioso era
cuando la banda ejecutaba sus marchas en la rotonda y algunos
viejos tangos.
Nuestro amigo se ponía al frente y a
su manera dirigía la orquesta. A algunos músicos los
divertía, pero al italiano director lo molestaba bastante y
hubo días que llamaba a un vigilante y lo hacía retirar,
pero el Loco se subía al monumento a Belgrano y seriamente
seguía con una serie de firuletes y divertía a la gente que
miraba con compasión a este muchacho fronterizo.
No le hizo mal a nadie porque ni él
sabía en qué mundo vivía, pero a su manera parecía
sentirse feliz. Eso era lo que aparentaba, quién sabe lo que
pasaría en su cabeza siempre cubierta con un gran sombrero,
que con una chaqueta y un pantalón gris era toda su
indumentaria más unos zapatos de cuero tipo militar, que
algún desertor le había regalado.
Sería el año 40, la belle epoque de
mi pueblo yo la viví y la disfruté. Este es el lugar de mi
adolescencia. La lluvia me ayuda a recordar este episodio.
El se adueñaba de todo porque nunca
tuvo nada y siempre andaba volando. Tenía libre las alas.
Don Luis, el calabrés
Don Luis era mi padrino. Recuerdo que
siempre llevaba en el bolsillo de su saco algunos ajíes
colorados que conocemos como puta parió. Cada tanto se ponía
uno en la boca y al ratito se le enrojecía la cara como un
tomate, muy violeta la nariz. Era un calabrés buenísimo,
pero cuando se enojaba precisaban cuatro o cinco personas para
serenarlo. Aunque la rabia le duraba dos o tres minutos y
volvía a ser el de siempre, un itálico bondadoso.
Su señora, mi madrina, doña Anita,
en la merienda nos preparaba pan con manteca y azúcar. Digo
nos preparaba porque tenía un hijo de mi edad, Pancho, y con
él hacíamos todas las travesuras posibles e incomodábamos
tanto a todos los vecinos, que si nos llegaban a descubrir don
Luis se enojaba mucho. Pero su mujer nos cobijaba y nos
perdonaba. Así yo solía pasar semanas enteras en el barrio
Acevedo, en Pergamino. En esa zona todos eran sirio libaneses
y si se armaba entre ellos alguna discusión, que era
frecuente, el comisario mandaba a un vigilante turco que lo
habían nombrado para dirimir estos pleitos, porque conocía
el idioma de esta gente y un poco también de castellano.
Recuerdo que una vez, un cafisito
medio en pedo ofendió a una turquita, vino un milico a
caballo, con quepo y un sable largo colgado en la montura y
con su lengua cocoliche le dijo: "Vos vení conmigo a la
comisaría".
Este personaje medio embriaco y
avergonzado porque el turco lo llevaba preso, no tuvo la mejor
idea que sacar un facón para intimidarlo, cosa que no logró
porque el improvisado policía le pegó una atropellada con su
mancarrón que lo tiró de culo en la zanja. Cuando se
levantó lo llevó a fustazo hasta el destacamento. Fue tan
grande la vergüenza que pasó este compadrito que para no ser
el hazmerreír por mucho tiempo se fue a vivir a unas dos
leguas, cerca del viejo matadero y nunca más pasó por el
barrio Acevedo.