Miércoles 15 de Junio de 2005 - Año 89 - Edición 7087 - Edición digital 0387

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Luis Nápoli

Los amantes de Teruel

Recorriendo el bajo Aragón se me ocurrió conocer Teruel, porque en una de las charlas que tuvimos con Teresa Ramonet, una periodista madrileña, me comentaba que en la parte antigua encontraría unas calles cargadas de historia, y que si las recorría de noche, con un poco de imaginación retrocedería varios siglos en el tiempo.

Y tenía razón, porque al bajar del tren me dirigí a una tasca a tomar una caña y pedí que me orientaran hacia dónde dirigirme para llegar al barrio histórico, que era lo que a mí me interesaba. Siguiendo las indicaciones que me habían dado, como era mi costumbre me fui caminado muy despacio para ir entrando poco a poco a esos antiguos pueblos. Seguí caminando con los ojos entornados, casi como soñando, para al despertar encontrarme con ese estilo de vida que todavía se conserva en esos lugares.

Recorrí la Plaza Mayor que en un lateral tenía una antigua capilla y me pareció bien hacer un apunte. Cuando estaba terminando ese trabajo se me acerca una viejita, toda de negro y pañuelo en la cabeza. En el primer momento me hizo acordar a algunos de los personajes de los Aquellares de Goya. Se quedó unos minutos observándome. Y cuando terminé mi trabajo me dijo que no deje de visitar la Iglesia Mayor. Yo le contesté: "No señora, también para eso he venido a esta ciudad".

Saludé a esa buena anciana y me desvié por una estrecha callecita empedrada con grandes cantos rodados. Realmente era muy angosta porque fue hecha para peatones. Como se había hecho tarde me procuré un albergue y me acosté temprano pensando que al otro día me quedaban muchas cosas por conocer.

Me levanté al amanecer, me sirvieron el desayuno con una taza grande de café y una loncha de jamón de la zona con unas fetas de pan casero recién sacado del horno (¡Cómo me hizo acordar al pan que hacíamos con mi madre!).

Salí a la calle, y como era domingo todas las mujeres se encaminaban a misa, y yo, aunque no sabía rezar, me entreveré con ellas. Cuando entramos, el sacristán nos retaba porque llegábamos tarde. Me disculpé y me senté en un banco cerca de la salida. Me aguanté la misa, el sermón y también la comunión.

Esperé que salieran todos para ponerme a recorrer toda la nave, que en la pared tenía frescos que representaban los pasos del calvario. No pude saber quién era el autor de esas pinturas porque no tenían firma. El cura, como era natural, nunca se había ocupado de averiguarlo. Lo saludo y cuando me voy a retirar me detiene y me pregunta: "¿Usted no vio los amantes de Teruel? Yo le contesté que algo me habían hablado de una tierna historia de amor.

Se ofreció a contármela y me pidió que lo acompañara a una habitación que estaba bastante oscura. Al entrar no distinguía nada, pero después de unos minutos vi, en el medio de la sala, una mesa de mármol y sobre ella una caja de cristal, y en su interior dos esqueletos.

La primera impresión fue desagradable, pero ya que estaba en el baile pregunté qué significaba eso. El hombre me respondió que eran dos amantes que nunca se pudieron dar un beso, y ésta es la historia: Cuentan que hace muchos años vivía en esa ciudad una niña muy hermosa, hija del alcalde y requerida por un jovencito labriego, quien le prometió que viajaría a América, haría fortuna y volvería para casarse con ella. Así se despidieron con promesa de que ella lo esperaría. Pasaron los años, y como se acostumbraba en esa época el padre la casó con un señorito, pero justo el día de su boda se entera que su amor había regresado y muere de pena. Este joven, al conocer la noticia se llega al velatorio, y al inclinarse para darle un beso de despedida cae muerto sobre su amada. Era un tiempo en que la gente moría de amor.

Luego de la historia ya no me parecieron tan repulsivos los esqueletos.

Saludo al Cicerone que al retirarme me tiende la mano y me dice: "A su voluntad señor". Me fui conforme porque la historia valió la pena.

No taparse con cobijas prestadas

Esto no me lo contaron. Lo he vivido.

En mi Luján, desde la Avenida Humberto hacia el control, se llamó el barrio de las quintas, porque ahí se afincaron muchos de los inmigrantes que vinieron del sur de Italia, "Sicilia".

Por esta razón, encontramos apellidos como Nicosia, Sposato, Scardulla, Polizzo, Marino, Elli, Scarnato, entre otros, por recordar algunos que, como mis abuelos que llegaban, trabajaban dos o tres años hasta que juntaban el dinero suficiente y entre unos cuantos compraban una manzana de tierra.

En el centro hacían el pisadero y fabricaban los ladrillos necesarios para hacerse la casa, y una vez que ponían el último clavo llamaban a su familia.

Cuando llegaron su mujer y sus hijos, que en la mayoría de los casos vivían en grutas o casas de piedras, acá se encontraban con piezas, cocina y corredor, un baño retirado de la vivienda y un pozo de balde. No lo podían creer. Allá, en su pueblo, para tener agua tenían que bajar de la montaña y llegarse hasta la Fontana o al arroyo Fiume. Acá la tenían en el patio de su casa, y como sobraba terreno se encontraron con un gallinero, plantas frutales y una hermosa quinta donde no faltaban papas, batatas, tomates, lechuga y todo lo que hiciera falta para sobrevivir.

Los cardos, hinojos, navizas, la recogían de los campos vecinos.

También encontraron un horno de barro porque el pan se hacía en casa. También los tallarines de sábados y domingos los amasaba la "mama".

Los hijos de estos inmigrantes concurrieron a la escuela. Algunos llegaron a maestros y otros fueron universitarios y hasta algunos llegaron a doctorarse, que era lo máximo que soñaba esta gente: tener un hijo doctor.

Esto es un poco la historia del barrio de las quintas que luego se llamó la "Costa brava", pero eso es otra historia. Así la vivieron mis ancestros. Esto lo cuento para que no se olviden que a éste, mi país, lo hicieron hombres que entendían que el dinero había que ganarlo trabajando y con el sudor de su frente. Como dice la Biblia, sin pedirle limosna a nadie y, menos, al gobierno. Porque el que pide se denigra, pero más se denigra el que la da.

Cosa que mi pueblo tendrá que comprender.

 

El loco Barani

Así llamábamos a un personaje que se lo veía en la plaza Belgrano, principalmente los días domingos, reprendiendo a los chicos que pisaban el césped, porque en ese tiempo había muchos árboles y canteros bien cuidados. Siempre lo acompañaba un bastón con el que amenazaba, pero nunca golpeó a nadie. Lo más curioso era cuando la banda ejecutaba sus marchas en la rotonda y algunos viejos tangos.

Nuestro amigo se ponía al frente y a su manera dirigía la orquesta. A algunos músicos los divertía, pero al italiano director lo molestaba bastante y hubo días que llamaba a un vigilante y lo hacía retirar, pero el Loco se subía al monumento a Belgrano y seriamente seguía con una serie de firuletes y divertía a la gente que miraba con compasión a este muchacho fronterizo.

No le hizo mal a nadie porque ni él sabía en qué mundo vivía, pero a su manera parecía sentirse feliz. Eso era lo que aparentaba, quién sabe lo que pasaría en su cabeza siempre cubierta con un gran sombrero, que con una chaqueta y un pantalón gris era toda su indumentaria más unos zapatos de cuero tipo militar, que algún desertor le había regalado.

Sería el año 40, la belle epoque de mi pueblo yo la viví y la disfruté. Este es el lugar de mi adolescencia. La lluvia me ayuda a recordar este episodio.

El se adueñaba de todo porque nunca tuvo nada y siempre andaba volando. Tenía libre las alas.

 

 

Don Luis, el calabrés

Don Luis era mi padrino. Recuerdo que siempre llevaba en el bolsillo de su saco algunos ajíes colorados que conocemos como puta parió. Cada tanto se ponía uno en la boca y al ratito se le enrojecía la cara como un tomate, muy violeta la nariz. Era un calabrés buenísimo, pero cuando se enojaba precisaban cuatro o cinco personas para serenarlo. Aunque la rabia le duraba dos o tres minutos y volvía a ser el de siempre, un itálico bondadoso.

Su señora, mi madrina, doña Anita, en la merienda nos preparaba pan con manteca y azúcar. Digo nos preparaba porque tenía un hijo de mi edad, Pancho, y con él hacíamos todas las travesuras posibles e incomodábamos tanto a todos los vecinos, que si nos llegaban a descubrir don Luis se enojaba mucho. Pero su mujer nos cobijaba y nos perdonaba. Así yo solía pasar semanas enteras en el barrio Acevedo, en Pergamino. En esa zona todos eran sirio libaneses y si se armaba entre ellos alguna discusión, que era frecuente, el comisario mandaba a un vigilante turco que lo habían nombrado para dirimir estos pleitos, porque conocía el idioma de esta gente y un poco también de castellano.

Recuerdo que una vez, un cafisito medio en pedo ofendió a una turquita, vino un milico a caballo, con quepo y un sable largo colgado en la montura y con su lengua cocoliche le dijo: "Vos vení conmigo a la comisaría".

Este personaje medio embriaco y avergonzado porque el turco lo llevaba preso, no tuvo la mejor idea que sacar un facón para intimidarlo, cosa que no logró porque el improvisado policía le pegó una atropellada con su mancarrón que lo tiró de culo en la zanja. Cuando se levantó lo llevó a fustazo hasta el destacamento. Fue tan grande la vergüenza que pasó este compadrito que para no ser el hazmerreír por mucho tiempo se fue a vivir a unas dos leguas, cerca del viejo matadero y nunca más pasó por el barrio Acevedo.

 

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