Hipólito González, mi padre, nació el
12 de agosto de 1907, hace noventa y nueve
años. Por conocidas razones humanas
recordamos con más fuerza los sucesos de la
infancia, y es en mi infancia en la que
buceo para presentarlo.
Bordeando el Centenario sanmartiniano
éramos una familia feliz. Nada podía
derrotarnos. Crecíamos con la seguridad de
que nuestro padre se bastaba y podía
protegernos; visitábamos a nuestros
familiares todas las semanas; íbamos al
colegio; presenciábamos los largos
comentarios políticos de mi padre con sus
hermanos, y cuando acompañábamos a mamá a
la casa de sus padres yo ingresaba al
Paraíso. Recorría el monte de duraznos,
buscando corbatitas y nidos de pechito
colorado. Cazábamos mariposas amarillas, o
llenábamos frascos con bichitos de luz que
después soltábamos.
En las dos familias respetaban la vida y
las costumbres de los animales; valoraban su
libertad, y también la libertad humana. Yo
podía pasear sin censura, y previamente me
daban algún consejo útil. Desde los tres
años yo atendía mis propios animales:
palomas, conejos, gallinas, patos, pájaros,
y un gato. Tío Manuel (González) me
llevaba guinea y maíz para que revoleara
alimento en los techos para "las
palomas del Cielo", y para alimentar
los animales de la casa.
Yo podía establecer relaciones
personales con los parientes de mi madre,
que eran muchos; con los cuatro hermanos de
mi padre y un primo; con los vecinos y
vecinas, y con los amigos de mi padre, que
permitían mi presencia en sus charlas para
que me educara.
Todos tratábamos a muchísima gente y
asistíamos a muchas fiestas, en las que nos
trataban con afecto y distinción.
Había otros paseos: ir a la Usina,
porque papá había conseguido un motor de
barco para la producción de corriente
eléctrica. También a sus alegres pic-nics
de pasodoble y tarantella. Hacer la
campaña, diariamente en verano, que
consistía en visitar afiliados radicales
acompañando a Inocencio Pérez, como lo
hacía él desde 1921, cuando recorrían,
con José María Pérez al volante, el campo
en la voiture. Hipólito, de catorce años
entonces, abría las tranqueras, como yo lo
hice unos treinta años después, en mi
infancia.
Había premios y exigencias, como
aprender a manejar en el camino a Carlos
Keen, cuando íbamos a visitar a Obdulio
Gómez, peluquero y caudillo local, o
cumplir con las tareas de la escuela y los
mandados. Carlos Keen, el de los atardeceres
de Vulcano con un Sol enorme cayendo hacia
Occidente, y mi colegio, con magníficos
libros de lectura, que yo leía completos el
primer día de clase. Carlos Keen, antes de
que HG lograra la ruta asfaltada cuando era
Comisionado Municipal en San Andrés de
Giles, en 1963, y el pasar cinco veces
seguidas por los charcos hasta lograr la
velocidad adecuada. Camino e iniciación.
A fines de julio tío Manuel preparaba la
factura de chancho en la casa de Proserpio,
cuidador de la quinta de los Banfi, y los
hermanos mataban un chancho en su casa.
Allí íbamos, a participar de la charla,
del tute arrastrado, de la escoba de quince
y de los relatos desopilantes de tío
Valengo, y aparecían Julián Pavón
(1870-1964), gaucho grandote y afectuoso, de
piel oscura y brillante, voz finita
apaisanada, y se contaba de nuevo la escena
de tío Valengo manejando el primer auto de
Hipólito, un Ford T del veintiuno en el
veintidós, comprado con "un sueldo de
obrero" (era carpintero en lo de
Mignone) durante "el mejor gobierno, el
de Alvear", según decía, y creo.
Alvear, al que invitó a una misa por
Yrigoyen, en 1931, cuando él era presidente
del Subcomité del Cuartel Primero y de la
Juventud Radical, y de la que se conserva
una foto.
Largas comidas con el asado más
exquisito, sólo comparable al que comí en
el Puerto de Montevideo, y hecho con brasas
pequeñas con un calentamiento de la tierra
desde tres o cuatro horas antes, siempre a
cargo de tío Manuel. Tallarines caseros con
seis yemas de huevo, o ravioles con carne de
"pimea" y exquisito tuco,
preparados por mamá. Después, largas
charlas de sobremesa en la que hablaban por
turno y por edad. Jerarquía que cada tanto
desataba un chiste de alguno de los hermanos
para corregir posibles y sospechables
despotismos. Reía también el derrotado, y,
al fin, Adrián desenfundaba la viola y
tocaba un aire campero, un vals y otras
canciones aprendidas con Colman, el
legendario padre de muchos músicos
lujanenses. El burlado solía ser el mayor,
Lucio, "la voz de la experiencia",
o el menor, Hipólito, "el
político". La cuñada y los sobrinos
comúnmente escuchábamos, y surgían
anécdotas de medio siglo vividas por los
hermanos y los amigos, como Rufo Sotelo,
bueno, sociable, que se sacaba la gorra,
"por respeto", en la cocina. La
primera cosecha en La Pampa, de Manuel y
Lucio, de diez y once años, y la vuelta
"llenos de plata". La caída de
una casa en el campo por el viento, y la
salvación por pararse en el dintel. Las
heladas del diecisiete, las inundaciones del
trece y del treinta y tres, la revolución
radical abortada, en el noventa y tres, en
la que hombres a caballo llegaron hasta la
casa, y la madre los había visto. El
recuerdo risueño del padre, que caminó
tres meses de noche, de Salta a Buenos
Aires, para no ser asaltado, porque llevaba
en los borceguíes las monedas de oro con
las que ingresó a Chile. Debía pagar el
pasaje de vuelta a Ezcaray, en 1885, porque
el contrato no se cumplió y el otro Isidoro
cruzó a pie la cordillera.
El cometa Halley y los bailes hasta el
amanecer. Los locos que se suicidaban de
miedo. El robo de la corona de la Virgen,
cuando ingresaron por una ventana a un chico
de ocho años. La llegada de las campanas a
Luján, en las que se escondía Manuel
jugando. Manuel, que a los seis años era
asistente de don Germán Bordenavé, que
embotellaba agua de la gruta, emplazada del
lado del colegio, en 1897. Lucio de visita
por unas horas, a la noche, en el Centenario
de la Revolución de Mayo (1910), con el
traje del ejército roquista, con casco y
plumas rojas, e Hipólito, de tres años,
levantándose para ver a su hermano vestido
de militar, porque Puelles se acomodó y
Lucio debió reemplazarlo, a pesar de que se
"salvaba" por sorteo.
La caza semanal de perdices por Open
Door, Torres y Cortínez. La vez que Manuel
desarmó a un matón que, con diez perros y
una daga se instalaba a las seis de la tarde
en el puente de madera (hoy Rodolfo Moreno,
inaugurado en 1941 por el intendente Horacio
Oliver, compañero de colegio de Valengo, en
1910) y no dejaba salir o entrar al
"Quinto", barrio del Cuartel
Primero, como aclaraba en tiempo de
elecciones Hipólito. Un barrio con muchos
amigos, pero también con enemigos, cuando
el país se tajeó y las aguas se dividieron
en peronistas y radicales. Y, a pesar de
ello, Hipólito en viaje a Buenos Aires para
comprar con su dinero las colecciones de
Espasa Calpe para la biblioteca del Club
Santa Elena. Deseaba que alguien usara los
diccionarios algún día, y leyera "El
Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la
Mancha", que lo hacía reír en las
noches de invierno y que su madre le hizo
leer en voz alta, en la cocina, en otro
invierno, cuando sólo tenía ocho años.
Isidoro M. González