Miércoles 16 de Agosto de 2006 - Año 92 - Edición 7206 - Edición digital 0506

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En recuerdo de Hipólito González

Hipólito González, mi padre, nació el 12 de agosto de 1907, hace noventa y nueve años. Por conocidas razones humanas recordamos con más fuerza los sucesos de la infancia, y es en mi infancia en la que buceo para presentarlo.

Bordeando el Centenario sanmartiniano éramos una familia feliz. Nada podía derrotarnos. Crecíamos con la seguridad de que nuestro padre se bastaba y podía protegernos; visitábamos a nuestros familiares todas las semanas; íbamos al colegio; presenciábamos los largos comentarios políticos de mi padre con sus hermanos, y cuando acompañábamos a mamá a la casa de sus padres yo ingresaba al Paraíso. Recorría el monte de duraznos, buscando corbatitas y nidos de pechito colorado. Cazábamos mariposas amarillas, o llenábamos frascos con bichitos de luz que después soltábamos.

En las dos familias respetaban la vida y las costumbres de los animales; valoraban su libertad, y también la libertad humana. Yo podía pasear sin censura, y previamente me daban algún consejo útil. Desde los tres años yo atendía mis propios animales: palomas, conejos, gallinas, patos, pájaros, y un gato. Tío Manuel (González) me llevaba guinea y maíz para que revoleara alimento en los techos para "las palomas del Cielo", y para alimentar los animales de la casa.

Yo podía establecer relaciones personales con los parientes de mi madre, que eran muchos; con los cuatro hermanos de mi padre y un primo; con los vecinos y vecinas, y con los amigos de mi padre, que permitían mi presencia en sus charlas para que me educara.

Todos tratábamos a muchísima gente y asistíamos a muchas fiestas, en las que nos trataban con afecto y distinción.

Había otros paseos: ir a la Usina, porque papá había conseguido un motor de barco para la producción de corriente eléctrica. También a sus alegres pic-nics de pasodoble y tarantella. Hacer la campaña, diariamente en verano, que consistía en visitar afiliados radicales acompañando a Inocencio Pérez, como lo hacía él desde 1921, cuando recorrían, con José María Pérez al volante, el campo en la voiture. Hipólito, de catorce años entonces, abría las tranqueras, como yo lo hice unos treinta años después, en mi infancia.

Había premios y exigencias, como aprender a manejar en el camino a Carlos Keen, cuando íbamos a visitar a Obdulio Gómez, peluquero y caudillo local, o cumplir con las tareas de la escuela y los mandados. Carlos Keen, el de los atardeceres de Vulcano con un Sol enorme cayendo hacia Occidente, y mi colegio, con magníficos libros de lectura, que yo leía completos el primer día de clase. Carlos Keen, antes de que HG lograra la ruta asfaltada cuando era Comisionado Municipal en San Andrés de Giles, en 1963, y el pasar cinco veces seguidas por los charcos hasta lograr la velocidad adecuada. Camino e iniciación.

A fines de julio tío Manuel preparaba la factura de chancho en la casa de Proserpio, cuidador de la quinta de los Banfi, y los hermanos mataban un chancho en su casa. Allí íbamos, a participar de la charla, del tute arrastrado, de la escoba de quince y de los relatos desopilantes de tío Valengo, y aparecían Julián Pavón (1870-1964), gaucho grandote y afectuoso, de piel oscura y brillante, voz finita apaisanada, y se contaba de nuevo la escena de tío Valengo manejando el primer auto de Hipólito, un Ford T del veintiuno en el veintidós, comprado con "un sueldo de obrero" (era carpintero en lo de Mignone) durante "el mejor gobierno, el de Alvear", según decía, y creo. Alvear, al que invitó a una misa por Yrigoyen, en 1931, cuando él era presidente del Subcomité del Cuartel Primero y de la Juventud Radical, y de la que se conserva una foto.

Largas comidas con el asado más exquisito, sólo comparable al que comí en el Puerto de Montevideo, y hecho con brasas pequeñas con un calentamiento de la tierra desde tres o cuatro horas antes, siempre a cargo de tío Manuel. Tallarines caseros con seis yemas de huevo, o ravioles con carne de "pimea" y exquisito tuco, preparados por mamá. Después, largas charlas de sobremesa en la que hablaban por turno y por edad. Jerarquía que cada tanto desataba un chiste de alguno de los hermanos para corregir posibles y sospechables despotismos. Reía también el derrotado, y, al fin, Adrián desenfundaba la viola y tocaba un aire campero, un vals y otras canciones aprendidas con Colman, el legendario padre de muchos músicos lujanenses. El burlado solía ser el mayor, Lucio, "la voz de la experiencia", o el menor, Hipólito, "el político". La cuñada y los sobrinos comúnmente escuchábamos, y surgían anécdotas de medio siglo vividas por los hermanos y los amigos, como Rufo Sotelo, bueno, sociable, que se sacaba la gorra, "por respeto", en la cocina. La primera cosecha en La Pampa, de Manuel y Lucio, de diez y once años, y la vuelta "llenos de plata". La caída de una casa en el campo por el viento, y la salvación por pararse en el dintel. Las heladas del diecisiete, las inundaciones del trece y del treinta y tres, la revolución radical abortada, en el noventa y tres, en la que hombres a caballo llegaron hasta la casa, y la madre los había visto. El recuerdo risueño del padre, que caminó tres meses de noche, de Salta a Buenos Aires, para no ser asaltado, porque llevaba en los borceguíes las monedas de oro con las que ingresó a Chile. Debía pagar el pasaje de vuelta a Ezcaray, en 1885, porque el contrato no se cumplió y el otro Isidoro cruzó a pie la cordillera.

El cometa Halley y los bailes hasta el amanecer. Los locos que se suicidaban de miedo. El robo de la corona de la Virgen, cuando ingresaron por una ventana a un chico de ocho años. La llegada de las campanas a Luján, en las que se escondía Manuel jugando. Manuel, que a los seis años era asistente de don Germán Bordenavé, que embotellaba agua de la gruta, emplazada del lado del colegio, en 1897. Lucio de visita por unas horas, a la noche, en el Centenario de la Revolución de Mayo (1910), con el traje del ejército roquista, con casco y plumas rojas, e Hipólito, de tres años, levantándose para ver a su hermano vestido de militar, porque Puelles se acomodó y Lucio debió reemplazarlo, a pesar de que se "salvaba" por sorteo.

La caza semanal de perdices por Open Door, Torres y Cortínez. La vez que Manuel desarmó a un matón que, con diez perros y una daga se instalaba a las seis de la tarde en el puente de madera (hoy Rodolfo Moreno, inaugurado en 1941 por el intendente Horacio Oliver, compañero de colegio de Valengo, en 1910) y no dejaba salir o entrar al "Quinto", barrio del Cuartel Primero, como aclaraba en tiempo de elecciones Hipólito. Un barrio con muchos amigos, pero también con enemigos, cuando el país se tajeó y las aguas se dividieron en peronistas y radicales. Y, a pesar de ello, Hipólito en viaje a Buenos Aires para comprar con su dinero las colecciones de Espasa Calpe para la biblioteca del Club Santa Elena. Deseaba que alguien usara los diccionarios algún día, y leyera "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", que lo hacía reír en las noches de invierno y que su madre le hizo leer en voz alta, en la cocina, en otro invierno, cuando sólo tenía ocho años.

Isidoro M. González


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