Escribe Laura M. López Murillo (especial para
ARGENPRESS.info)
En algún lugar del organigrama social, en un espacio
aislado y alejado sin conexión alguna con el resto de
los grupos en la comunidad humana, en un sombrío
recuadro se circunscribe la clase gobernante.
Los acontecimientos recientes en el ámbito electoral
y en la vida política nacional confirman mis sospechas
respecto de la naturaleza biológica y mental de
aquellos que se dedican al ejercicio de la política.
Todos esos energúmenos forman parte de una
subespecie animal híbrida: poseen rasgos de los
parásitos, de los grandes depredadores, de los
carroñeros y de los reptiles; y en su actividad
cerebral se han identificado los procesos mentales de
humanos psicópatas, mercenarios y criminales.
Es evidente que en el caso de los políticos se
distorsiona el diagrama del genoma humano, y de esta
mutación genética surge una seudo-raza de seres
degenerados. Aún no se han logrado unificar los
criterios, pero la opinión generalizada entre los
científicos establece que estos especimenes se crean
por generación espontánea, porque todas sus acciones y
decisiones confirman que no tienen madre.
Esta hipótesis también se sustenta en los índices
de la calidad del aire en los recintos políticos, pues
en todas las dependencias de gobierno, en todas las
oficinas bajo el emblema nacional o de partidos
políticos, en todas sin excepción, se respira aire
pútrido. Los únicos seres con la capacidad
fisiológica para sobrevivir en la inmundicia son los
entes políticos.
Respecto del origen de esta subespecie, todo parece
indicar, que adquieren sus rasgos distintivos a la
sombra del poder: si algún ser humano normal pero
incauto sucumbe a las canonjías y adulaciones emanadas
del poder, por leve que éste sea, sufre una
metamorfosis irreversible e inexorable hasta convertirse
en un prepotente, en un dictadorzuelo, o en un jefazo, y
en cuanto pone el pie encima de alguien más débil,
jamás podrá recuperar su condición humana.
Paulatinamente, aquella persona que alguna vez
caminara erguida con la frente en alto, adquirirá la
habilidad de reptar y arrastrarse, de soltar lisonjas y
promesas, de mentir y exagerar. La última pizca de
dignidad se pierde en el preciso momento en que
desaparece la opinión propia para adoptar las ideas de
un líder sin convicciones y ávido de poder.
En cuanto se asciende en la escala política se
adquiere la cómoda capacidad de los parásitos, porque
el erario es la fuente de los ingresos y el presupuesto
se constituye en el modus vivendi. Simplemente por el
hecho de existir en la nómina se adquiere una
inexplicable solvencia económica; posteriormente, si se
accede a posiciones estratégicas del poder, se
desarrolla la habilidad depredadora de recursos; y el
apetito carroñero aparece cuando se aprovecha la
desgracia de los adversarios.
Las diferencias raciales entre la gente normal y los
entes políticos se agudizan en el solsticio de
invierno, cuando todos los seres humanos de buena
voluntad hacen una pausa para buscar en su interioridad
algún vestigio de la esencia divina. Cuando la
población se encandila con el ambiente navideño, los
políticos aprovechan la indiferencia generalizada para
aprobar leyes y reglamentos sin que nadie diga nada
porque a nadie le importó.
Me queda claro que la clase política es una
subespecie de seres sin escrúpulos que no tienen
corazón y pululan alrededor del poder. Pero la
naturaleza es sabia: En este ecosistema, esa fauna
híbrida cumple la función prioritaria de ser motivo
del escarnio popular, ellos son los personajes de
parodias y leperadas, son el detonante de nuestro
sentido del humor; porque nosotros, los seres de
condición humana, tenemos la virtud de reírnos de
nuestra desgracia.