Miércoles 16 de Agosto de 2006 - Año 92 - Edición 7206 - Edición digital 0506

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En algún lugar...Ellos y nosotros

Escribe Laura M. López Murillo (especial para ARGENPRESS.info)

En algún lugar del organigrama social, en un espacio aislado y alejado sin conexión alguna con el resto de los grupos en la comunidad humana, en un sombrío recuadro se circunscribe la clase gobernante.

Los acontecimientos recientes en el ámbito electoral y en la vida política nacional confirman mis sospechas respecto de la naturaleza biológica y mental de aquellos que se dedican al ejercicio de la política.

Todos esos energúmenos forman parte de una subespecie animal híbrida: poseen rasgos de los parásitos, de los grandes depredadores, de los carroñeros y de los reptiles; y en su actividad cerebral se han identificado los procesos mentales de humanos psicópatas, mercenarios y criminales.

Es evidente que en el caso de los políticos se distorsiona el diagrama del genoma humano, y de esta mutación genética surge una seudo-raza de seres degenerados. Aún no se han logrado unificar los criterios, pero la opinión generalizada entre los científicos establece que estos especimenes se crean por generación espontánea, porque todas sus acciones y decisiones confirman que no tienen madre.

Esta hipótesis también se sustenta en los índices de la calidad del aire en los recintos políticos, pues en todas las dependencias de gobierno, en todas las oficinas bajo el emblema nacional o de partidos políticos, en todas sin excepción, se respira aire pútrido. Los únicos seres con la capacidad fisiológica para sobrevivir en la inmundicia son los entes políticos.

Respecto del origen de esta subespecie, todo parece indicar, que adquieren sus rasgos distintivos a la sombra del poder: si algún ser humano normal pero incauto sucumbe a las canonjías y adulaciones emanadas del poder, por leve que éste sea, sufre una metamorfosis irreversible e inexorable hasta convertirse en un prepotente, en un dictadorzuelo, o en un jefazo, y en cuanto pone el pie encima de alguien más débil, jamás podrá recuperar su condición humana.

Paulatinamente, aquella persona que alguna vez caminara erguida con la frente en alto, adquirirá la habilidad de reptar y arrastrarse, de soltar lisonjas y promesas, de mentir y exagerar. La última pizca de dignidad se pierde en el preciso momento en que desaparece la opinión propia para adoptar las ideas de un líder sin convicciones y ávido de poder.

En cuanto se asciende en la escala política se adquiere la cómoda capacidad de los parásitos, porque el erario es la fuente de los ingresos y el presupuesto se constituye en el modus vivendi. Simplemente por el hecho de existir en la nómina se adquiere una inexplicable solvencia económica; posteriormente, si se accede a posiciones estratégicas del poder, se desarrolla la habilidad depredadora de recursos; y el apetito carroñero aparece cuando se aprovecha la desgracia de los adversarios.

Las diferencias raciales entre la gente normal y los entes políticos se agudizan en el solsticio de invierno, cuando todos los seres humanos de buena voluntad hacen una pausa para buscar en su interioridad algún vestigio de la esencia divina. Cuando la población se encandila con el ambiente navideño, los políticos aprovechan la indiferencia generalizada para aprobar leyes y reglamentos sin que nadie diga nada porque a nadie le importó.

Me queda claro que la clase política es una subespecie de seres sin escrúpulos que no tienen corazón y pululan alrededor del poder. Pero la naturaleza es sabia: En este ecosistema, esa fauna híbrida cumple la función prioritaria de ser motivo del escarnio popular, ellos son los personajes de parodias y leperadas, son el detonante de nuestro sentido del humor; porque nosotros, los seres de condición humana, tenemos la virtud de reírnos de nuestra desgracia.