El entonces senador Antonio Cafiero,
destacado por su virtud de estar en medio de
las grandes discusiones políticas de las
últimas décadas, pero siempre salir inmune
en las culpabilidades, gritaba desde su
banca en el año 2000, cuando apareció el
tema de las coimas para la aprobación de la
reforma laboral, que "las sospechas
existen, todos las tenemos, pero lo que no
existen son las pruebas". Conmovedor
relato para ingenuos.
Con el correr de los años, las pruebas
comenzaron a aparecer. Primero fue un
anónimo. En esa hoja se relataba el
episodio de cohecho, con nombres, apellidos
y roles.
Fue ese anónimo el que empujó la
renuncia a la vicepresidencia de la Nación
de Carlos "Chacho" Alvarez.
A ese escrito le siguieron algunos años
de silencio, porque todos los que
compartían el secreto no tenían
necesidades urgentes. Todavía
"formaban parte" de la estructura
de corrupción.
Pero el hilo se cortó por uno de los
eslabones más delgados de la cadena. Un
problema de conciencia -según su versión-
o un bolsillo que pedía plata como cuando
era prosecretario parlamentario del Senado,
llevaron al lujanense Mario "Tato"
Pontaquarto a confesar lo que hizo aquellos
días de abril de 2000.
Previo pago de 18.000 pesos-dólares que
le aseguraron cierta tranquilidad familiar,
Pontaquarto ofreció su testimonio a la
extinta revista "TXT" y después
ratificó sus dichos en la Justicia; un
testimonio que negó rotundamente en el
momento de la aparición del anónimo,
incluso a este medio de prensa. Claro que,
por entonces, todavía cobraba y gozaba de
los beneficios de trabajar en las más altas
cumbres del Senado. Dicho de otro modo, no
había necesidad de
"arrepentirse".
Pero la soga política se le cortó y
Pontaquarto salió a difundir un relato que
lo tenía como protagonista. Habló, con
pelos y señales, de la orden de arriba para
ir a buscar el dinero a la SIDE, del
recorrido de las valijas, de la ubicación
de ese equipaje en su auto y su celosa
custodia en la casa que tenía en General
Rodríguez. Todo ello le dio forma a su
ruidoso arrepentimiento.
También habló de la entrega de las
valijas, de un papelito en el que figuraban
los montos que recibía cada
"honorable" legislador y de la
gratuidad con la que encaró los mencionados
servicios.
La causa revivía. Era imposible que
pasara lo contrario. Uno de los
protagonistas del gran hecho de corrupción
estaba contando cada uno de los detalles,
con nombres, apellidos y cifras.
Pero en Argentina es difícil
sorprenderse, en especial cuando se trata de
cuestiones que mezclan lo judicial y lo
político. A pesar de la confesión de uno
de los autores y de la aparición de una
enorme cantidad de pruebas, la causa estaba
a punto de naufragar.
Recién la semana pasada un nuevo
eslabón delgado de la cadena de
complicidades se quebró: Sandra Montero. En
la jerga del truco, se trata de un cuatro de
copas que, en la relación que mantenía con
el entonces senador Remo Costanzo (uno de
los que cobró) tenía un valor mucho más
alto.
La despechada empleada contó que su ex
jefe cobró, cuánto cobró, dónde había
apoyado el maletín con sus iniciales, cómo
estaba empaquetado el dinero y hasta el
malestar que manifestaba Costanzo porque
"los muchachos" le pagaron la
mitad de lo estipulado (apenas 300.000
pesos-dólares).
¿Qué más falta para apurar una
condena? ¿Qué otro dato le falta a la
Justicia para reconstruir el indignante
ilícito? ¿Qué necesitan los jueces o
fiscales para mandar a la cárcel a los
responsables y recuperar la plata sucia de
los legisladores y funcionarios que tramaron
el cohecho?
En teoría o, mejor dicho, a simple
vista, no falta nada. Pero en Argentina
nunca se sabe.
Ayer, al cierre de esta edición, la
causa se elevaba a juicio oral con cientos
de fojas en las que figuran los testimonios
de Pontaquarto, de Montero, del senador
Cantarero y todas las pruebas que determinan
la existencia de los sobornos. Sólo queda
una pregunta pendiente: ¿habrá Justicia?