Escribe Antonino E. Martínez-Docente
El 21 de diciembre del año pasado asumió como
rector de la Universidad Nacional de Luján el Ing.
Agrónomo Osvaldo Arizio, quien impulsa reclamar por el
cierre que llevaron a cabo las autoridades de facto que
gobernaron nuestro país desde el 24 de marzo de 1976
hasta el retorno de la Democracia (con mayúscula para
darle el valor que le corresponde, sin perjuicio de que
sea necesario afianzarla y mejorarla).
En la página 5 de la revista NOVA de la UNLu, de
abril de 2006, aparece una nota titulada
"Reclamamos la reparación histórica por el
cierre" que sintetiza los motivos de esa nefasta
medida y el sentido del reclamo.
A un cuarto de siglo quiero rememorar mis vivencias
como alumno de la Universidad. Mi aporte a esta cruzada
es desde los sentimientos y no desde la argumentación
específicamente académica y técnica, y mi testimonio,
posiblemente, nada singular.
Mi relación con la Universidad comenzó antes de su
creación, pues me vinculé a la Comisión Promotora que
realizaba reuniones abiertas en la Municipalidad de
Luján. De sus integrantes conocía a la profesora Ruth
Monjardín de Masci, al Ing. Gerardo Amado, al Dr.
Alberto Jech, al Ing. Jaime de la Plaza, al Dr. Antonio
Gualdieri y al profesor José Cáceres. El presidente
era el Dr. Alceo Barrios a quien traté por primera vez
en esas circunstancias.
Con la finalidad de reunir fondos para afrontar
distintos gastos se emitió un bono contribución del
cual vendí algunos números.
No integré esa comisión, desde luego, simplemente
me acerqué porque la iniciativa siempre me pareció
trascendente, una empresa generosa, con mirada que
apuntaba al desarrollo social y económico de la región
mediante la elevación del nivel educativo brindando
formación renovada y de excelencia.
De esos tiempos preliminares conservo, como trofeos
bibliográficos, los dos tomos del estudio de
factibilidad para la creación de la UNLu.
Inicié el ciclo de estudios generales -organización
innovadora, entonces- con el número de inscripción 03,
cuando la UNLu inauguró sus clases en septiembre de
1973.
Abracé los estudios con particular entusiasmo como
la inmensa mayoría de los alumnos de entonces quienes,
en muchos casos, queríamos aprovechar la oportunidad de
alcanzar un título universitario en nuestra propia
ciudad. Era el sueño largamente esperado.
Cursé el ciclo de estudios generales integrado,
entre otras asignaturas, por Ecología -término casi
desconocido entonces- cuyo coordinador general era nada
menos que el profesor Leonardo Malacalza, tan querido,
respetado y valorado. Quiero decir que la UNLu fue
pionera en la toma de conciencia sobre los problemas de
contaminación y el debido respeto por la naturaleza.
Hice la tecnicatura universitaria en Tecnología
Educativa como carrera corta, pues todos los estudios
tenían un título intermedio para evitar que quienes se
veían obligados a abandonar o interrumpir por distintas
circunstancias, no tuvieran un reconocimiento de su paso
por ese nivel.
A principios de 1979 cursaba la licenciatura en
Educación Permanente y de las cuatro orientaciones
posibles elegí Capacitación y Desarrollo de Personal.
Tan integrado estaba con la Universidad, los
profesores y el ambiente de estudio que no sentía el
peso de tener dos trabajos y estudiar. Cuando surgieron
los primeros rumores de cierre creo que, a muchos, nos
pareció que semejante atrocidad no pasaría de una
broma de mal gusto, de una idea descabellada lanzada por
algún alienado. Pero el rumor pasó a amenaza cierta.
Con gran tristeza una profesora nos habló un día
para advertirnos que la clausura tenía fecha
(seguíamos hasta diciembre de 1979 y basta) y nos
aconsejó que tratáramos de terminar la carrera
cursando las materias que nos faltaban porque el futuro
era realmente incierto.
Y comenzó la lucha por el esclarecimiento de las
causas de esa medida, la búsqueda de apoyos,
entrevistas en distintos medios, marchas de protesta,
reclamos, pedidos, publicaciones... Hasta se presentó
una solicitud de amparo colectivo en los Tribunales
Federales de Mercedes argumentando que la amenaza de
cierre afectaba el derecho a estudiar.
Nada haría cambiar aquella decisión aunque las
protestas subieran de tono y cada vez más importantes
personalidades se atrevieran a señalar el hecho como
inconcebible, arbitrario y de una ceguera intelectual
alarmante.
Luján tuvo entonces su "Noche de los bastones
largos" aplicada en forma total y absoluta, como
para que no quedara nada. Si desaparecían personas,
¿qué podía impedir que desapareciera una pequeña
universidad recién nacida?
Recuerdo, con la emoción de evocar tiempos
dolorosos, al queridísimo ingeniero Jaime de la Plaza
-cuyo nombre con justicia lleva la Biblioteca de la
Universidad- movilizándose, manteniendo una reunión y
otra, intentándolo todo y a Ruth Monjardín diciendo
con su particular expresividad: "Actuemos con la
mente fría y el corazón caliente".
Consumado el hecho sobrevino la tristeza, la herida
de tener que soportar tamaña injusticia.
La Universidad quedó en vida latente hasta que fue
electo el Dr. Raúl Alfonsín que, antes de asumir,
recibió a los integrantes de la Comisión Pro
Universidad. La reapertura estaba garantizada.
Vivir es el arte de dibujar sin goma de borrar: el
cierre dejó huellas.
Los que concluimos la carrera, al menos los de
Educación, lo hicimos en medio de grandes tensiones, a
marcha forzada, y otros debieron deambular por la
Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Cada
uno soportó su propio calvario.
La columna vertebral de la carrera era el concepto de
Educación Permanente: el hombre continúa aprendiendo
toda la vida. Este concepto debe interpretarse en el
sentido de hacerlo consciente, que la formación de una
persona no concluye cuando alcanza un título, sino que
debe seguir estudiando y aprendiendo siempre. Se trata
de aprender a aprender. Es un proceso de humanización
que tiende a un ideal de perfección que jamás se
alcanza: señala hacia donde marchar. Rescata la
importancia de la educación de adultos, de la
educación a distancia, del aprovechamiento del tiempo
libre, el uso efectivo de los medios audiovisuales y
pone el acento en qué se aprende y cómo, relativizando
cuánto y cuándo.
A riesgo de emitir un juicio erróneo quiero señalar
que, en mi opinión, en forma más o menos sutil, los
egresados de la UNLu antes del cierre, sufrimos el
lacerante "por algo será". El gobierno de
turno dispone siempre de los medios para machacar con
sus opiniones y, en la confusión, encontró quienes
pensaban que podía ser cierto eso de que se aprobaba
con escasa exigencia, que los autores de izquierda o
izquierdizantes nos absorbían el seso, y tantas otras
tonterías y fantasmas inventados por mentes afiebradas
y temerosas de la libertad de pensamiento y debate.
No intento comparar estos hechos y circunstancias con
quienes fueron secuestrados y, tras sufrir cárcel y
tortura, perdieron la vida. No hay parangón posible.
Hasta aceptaría que alguien pensara que, por respeto a
ellos, no escribiera estas líneas.
Después del cierre integré la comisión fundadora
AGEP (Asociación de Graduados en Educación Permanente)
desde donde se trabajó en el reconocimiento de los
títulos y sus incumbencias.
Tras cuatro años de cierre, un 30 de julio llegó a
Luján el Presidente de la República, Dr. Ricardo
Alfonsín, y, junto a muchos compañeros, tuve la
emoción de sentir que se reparaba una injusticia, una
gran injusticia de la que me había tocado ser una
ínfima parte.