Sábado 1º de Julio de 2006 - Año 91 - Edición 7163 - Edición digital 0493

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Testimonio

El cierre de la Universidad Nacional de Luján

Escribe Antonino E. Martínez-Docente

El 21 de diciembre del año pasado asumió como rector de la Universidad Nacional de Luján el Ing. Agrónomo Osvaldo Arizio, quien impulsa reclamar por el cierre que llevaron a cabo las autoridades de facto que gobernaron nuestro país desde el 24 de marzo de 1976 hasta el retorno de la Democracia (con mayúscula para darle el valor que le corresponde, sin perjuicio de que sea necesario afianzarla y mejorarla).

En la página 5 de la revista NOVA de la UNLu, de abril de 2006, aparece una nota titulada "Reclamamos la reparación histórica por el cierre" que sintetiza los motivos de esa nefasta medida y el sentido del reclamo.

A un cuarto de siglo quiero rememorar mis vivencias como alumno de la Universidad. Mi aporte a esta cruzada es desde los sentimientos y no desde la argumentación específicamente académica y técnica, y mi testimonio, posiblemente, nada singular.

Mi relación con la Universidad comenzó antes de su creación, pues me vinculé a la Comisión Promotora que realizaba reuniones abiertas en la Municipalidad de Luján. De sus integrantes conocía a la profesora Ruth Monjardín de Masci, al Ing. Gerardo Amado, al Dr. Alberto Jech, al Ing. Jaime de la Plaza, al Dr. Antonio Gualdieri y al profesor José Cáceres. El presidente era el Dr. Alceo Barrios a quien traté por primera vez en esas circunstancias.

Con la finalidad de reunir fondos para afrontar distintos gastos se emitió un bono contribución del cual vendí algunos números.

No integré esa comisión, desde luego, simplemente me acerqué porque la iniciativa siempre me pareció trascendente, una empresa generosa, con mirada que apuntaba al desarrollo social y económico de la región mediante la elevación del nivel educativo brindando formación renovada y de excelencia.

De esos tiempos preliminares conservo, como trofeos bibliográficos, los dos tomos del estudio de factibilidad para la creación de la UNLu.

Inicié el ciclo de estudios generales -organización innovadora, entonces- con el número de inscripción 03, cuando la UNLu inauguró sus clases en septiembre de 1973.

Abracé los estudios con particular entusiasmo como la inmensa mayoría de los alumnos de entonces quienes, en muchos casos, queríamos aprovechar la oportunidad de alcanzar un título universitario en nuestra propia ciudad. Era el sueño largamente esperado.

Cursé el ciclo de estudios generales integrado, entre otras asignaturas, por Ecología -término casi desconocido entonces- cuyo coordinador general era nada menos que el profesor Leonardo Malacalza, tan querido, respetado y valorado. Quiero decir que la UNLu fue pionera en la toma de conciencia sobre los problemas de contaminación y el debido respeto por la naturaleza.

Hice la tecnicatura universitaria en Tecnología Educativa como carrera corta, pues todos los estudios tenían un título intermedio para evitar que quienes se veían obligados a abandonar o interrumpir por distintas circunstancias, no tuvieran un reconocimiento de su paso por ese nivel.

A principios de 1979 cursaba la licenciatura en Educación Permanente y de las cuatro orientaciones posibles elegí Capacitación y Desarrollo de Personal.

Tan integrado estaba con la Universidad, los profesores y el ambiente de estudio que no sentía el peso de tener dos trabajos y estudiar. Cuando surgieron los primeros rumores de cierre creo que, a muchos, nos pareció que semejante atrocidad no pasaría de una broma de mal gusto, de una idea descabellada lanzada por algún alienado. Pero el rumor pasó a amenaza cierta.

Con gran tristeza una profesora nos habló un día para advertirnos que la clausura tenía fecha (seguíamos hasta diciembre de 1979 y basta) y nos aconsejó que tratáramos de terminar la carrera cursando las materias que nos faltaban porque el futuro era realmente incierto.

Y comenzó la lucha por el esclarecimiento de las causas de esa medida, la búsqueda de apoyos, entrevistas en distintos medios, marchas de protesta, reclamos, pedidos, publicaciones... Hasta se presentó una solicitud de amparo colectivo en los Tribunales Federales de Mercedes argumentando que la amenaza de cierre afectaba el derecho a estudiar.

Nada haría cambiar aquella decisión aunque las protestas subieran de tono y cada vez más importantes personalidades se atrevieran a señalar el hecho como inconcebible, arbitrario y de una ceguera intelectual alarmante.

Luján tuvo entonces su "Noche de los bastones largos" aplicada en forma total y absoluta, como para que no quedara nada. Si desaparecían personas, ¿qué podía impedir que desapareciera una pequeña universidad recién nacida?

Recuerdo, con la emoción de evocar tiempos dolorosos, al queridísimo ingeniero Jaime de la Plaza -cuyo nombre con justicia lleva la Biblioteca de la Universidad- movilizándose, manteniendo una reunión y otra, intentándolo todo y a Ruth Monjardín diciendo con su particular expresividad: "Actuemos con la mente fría y el corazón caliente".

Consumado el hecho sobrevino la tristeza, la herida de tener que soportar tamaña injusticia.

La Universidad quedó en vida latente hasta que fue electo el Dr. Raúl Alfonsín que, antes de asumir, recibió a los integrantes de la Comisión Pro Universidad. La reapertura estaba garantizada.

Vivir es el arte de dibujar sin goma de borrar: el cierre dejó huellas.

Los que concluimos la carrera, al menos los de Educación, lo hicimos en medio de grandes tensiones, a marcha forzada, y otros debieron deambular por la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Cada uno soportó su propio calvario.

La columna vertebral de la carrera era el concepto de Educación Permanente: el hombre continúa aprendiendo toda la vida. Este concepto debe interpretarse en el sentido de hacerlo consciente, que la formación de una persona no concluye cuando alcanza un título, sino que debe seguir estudiando y aprendiendo siempre. Se trata de aprender a aprender. Es un proceso de humanización que tiende a un ideal de perfección que jamás se alcanza: señala hacia donde marchar. Rescata la importancia de la educación de adultos, de la educación a distancia, del aprovechamiento del tiempo libre, el uso efectivo de los medios audiovisuales y pone el acento en qué se aprende y cómo, relativizando cuánto y cuándo.

 

A riesgo de emitir un juicio erróneo quiero señalar que, en mi opinión, en forma más o menos sutil, los egresados de la UNLu antes del cierre, sufrimos el lacerante "por algo será". El gobierno de turno dispone siempre de los medios para machacar con sus opiniones y, en la confusión, encontró quienes pensaban que podía ser cierto eso de que se aprobaba con escasa exigencia, que los autores de izquierda o izquierdizantes nos absorbían el seso, y tantas otras tonterías y fantasmas inventados por mentes afiebradas y temerosas de la libertad de pensamiento y debate.

No intento comparar estos hechos y circunstancias con quienes fueron secuestrados y, tras sufrir cárcel y tortura, perdieron la vida. No hay parangón posible. Hasta aceptaría que alguien pensara que, por respeto a ellos, no escribiera estas líneas.

Después del cierre integré la comisión fundadora AGEP (Asociación de Graduados en Educación Permanente) desde donde se trabajó en el reconocimiento de los títulos y sus incumbencias.

Tras cuatro años de cierre, un 30 de julio llegó a Luján el Presidente de la República, Dr. Ricardo Alfonsín, y, junto a muchos compañeros, tuve la emoción de sentir que se reparaba una injusticia, una gran injusticia de la que me había tocado ser una ínfima parte.