Luján, 9 de julio de 2006
Al pueblo de Luján:
Escribo esta carta desde el lugar que ocupo ahora,
primer piso del Cabildo de la ciudad de Luján, hoy
Complejo Museográfico Provincial "Enrique
Udaondo". Me siento un poco sola, olvidada, las
personas y los chicos pasan y no advierten quién soy,
ni preguntan por qué estoy aquí en Luján y no en
Tucumán. Mis maderas forman dos hojas de cedro con
tableros salientes y es toda la riqueza que tengo. Mido
aproximadamente 2,83 mts por 1,70 mts. Era la puerta de
la antesala que conducía al salón donde se juró la
Independencia el 9 de julio de 1816.
El duende de la magia de la historia, permite que mi
nota y con ella mi voz llegue a ustedes. Mis maderas
están llenas de recuerdos que quiero compartirlos.
La Casa donde yo estaba, en Tucumán, era de la Sra.
Francisca Bazán de Laguna que la había ofrecido para
que se reunieran los congresales. Era una hermosa casa
de fines del siglo XVIII, de estilo barroco español.
El 9 de julio fue un día claro y hermoso. Desde
temprano llegaron los diputados con la decisión de que
era el momento de declarar la Independencia de España.
Estaban 29 representantes de los 33 que habían llegado.
La mayoría eran sacerdotes, comerciantes, abogados,
estancieros, habían sido elegidos por los Cabildos de
las ciudades. Luego de discutir mucho, alrededor de las
2.30 de la tarde, el presidente sanjuanino Narciso
Laprida preguntó "si querían que las Provincias
de la Unión fuesen una nación libre e independiente de
los reyes de España y su metrópoli". Todos
proclamaron: ¡Sí! Unas 200 personas apoyaron esta
decisión. Recuerdo que el 19 de julio se completó la
declaración cuando el diputado Medrano, representante
de Buenos Aires, propuso agregar al acta: "Libres
de toda dominación extranjera".
Escuché que esta disposición se asumió por el
peligro del avance de portugueses y las ambiciones de
los ingleses. El 21 de julio los diputados juraron el
acta de Independencia y para mí fue otro día de
emoción.
Pero quiero contarles que el 10 de julio Tucumán
festejó el desafío de nacer como país libre. Desde mi
lugar pude seguir los acontecimientos del día. A la
mañana, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón
presidió las ceremonias. Desfilaron 5.000 gauchos con
ponchos y lanzas. Se ofició una misa pidiendo a Dios
por la Patria.
Fue un día de júbilo y fiesta. Por la noche, en mi
casa se realizó un baile. Llegaron los diputados y las
familias más nobles de la ciudad. El gobernador de
Tucumán, Bernabé Aráoz, con su familia fueron los
anfitriones del baile. Los recuerdos los atesoro tan
cercanos que percibo la alegría de la gente que llegaba
cruzando el patio de la Casa adornado con farolitos de
papel y guirnaldas. El piano y el violín animaban la
fiesta y su música recibía a los invitados. Diviso la
llegada de las señoras, de los caballeros y de las
alegres muchachas y jóvenes. Los distingo al cruzar la
plaza que está animada por la gente del pueblo, ellos
festejaban y bailaban allí, guitarras y payadores con
su ingenio eran el centro del festejo en dicha plaza;
más lejos se sentían los tambores de los negros y el
candombe.
Las muchachas vestían trajes de muselina, brocato o
seda, mangas tipo farolitos, talle imperio, amplios
escotes y la falda que dejaban ver atrevidamente el
tobillo. Tenían como abrigo una capita de terciopelo,
mantones, rebozos o chales. Muchas llevaban el cabello
recogido, bucles, trenzas o rizos adornados con flores,
moños o pequeñas peinetas. No se conocían el
peinetón, ni el miriñaque y los almidones. En la mano
agitaban grandes pañuelos y hermosos abanicos. Admiré
mucho la elegancia de los jóvenes: pantalones
ajustados, frac, chalecos, pañuelos anudados formando
moños o corbatas, camisas con puntillas bordadas, botas
altas, sombrero, bastón y capas.
El baile se animó al compás del cielito, la
condición, el minué, el vals y la contradanza. La
pareja más aplaudida fue Manuel Belgrano con Dolores
Helguera.
Hasta recuerdo que los caballeros hablaban de la
situación militar, de las derrotas de los ejércitos
del Alto Perú, de la valentía de Martín Miguel de
Güemes y sus gauchos defendiendo la frontera norte, del
general don José de San Martín y la preparación del
ejército de los Andes en el Plumerillo, del peligro de
la invasión portuguesa en la Banda Oriental, y de la
ausencia de los diputados orientales y del Litoral que
respondían a Artigas.
Las señoras, sentadas vigilando a sus hijas,
hablaban de recetas de cocina y se organizaban para
invitar en diferentes días a los diputados. ¿Las
recetas? Puchero, carbonada, empanadas, locro, ternera
asada, pescado frito. Hasta me acuerdo que se quejaban
de la escasez de las verduras y que sólo conseguían
zapallo y batatas. El pavo relleno y el cordero decían
servirlo para las ocasiones especiales. Los postres
preferidos eran dulces caseros, dulce de leche, sidra
cayote, zapallo, batata, arroz con leche, pasteles.
Me parece ver a los negros sirviendo mate de leche
perfumado con canela, chocolate y licores caseros. Las
muchachas hablaban de poesías y cruzaban miradas con
los jóvenes y movían el abanico con ese lenguaje tan
particular que ya no volví a ver.
Se bailó hasta muy tarde, cerca de la una de la
mañana, y me quedé sola en la casa. Había cesado la
música, se apagaron las velas y la noche oscura y fría
me envolvió.
Supe, por los comentarios de los diputados, que la
fiesta oficial se celebró el 24 de septiembre en el
mismo campo donde el Gral. Manuel Belgrano había
librado la gloriosa batalla de Tucumán. También
conocí, por las conversaciones de los señores, que en
Buenos Aires se juró y celebró la Independencia el 12
de octubre, y en la Villa de Luján entre el 12 y 13 de
septiembre.
Pero ustedes se preguntarán por qué estoy aquí en
el Cabildo de Luján. Es una historia triste pero deben
conocerla. Cuando el Congreso se trasladó a Buenos
Aires, en 1817, mi casa quedó abandonada. En 1874 el
gobierno de Tucumán la compró y se transformó en
oficinas de Correo y Telégrafo. En 1903, el presidente
Julio Argentino Roca ordenó derribarla y sólo
mantuvieron de mi casa un templete con las paredes del
salón de la Independencia. Los demás elementos, parte
de la demolición, inclusive yo, fuimos vendidos y nos
compró un coleccionista sanjuanino Agustín Gnecco. Al
morir éste, sus hijos dispusieron vender parte de la
colección a un norteamericano. Don Enrique Udaondo,
director del Museo de Luján, ordenó comprar las 10.000
piezas puestas a la venta. Llegamos en vagones de
Ferrocarril a Luján en 1942.
Mi casa fue reconstruida por iniciativa del diputado
Ramón Paz Posse en 1941 y el 24 de septiembre de 1943
se inauguró como Museo. Esto lo conocí por
explicaciones que escuché después.
Pero yo estoy aquí. ¿Dónde debería estar? ¿En mi
casa reconstruida y nueva como un testigo de todo lo que
viví, o aquí en Luján olvidada? Muchas veces dudo
sobre mi destino y pienso cuál es mi lugar; pero
también reconozco que si no hubiera sido por don
Enrique Udaondo ya no estaría en el país. Estoy aquí
en Luján, en el Cabildo, mi historia futura dirá si me
quedaré siempre aquí entre ustedes o volveré a mi
hermosa Tucumán. Me gustaría que se acercaran más
hasta mí, que pudiéramos entablar un diálogo
imaginario, que los alumnos vinieran a descubrir
aquellos acontecimientos de 1816 a través de mis viejas
maderas. Me siento protagonista de aquellas jornadas y
hoy patrimonio que atesora presencias y memorias.
Mi último mensaje es que a pesar de todos los
problemas, situaciones, logros, aciertos y errores que
vivimos en la actualidad, no olviden que la Patria se
construye cada día desde el lugar donde estemos, con
sacrificio, honestidad y entrega. Cada año las memorias
de los días de libertad e independencia deben resurgir
para decirnos que siempre la esperanza debe superar el
desaliento, y que el camino verdadero ya está en
marcha, porque es el trayecto de la Democracia.
Por eso les digo ¡Viva la Patria!
La puerta de la antesala del salón de la
Independencia Tucumán