Sábado 15 de Julio de 2006 - Año 91 - Edición 7167 - Edición digital 0497

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Peligrosa obsesión

El respaldo popular que consiguió el gobierno nacional encabezado por el matrimonio Kirchner en las elecciones del año pasado, en lugar de calmar su peligrosa obsesión de tener control sobre absolutamente todo lo que se opina en el país, la incrementó, la alimentó.

Tanto Néstor Kirchner como su esposa y, por necesario contagio, todos los que tienen una porción de responsabilidad en la toma de decisiones estatales, no se muestran dispuestos a aceptar la crítica. Así se esté sosteniendo diametralmente lo contrario a lo que se cuestionó cuando otros tenían la manija, el lema parece ser "detenerse nunca, admitir y corregir jamás".

Por esa razón el presidente y su senadora esposa describen como enemigo al periodismo que comente la osadía de criticar sus actos de gobierno. Y pobre de aquel "enemigo" que esté desarrollando su actividad en terreno público, porque durará lo que tarda en realizarse un llamado telefónico.

Eso fue lo que ocurrió con el programa radial que Pepe Eliaschev conducía en Radio Nacional. El gobierno no lograba tener el control sobre los contenidos de la propuesta y mucho menos sobre los tradicionales editoriales del mencionado periodista. Para colmo, a Eliaschev se le ocurrió integrarse al staff de uno de los escasos medios gráficos que regresó a los kioscos de los domingos para exponer noticias o análisis que Página/12 ya no cubre: el diario Perfil. Tarjeta roja para Eliaschev en Radio Nacional por acumulación de faltas.

Su escasa docilidad para adaptarse al discurso oficial y su particular modo de presentar noticias que, por mandato gubernamental, tenían que ser política y partidariamente correctas, terminaron siendo las puertas de la periodista Marcela Pacheco en la versión de medianoche de Visión 7 -el noticiero del canal estatal-. "No tenía el perfil que se le quiere dar al noticiero", se informó oficialmente. Era lógico ese desenlace, porque Pacheco seguramente no habría presentado el debate del miércoles a la noche en el Senado como "Reforma de la Ley de Administración Financiera" (así rezaba el titular de Canal 7). Ella, como cualquier periodista con un mínimo de independencia, habría informado acerca de la discusión de los superpoderes.

Esta semana que culmina se hizo efectivo otro pequeño triunfo del gobierno de Kirchner en su batalla constante contra la libertad de prensa. Por considerarlo "un tanto inmanejable", se levantó el programa "Desayuno", conducido por Víctor Hugo Morales. No se puede hablar de casualidad en la orden ejecutada por la ex periodista, hoy funcionaria, Rosario Lufrano, cuando se sabe que Morales cuestionó al aire la realización del acto político el pasado 25 de Mayo. Y además tenía una producción que se manejaba con cierta independencia a la hora de fijar los contenidos de cada emisión.

Como el premio consuelo que le ofrecieron a Morales de un programa deportivo o cultural en el canal estatal no le pareció justo, "Desayuno" y todo su equipo de producción también se fueron. Otra tarjeta roja. Otro pequeño espacio de discurso sin ataduras que se cerró, que se perdió porque al gobierno le molestaba.

La teoría, sólo la teoría, dice que Radio Nacional y Canal 7 son medios estatales. Todos los que tomaron el poder desde el retorno de la democracia incurrieron en un intencionado error de interpretación: creyeron que esos medios eran y son gubernamentales o, mejor dicho, de la gestión.

Con el resto de los medios de prensa -los no gubernamentales- y los periodistas que trabajan en ellos, la tarea de desgaste del enemigo está obligada a ser más sutil. No es tan fácil borrarlos del mapa.

La distribución arbitraria de las publicidades oficiales es el primer camino que transita el gobierno nacional a la hora de premiar o censurar información. Los miles y miles de pesos que recibe el diario Página/12 -una fortuna comparada con su tirada- en desmedro de la nada misma que se entrega a otros medios de prensa, es un ejemplo palpable que queda expuesto ante cada edición.

También está la opción de la barricada, de la frase justo en el momento en que nadie puede retrucarla. Utilizar los actos o los escenarios públicos para criticar la pluma de tal o cual periodista, sabiendo que el aplauso está asegurado, ya es una costumbre de la gestión kirchnerista.

No son pocos los periodistas de trayectoria que, por tener ese respaldo de años de profesión, se animan a confesar que si en algún medio de llegada nacional se da a conocer una información que no le cayó simpática a cualquier funcionario de turno, se reciben llamados en sus líneas privadas para preguntarles las razones de las críticas e invitarlos a "corregir" conceptos. Lo han dicho Magdalena Ruiz Guiñazú, Jorge Lanata, Nelson Castro, Alfredo Leuco, Ernesto Tennenbaum, Román Letjman, Joaquín Morales Solá, entre otros.

El gobierno de Kirchner demuestra a diario que tiene una obsesión enfermiza con los discursos críticos y que utilizará todas las herramientas existentes para librar su batalla. Una batalla que no sólo perjudica a los medios que no están dispuestos a informar sobre propaganda oficial, sino que perjudica la libertad de expresión; perjudica a todos los ciudadanos.

 

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