El respaldo popular que consiguió el
gobierno nacional encabezado por el
matrimonio Kirchner en las elecciones del
año pasado, en lugar de calmar su peligrosa
obsesión de tener control sobre
absolutamente todo lo que se opina en el
país, la incrementó, la alimentó.
Tanto Néstor Kirchner como su esposa y,
por necesario contagio, todos los que tienen
una porción de responsabilidad en la toma
de decisiones estatales, no se muestran
dispuestos a aceptar la crítica. Así se
esté sosteniendo diametralmente lo
contrario a lo que se cuestionó cuando
otros tenían la manija, el lema parece ser
"detenerse nunca, admitir y corregir
jamás".
Por esa razón el presidente y su
senadora esposa describen como enemigo al
periodismo que comente la osadía de
criticar sus actos de gobierno. Y pobre de
aquel "enemigo" que esté
desarrollando su actividad en terreno
público, porque durará lo que tarda en
realizarse un llamado telefónico.
Eso fue lo que ocurrió con el programa
radial que Pepe Eliaschev conducía en Radio
Nacional. El gobierno no lograba tener el
control sobre los contenidos de la propuesta
y mucho menos sobre los tradicionales
editoriales del mencionado periodista. Para
colmo, a Eliaschev se le ocurrió integrarse
al staff de uno de los escasos medios
gráficos que regresó a los kioscos de los
domingos para exponer noticias o análisis
que Página/12 ya no cubre: el diario
Perfil. Tarjeta roja para Eliaschev en Radio
Nacional por acumulación de faltas.
Su escasa docilidad para adaptarse al
discurso oficial y su particular modo de
presentar noticias que, por mandato
gubernamental, tenían que ser política y
partidariamente correctas, terminaron siendo
las puertas de la periodista Marcela Pacheco
en la versión de medianoche de Visión 7
-el noticiero del canal estatal-. "No
tenía el perfil que se le quiere dar al
noticiero", se informó oficialmente.
Era lógico ese desenlace, porque Pacheco
seguramente no habría presentado el debate
del miércoles a la noche en el Senado como
"Reforma de la Ley de Administración
Financiera" (así rezaba el titular de
Canal 7). Ella, como cualquier periodista
con un mínimo de independencia, habría
informado acerca de la discusión de los
superpoderes.
Esta semana que culmina se hizo efectivo
otro pequeño triunfo del gobierno de
Kirchner en su batalla constante contra la
libertad de prensa. Por considerarlo
"un tanto inmanejable", se
levantó el programa "Desayuno",
conducido por Víctor Hugo Morales. No se
puede hablar de casualidad en la orden
ejecutada por la ex periodista, hoy
funcionaria, Rosario Lufrano, cuando se sabe
que Morales cuestionó al aire la
realización del acto político el pasado 25
de Mayo. Y además tenía una producción
que se manejaba con cierta independencia a
la hora de fijar los contenidos de cada
emisión.
Como el premio consuelo que le ofrecieron
a Morales de un programa deportivo o
cultural en el canal estatal no le pareció
justo, "Desayuno" y todo su equipo
de producción también se fueron. Otra
tarjeta roja. Otro pequeño espacio de
discurso sin ataduras que se cerró, que se
perdió porque al gobierno le molestaba.
La teoría, sólo la teoría, dice que
Radio Nacional y Canal 7 son medios
estatales. Todos los que tomaron el poder
desde el retorno de la democracia
incurrieron en un intencionado error de
interpretación: creyeron que esos medios
eran y son gubernamentales o, mejor dicho,
de la gestión.
Con el resto de los medios de prensa -los
no gubernamentales- y los periodistas que
trabajan en ellos, la tarea de desgaste del
enemigo está obligada a ser más sutil. No
es tan fácil borrarlos del mapa.
La distribución arbitraria de las
publicidades oficiales es el primer camino
que transita el gobierno nacional a la hora
de premiar o censurar información. Los
miles y miles de pesos que recibe el diario
Página/12 -una fortuna comparada con su
tirada- en desmedro de la nada misma que se
entrega a otros medios de prensa, es un
ejemplo palpable que queda expuesto ante
cada edición.
También está la opción de la
barricada, de la frase justo en el momento
en que nadie puede retrucarla. Utilizar los
actos o los escenarios públicos para
criticar la pluma de tal o cual periodista,
sabiendo que el aplauso está asegurado, ya
es una costumbre de la gestión
kirchnerista.
No son pocos los periodistas de
trayectoria que, por tener ese respaldo de
años de profesión, se animan a confesar
que si en algún medio de llegada nacional
se da a conocer una información que no le
cayó simpática a cualquier funcionario de
turno, se reciben llamados en sus líneas
privadas para preguntarles las razones de
las críticas e invitarlos a
"corregir" conceptos. Lo han dicho
Magdalena Ruiz Guiñazú, Jorge Lanata,
Nelson Castro, Alfredo Leuco, Ernesto
Tennenbaum, Román Letjman, Joaquín Morales
Solá, entre otros.
El gobierno de Kirchner demuestra a
diario que tiene una obsesión enfermiza con
los discursos críticos y que utilizará
todas las herramientas existentes para
librar su batalla. Una batalla que no sólo
perjudica a los medios que no están
dispuestos a informar sobre propaganda
oficial, sino que perjudica la libertad de
expresión; perjudica a todos los
ciudadanos.