Es uno de los crímenes impunes más
sórdidos que ocurrieron en esta ciudad en los últimos años.
Ya nadie reclama por la detención
del autor del disparo ni por la red de impunidad que tapó el
hecho.
La Justicia tiene una cuenta
pendiente no sólo con los familiares de la víctima sino con
toda la sociedad.
Luján cuenta con varios crímenes
impunes pero quizá uno de los más emblemáticos sea el de
Pablo "Tato" Isola, un pibe que tenía 17 años
cuando literalmente lo fusilaron en la esquina de Güemes e
Hipólito Yrigoyen en la madrugada del viernes 17 de marzo de
2001.
Desde entonces sobrevuela una pregunta
excluyente: ¿quién mató a "Tato" Isola? E
inmediatamente pueden concatenarse decenas de interrogantes
más que todavía no tienen respuestas: ¿fue un crimen por
encargo o un ajuste de cuentas?, ¿qué grado de
participación tuvieron ciertos elementos policiales en este
hecho?, ¿el autor material es un vecino del barrio que luego
sobornó a los policías para no ir preso?, ¿fue un típico
episodio de gatillo fácil o estuvo detrás un
"escuadrón de la muerte"?, ¿por qué motivo nunca
se investigó la pista policial?, ¿por qué la
"testigo" Telma Castro nunca fue procesada por falso
testimonio?, ¿a cambio de qué esta mujer incriminó al
repartidor de pizzas Tomás Vicente?, ¿por qué el fiscal
desoyó el reclamo de los padres y no investigó otras pistas
que pudieran haber ayudado a esclarecer el hecho? Y así
podríamos seguir por varios párrafos más.
Lo cierto es que pocos se acuerdan ya
del "caso Isola". Apenas un sector de la prensa
vuelve hacer mención en sus páginas cada vez que se acerca
un nuevo aniversario del hecho. Seguramente, en la intimidad
sus padres y sus familiares jamás dejarán de soportar el
dolor lógico que provoca la pérdida de un ser querido y más
en estas oscuras circunstancias. Y, tal vez, algunos de sus
amigos que llevaron en su momento la voz cantante exigiendo
justicia.
Casualmente, justicia es lo que falta y
lo que no pudo encontrar la Justicia. A lo sumo, para quien
hubo algo de justicia fue para el repartidor de pizzas Tomás
Vicente, quien fue declarado inocente luego del juicio oral
pero permaneció tras las rejas durante dos años y medio.
UN DISPARO Y NADIE
PRESO
Los verdaderos culpables siguen libres.
Tanto quien accionó el gatillo que destrozó la nuca del
joven, como quienes colaboraron en hacer creer a la comunidad
que el caso estaba "resuelto". Una madeja de
impunidad que podría empezar a desenredarse si algún día
empieza a ser develada la actuación controversial que tuvo la
Policía local, más no se quedó atrás el poder político,
sobre todo, a partir de la sorpresiva aparición de la (falsa)
testigo Castro, que no hizo otra cosa que embarrar una ya
enlodada cancha.
Ni bien se conoció el crimen, los
familiares y amigos de la víctima salieron a las calles y
reclamaron por la detención de los culpables. Durante los
primeros días, y a medida que el pedido congregaba cada vez a
más vecinos, la Policía tejió una estrategia como para
calmar las agitadas aguas que se vivían por esos días.
Cabe recordar que marzo de 2001 fue un
mes particularmente violento en Luján: un par de asesinatos
por motivos pasionales más un violento tiroteo en un kiosco
que dejó varios inocentes heridos, sumado al cuádruple
crimen de la familia Zarnic, habían convertido a la
situación de inseguridad en una olla a presión y a punto de
estallar.
Cuando los cuestionamientos arreciaban
desde todos los costados, llegó una noticia que un sector de
la prensa se encargó de difundir "confiando"
ciegamente en la fuente que la originaba y transmitiéndola
hasta el cansancio vaya a saber uno con qué fin.
Aseveraban por entonces que el comisario
Raúl Lezcano, junto con el entonces titular de la DDI, Carlos
De Armas, habían dado con el principal sospechoso y
encontrado el arma presuntamente homicida. Además, hasta las
pericias efectuadas al revólver que portaba Vicente por
seguridad cuando debía llevar pedidos a los barrios más
peligrosos de Luján, coincidían como para incriminarlo en el
hecho. De esta manera, avalaban la "pesquisa",
aunque todo luego quedaría demostrado que se trató de una
puesta en escena, una farsa.
En una palabra, decían como conclusión
excluyente que el caso estaba virtualmente resuelto. Pero nada
de eso iba a ser cierto.
PARA TENER EN CUENTA
Nadie quiso reparar en algunos detalles
que rodearon al sangriento suceso. Por empezar, la bala había
partido en dirección de arriba hacia abajo, según afirmó a
este medio un alto jefe policial experto en homicidios. El
repartidor de pizza no había pasado por ese lugar aunque a la
hora que ocurrió el episodio andaba a varias cuadras de
distancia y con varios litros de cerveza encima, lo que hacía
imposible que pudiera haber efectuado un disparo con la
precisión que tuvo aquel que le arrebató la vida a
"Tato".
Al fiscal Juan Mires el caso le quemaba
en las manos pero nunca se animó -o no quiso- a confiar en
otro investigador de mayor fuste que la dupla compuesta por
Lezcano y De Armas. Con estos elementos, para el fiscal del
juicio Juan Manuel Mastrorilli le fue imposible convencer a
los jueces de que Tomás Vicente era el autor material de tan
sórdido hecho cuando entre la víctima y el presunto
victimario jamás se habían cruzado en la vida.
Era previsible y así ocurrió. Vicente
quedó libre y el brutal homicidio volvió a fojas cero. Para
entonces, el comisario Raúl Lezcano ya se había ido de la
comisaría Luján Primera por la puerta de servicio a pesar de
haber llegado por la puerta grande. Al poco tiempo, De Armas,
el "amigo" y vecino de Vicente, caía en desgracia
al ser encontrado integrando una banda de delincuentes que se
dedicaba a robar autos.