Miércoles 15 de Marzo de 2006 - Año 91 - Edición 7163 - Edición digital 0463

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Este viernes se cumple un lustro del crimen

La muerte de Pablo Isola: cinco años sin justicia

Es uno de los crímenes impunes más sórdidos que ocurrieron en esta ciudad en los últimos años.

Ya nadie reclama por la detención del autor del disparo ni por la red de impunidad que tapó el hecho.

La Justicia tiene una cuenta pendiente no sólo con los familiares de la víctima sino con toda la sociedad.

Luján cuenta con varios crímenes impunes pero quizá uno de los más emblemáticos sea el de Pablo "Tato" Isola, un pibe que tenía 17 años cuando literalmente lo fusilaron en la esquina de Güemes e Hipólito Yrigoyen en la madrugada del viernes 17 de marzo de 2001.

Desde entonces sobrevuela una pregunta excluyente: ¿quién mató a "Tato" Isola? E inmediatamente pueden concatenarse decenas de interrogantes más que todavía no tienen respuestas: ¿fue un crimen por encargo o un ajuste de cuentas?, ¿qué grado de participación tuvieron ciertos elementos policiales en este hecho?, ¿el autor material es un vecino del barrio que luego sobornó a los policías para no ir preso?, ¿fue un típico episodio de gatillo fácil o estuvo detrás un "escuadrón de la muerte"?, ¿por qué motivo nunca se investigó la pista policial?, ¿por qué la "testigo" Telma Castro nunca fue procesada por falso testimonio?, ¿a cambio de qué esta mujer incriminó al repartidor de pizzas Tomás Vicente?, ¿por qué el fiscal desoyó el reclamo de los padres y no investigó otras pistas que pudieran haber ayudado a esclarecer el hecho? Y así podríamos seguir por varios párrafos más.

Lo cierto es que pocos se acuerdan ya del "caso Isola". Apenas un sector de la prensa vuelve hacer mención en sus páginas cada vez que se acerca un nuevo aniversario del hecho. Seguramente, en la intimidad sus padres y sus familiares jamás dejarán de soportar el dolor lógico que provoca la pérdida de un ser querido y más en estas oscuras circunstancias. Y, tal vez, algunos de sus amigos que llevaron en su momento la voz cantante exigiendo justicia.

Casualmente, justicia es lo que falta y lo que no pudo encontrar la Justicia. A lo sumo, para quien hubo algo de justicia fue para el repartidor de pizzas Tomás Vicente, quien fue declarado inocente luego del juicio oral pero permaneció tras las rejas durante dos años y medio.

UN DISPARO Y NADIE PRESO

Los verdaderos culpables siguen libres. Tanto quien accionó el gatillo que destrozó la nuca del joven, como quienes colaboraron en hacer creer a la comunidad que el caso estaba "resuelto". Una madeja de impunidad que podría empezar a desenredarse si algún día empieza a ser develada la actuación controversial que tuvo la Policía local, más no se quedó atrás el poder político, sobre todo, a partir de la sorpresiva aparición de la (falsa) testigo Castro, que no hizo otra cosa que embarrar una ya enlodada cancha.

Ni bien se conoció el crimen, los familiares y amigos de la víctima salieron a las calles y reclamaron por la detención de los culpables. Durante los primeros días, y a medida que el pedido congregaba cada vez a más vecinos, la Policía tejió una estrategia como para calmar las agitadas aguas que se vivían por esos días.

Cabe recordar que marzo de 2001 fue un mes particularmente violento en Luján: un par de asesinatos por motivos pasionales más un violento tiroteo en un kiosco que dejó varios inocentes heridos, sumado al cuádruple crimen de la familia Zarnic, habían convertido a la situación de inseguridad en una olla a presión y a punto de estallar.

Cuando los cuestionamientos arreciaban desde todos los costados, llegó una noticia que un sector de la prensa se encargó de difundir "confiando" ciegamente en la fuente que la originaba y transmitiéndola hasta el cansancio vaya a saber uno con qué fin.

Aseveraban por entonces que el comisario Raúl Lezcano, junto con el entonces titular de la DDI, Carlos De Armas, habían dado con el principal sospechoso y encontrado el arma presuntamente homicida. Además, hasta las pericias efectuadas al revólver que portaba Vicente por seguridad cuando debía llevar pedidos a los barrios más peligrosos de Luján, coincidían como para incriminarlo en el hecho. De esta manera, avalaban la "pesquisa", aunque todo luego quedaría demostrado que se trató de una puesta en escena, una farsa.

En una palabra, decían como conclusión excluyente que el caso estaba virtualmente resuelto. Pero nada de eso iba a ser cierto.

PARA TENER EN CUENTA

Nadie quiso reparar en algunos detalles que rodearon al sangriento suceso. Por empezar, la bala había partido en dirección de arriba hacia abajo, según afirmó a este medio un alto jefe policial experto en homicidios. El repartidor de pizza no había pasado por ese lugar aunque a la hora que ocurrió el episodio andaba a varias cuadras de distancia y con varios litros de cerveza encima, lo que hacía imposible que pudiera haber efectuado un disparo con la precisión que tuvo aquel que le arrebató la vida a "Tato".

Al fiscal Juan Mires el caso le quemaba en las manos pero nunca se animó -o no quiso- a confiar en otro investigador de mayor fuste que la dupla compuesta por Lezcano y De Armas. Con estos elementos, para el fiscal del juicio Juan Manuel Mastrorilli le fue imposible convencer a los jueces de que Tomás Vicente era el autor material de tan sórdido hecho cuando entre la víctima y el presunto victimario jamás se habían cruzado en la vida.

Era previsible y así ocurrió. Vicente quedó libre y el brutal homicidio volvió a fojas cero. Para entonces, el comisario Raúl Lezcano ya se había ido de la comisaría Luján Primera por la puerta de servicio a pesar de haber llegado por la puerta grande. Al poco tiempo, De Armas, el "amigo" y vecino de Vicente, caía en desgracia al ser encontrado integrando una banda de delincuentes que se dedicaba a robar autos.

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