Amasías, el sacerdote de Betel, dijo a
Amós: "Vete de aquí, vidente;
refúgiate en el país de Judá, gánate
allí la vida y profetiza allí. Pero no
vuelvas a profetizar en Betel, porque éste
es un santuario del rey, un templo del
reino". Amós respondió a Amasías:
"Yo no soy profeta, ni hijo de
profetas, sino pastor y cultivador de
sicómoros; pero el Señor me sacó de
detrás del rebaño y me dijo: Ve a
profetizar a mi pueblo Israel".
Así podemos leer en la primera lectura
del periódico El Domingo, del 16 de julio
pasado (Periódico que nos une como
Iglesia).
A quienes concurrimos habitualmente a
misa, por cierto que éste "personaje
bíblico" no nos es desconocido. Pero
en esta oportunidad quisimos saber algo más
de él y recurrimos a la Biblia.
En la introducción, nos cuenta que hacia
la mitad del siglo octavo antes de Cristo,
el reino de Israel aparece rico y muy
próspero. La pequeña propiedad ha ido
desapareciendo y las riquezas se concentran
en unos pocos ricos, mientras por otra parte
crece el proletariado; el lujo de unos pocos
insulta la miseria de los pobres.
Inesperadamente, el "Eterno ruge
desde Sión y de Jerusalén hace oír su voz
por medio de Amós, pastor natural de
Tecoá, pueblecito situado a unos nueve
kilómetros al Sur de Belén, en el país de
Judá.
Dios lo saca "detrás de su
rebaño" y lo envía hacia el país
vecino, Israel del Norte. El profeta
comienza entonces a recorrer las ciudades
del reino de Israel denunciando las
injusticias sociales y la religión que se
contenta sólo de ritos externos. Anuncia el
castigo de Dios y el destierro de Israel y,
al fin, predice también tiempos felices.
Amós es el profeta de la justicia
social; nos revela a un Dios que defiende el
derecho de los pobres.
Atraídos por la lectura, recurrimos a
las notas que figuran al pie de los
distintos capítulos; en este caso Am
7,12-15.
Podemos leer: Fijémonos en lo atrevida
que fue esta actuación de Amós. Fue a
predicar en el Templo nacional o, para
decirlo así, en la catedral del país. Lo
hace sin título ni permiso del sacerdote, y
empieza a denunciar el falso orden que
permite el desarrollo de tantas riquezas
privadas. Era normal que Amasías, capellán
del rey, se escandalizara; en nuestros
tiempos, Amós habría sido detenido,
apaleado y muerto.
Para Amasías, su sacerdocio es un oficio
bien remunerado y está convencido de que
también Amós predica como un medio de
ganarse la vida, pues en aquel tiempo
numerosos profetas vivían atendiendo
consultas sin haber sido llamados
directamente por Dios, como lo fueron los
grandes profetas, entre ellos el mismo
Amós.
Amós no es un profeta como lo eran
aquellos. Él es un seglar, un laico al que
Dios encargó una misión al llamarlo
personalmente.
Aparentemente sale perdiendo del
encuentro con las autoridades religiosas,
pues no nos dicen que haya usado otras armas
que la palabra de Dios, el cual sabe juzgar
a sus representantes. No sabemos si Amasías
logró echarlo del país, o si solamente le
prohibió predicar en los lugares más
concurridos.
La palabra de Dios que se lee en la misa,
está dirigida a nosotros. Para escucharla,
para meditarla y sobre todo para ponerla en
práctica.
Al difundirla en esta columna, pienso que
también nos ayuda a opinar con fundamento,
no solamente en cuestiones religiosas, sino
también a resolver los problemas
temporales.
Los invito a que cada uno de ustedes
saquen sus propias conclusiones.
José Pedro Bonvecchi