Miércoles 27 de Septiembre de 2006 - Año 92 - Edición 7218 - Edición digital 0518

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Prueba, error, prueba, error

Una vez más pasó la peregrinación gaucha y dejó expuestas las falencias de las autoridades políticas y policiales para controlar y ordenar a las anárquicas visitas.

El gobierno municipal tuvo, contando la del fin de semana pasado, 62 oportunidades para comprender la magnitud de la manifestación de fe y crear las condiciones mínimas y necesarias para recibir el aluvión de gauchos, caballos, camionetas, camiones, carros y carretas y demás elementos peregrinantes.

Ya se ha planteado desde este mismo espacio que ningún gobierno logró cierta continuidad en las acciones, de modo tal que le permitiera a los visitantes y a los vecinos de Luján prever espacios prohibidos, sitios de acampe, de circulación y otros detalles que hacen a la organización.

Todos los años, movidos por el capricho del encargado de turno, se corta una avenida o se la abre; se permite pernoctar en una plaza o se prohíbe; se libera un acceso o se impide esa entrada. Los gauchos llegan a los límites del partido de Luján en el último fin de semana de septiembre, y a partir de entonces todo lo que tiene que ver con la permanencia en la ciudad es una incógnita que se renueva cada año.

El extremo de esta realidad lo ofrece la administración de Miguel Ángel Prince. Durante más de una década de gestión, realizó una incontable cantidad de cambios de funcionarios y de planificación de cara a las peregrinaciones. Entre un año y el siguiente, prácticamente nada queda en pie. El resultado de esa improvisación está a la vista en cada semana posterior a las peregrinaciones.

En esta ocasión, fue el debut del ingeniero Pablo Oliva como subsecretario de Control Urbano. El funcionario llegó con su receta debajo del brazo y, por supuesto, modificó lo probado en años anteriores.

Oliva resolvió cerrar el ingreso de toda clase de vehículos a la zona histórico-basilical y reparó en los beneficios de esa medida; pero no miró las consecuencias. Los sectores más cercanos a la Basílica estuvieron ordenados, libres de embotellamientos. Pero la medida tuvo su contracara con gauchos y sus familias acampando donde se les ocurrió: la vera del Acceso Oeste, la Quinta de Cigordia, el Parque San Martín, la Escuela de Fútbol "Menotti", los lotes baldíos del barrio La Loma, los recreos ribereños, los bulevares de la avenida Julio A. Roca y hasta en predios de los barrios El Trébol y Sarmiento, en la otra punta del sitio del desfile dominical.

Tampoco resultó inteligente la decisión de cerrar las puertas del Campo Municipal a centros tradicionalistas que hace años utilizaban esas instalaciones durante su estadía en Luján. Por represalia o por simple casualidad, un verdadero malón violentó los ingresos a ese predio y robó y destruyó todo lo que encontró en su camino (ver pág. 10).

Tarde, porque los gauchos y sus consecuencias ya pasaron, el gobierno municipal volverá a tomar nota de los aciertos y errores del corriente año. Sería importante, de cara al año próximo, que no se extravíen esos apuntes y se demuestre que algo, al menos ínfimo, se aprendió.

No queda registro de las pruebas de organización que realizó Salvador Domingo Faro, "Lito" Frascaroli, Héctor Navarro, Andrés Salvatto, Gustavo Sicca y todos los que creyeron tener la fórmula del éxito para encarrilar la llegada, estadía y egreso de la peregrinación gaucha.

Es inconcebible que se siga improvisando; que todos los años se arranque de cero y que 62 repeticiones de un mismo evento no hayan aportado absolutamente nada de experiencia.

 

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