Una vez más pasó la peregrinación
gaucha y dejó expuestas las falencias de
las autoridades políticas y policiales para
controlar y ordenar a las anárquicas
visitas.
El gobierno municipal tuvo, contando la
del fin de semana pasado, 62 oportunidades
para comprender la magnitud de la
manifestación de fe y crear las condiciones
mínimas y necesarias para recibir el
aluvión de gauchos, caballos, camionetas,
camiones, carros y carretas y demás
elementos peregrinantes.
Ya se ha planteado desde este mismo
espacio que ningún gobierno logró cierta
continuidad en las acciones, de modo tal que
le permitiera a los visitantes y a los
vecinos de Luján prever espacios
prohibidos, sitios de acampe, de
circulación y otros detalles que hacen a la
organización.
Todos los años, movidos por el capricho
del encargado de turno, se corta una avenida
o se la abre; se permite pernoctar en una
plaza o se prohíbe; se libera un acceso o
se impide esa entrada. Los gauchos llegan a
los límites del partido de Luján en el
último fin de semana de septiembre, y a
partir de entonces todo lo que tiene que ver
con la permanencia en la ciudad es una
incógnita que se renueva cada año.
El extremo de esta realidad lo ofrece la
administración de Miguel Ángel Prince.
Durante más de una década de gestión,
realizó una incontable cantidad de cambios
de funcionarios y de planificación de cara
a las peregrinaciones. Entre un año y el
siguiente, prácticamente nada queda en pie.
El resultado de esa improvisación está a
la vista en cada semana posterior a las
peregrinaciones.
En esta ocasión, fue el debut del
ingeniero Pablo Oliva como subsecretario de
Control Urbano. El funcionario llegó con su
receta debajo del brazo y, por supuesto,
modificó lo probado en años anteriores.
Oliva resolvió cerrar el ingreso de toda
clase de vehículos a la zona
histórico-basilical y reparó en los
beneficios de esa medida; pero no miró las
consecuencias. Los sectores más cercanos a
la Basílica estuvieron ordenados, libres de
embotellamientos. Pero la medida tuvo su
contracara con gauchos y sus familias
acampando donde se les ocurrió: la vera del
Acceso Oeste, la Quinta de Cigordia, el
Parque San Martín, la Escuela de Fútbol
"Menotti", los lotes baldíos del
barrio La Loma, los recreos ribereños, los
bulevares de la avenida Julio A. Roca y
hasta en predios de los barrios El Trébol y
Sarmiento, en la otra punta del sitio del
desfile dominical.
Tampoco resultó inteligente la decisión
de cerrar las puertas del Campo Municipal a
centros tradicionalistas que hace años
utilizaban esas instalaciones durante su
estadía en Luján. Por represalia o por
simple casualidad, un verdadero malón
violentó los ingresos a ese predio y robó
y destruyó todo lo que encontró en su
camino (ver pág. 10).
Tarde, porque los gauchos y sus
consecuencias ya pasaron, el gobierno
municipal volverá a tomar nota de los
aciertos y errores del corriente año.
Sería importante, de cara al año próximo,
que no se extravíen esos apuntes y se
demuestre que algo, al menos ínfimo, se
aprendió.
No queda registro de las pruebas de
organización que realizó Salvador Domingo
Faro, "Lito" Frascaroli, Héctor
Navarro, Andrés Salvatto, Gustavo Sicca y
todos los que creyeron tener la fórmula del
éxito para encarrilar la llegada, estadía
y egreso de la peregrinación gaucha.
Es inconcebible que se siga improvisando;
que todos los años se arranque de cero y
que 62 repeticiones de un mismo evento no
hayan aportado absolutamente nada de
experiencia.