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LA MUERTE DE UN
MAESTRO
Escribe: Antonino Martínez
Tenía pensado escribir
una nota sobre los paros docentes que afectan a
distintas provincias cuando se produjo la muerte de
Carlos Fuentealba. Tenía pensado decir que tomar el
ritmo del proceso de enseñanza no es sencillo, requiere
un clima que se quiebra fácilmente. Requiere
continuidad, los maestros lo saben y saben que los paros
lo afectan. Tampoco desconocen, porque históricamente ha
sido así y nada predispone a modificarlo, que todas las
mejoras se consiguen después de grandes luchas y
desgastes.
Después de esta muerte
tengo muchas más razones para escribir, porque pareciera
que si no se toca fondo no se percibe la realidad, hay
incapacidad para prever.
Durante el gobierno de
Menem el Congreso sancionó una ley por la cual en cinco
años, a razón del veinte por ciento anual, se duplicaría
el presupuesto educativo. Todos contentos, pero no se
cumplió.
¿Ocurre ahora lo mismo
con la ley de financiamiento educativo? Alguien dirá que
esos fondos no son puntualmente para el pago de los
sueldos que están a cargo de las provincias. Pero, ¿para
qué sirven si no sirven para evitar que en varias
jurisdicciones se pierdan varias semanas de clase? ¿No
debiera funcionar como un fondo de garantía para
situaciones extremas?
Cuando el actual
presidente inició su mandato una de las primeras medidas
que tomó fue auxiliar a Entre Ríos donde no había clases
desde largo tiempo y todo el mundo aplaudió esa decisión
que demostraba sensibilidad social. Porque en materia
social la educación siempre es prioridad o debiera
serlo.
El gobierno nacional
decretó un aumento general a cargo de los Estados
provinciales y algunos, como Buenos Aires, lo
absorbieron pero a costa de aumentar el déficit y perder
a un buen ministro de economía.
Los reclamos docentes son
legítimos, lo que nunca es legítima es la represión, el
empleo de la fuerza para impedir una protesta.
Se reemplazó la ley
Federal de Educación, se dictó la ley de Educación
Técnica, se legisló sobre el financiamiento, pero nada
de esto significa establecer mecanismos regulares de
actualización de salarios y condiciones de trabajo
adelantándose a medidas de acción directa. La respuesta
son las paritarias, sin duda, pero mientras a la
educación no se le dé la importancia que le corresponde,
nada cambiará.
Todo está atado con
alambre y se viene abajo al soplo de la menor brisa.
Para peor de males, el diablo mete la cola y aparecen
los encapuchados de Quebracho y desvirtúan la lucha.
Las luchas obreras son
justas aun cuando pudieran estar equivocados sus
protagonistas, sean mal orientados por sus dirigentes o
empleen métodos incorrectos. Pero el límite es el uso de
la violencia. Nada justifica el uso de la violencia para
realizar un reclamo. La violencia de un lado es
respondida con violencia del otro y se produce un
enfrentamiento, una guerra de bandos que se vuelven
irreconciliables.
La acción de Quebracho
merece el absoluto rechazo de los docentes. No es un
ejemplo que pueda mostrarse a los alumnos.
Guillermo Jaim Echeverry
escribió un libro titulado La tragedia educativa. Bien
podría decirse ahora: La tragedia educativa continúa
profundizándose.
Se hacen leyes como quien
firma cheques en blanco: no existe la real voluntad de
cumplirlas.
Baja la calidad de los
conocimientos de los alumnos, se improvisan reformas, no
se atiende suficientemente a las necesidades edilicias,
los docentes nacionales transferidos de un plumazo
resultan parias -al menos en la provincia de Buenos
Aires- a la hora de jubilarse y parecen discriminados
con respecto a los provinciales “puros”. Los
transferidos no son puros, tienen el pecado original de
haber pertenecido a la Nación que un día los dejó al
garete en alta mar, es decir, en la burocracia
provincial que no sabe qué hacer con ellos.
Aunque es preciso
reconocer que el actual gobierno anuló una disposición
del nefasto ministro Cavallo que llevaba la edad
jubilatoria de los docentes ex nacionales al régimen
general de 65 años.
Era mi intención comentar
acerca de algunas propuestas que se están haciendo,
entre ellas la de un grupo de dirigentes de la UCR, para
la nueva ley provincial de educación, que seguirá los
lineamientos de la nacional ya dictada. Se sugiere
estudiar la posibilidad de agregar un año a la educación
secundaria técnica, lo cual la llevaría a siete años. Si
esta idea prospera, habría que ver cómo compatibilizarla
con lo que establece la ley nacional y, por otra parte,
si se aplica en Buenos Aires y no en las otras
provincias, la formación entre una jurisdicción y otra
no sería equivalente.
Pero todo esto pasa a un
segundo plano cuando no se resuelven las cuestiones más
elementales, cuando no hay predisposición al diálogo,
cuando la ley del garrote y la paz de los cementerios se
enseñorean sobre un país que dolorosamente,
sacrificadamente, recobró hace 24 años la democracia.
Una democracia que soñábamos que nos permitiría vivir en
paz, sin miedo y sin la muerte esperándonos detrás de
cada esquina.
Que la muerte del maestro
Carlos Fuentealba no haya sido en vano es el deber de
cada argentino bien nacido. |