Poco importa cuál era el dial en el que estaba
clavada la radio en la tarde-noche del lunes pasado. Lo que
importaba era el mensaje que se trasmitía. El locutor anunció las
palabras del presidente de la Nación, Néstor Kirchner, con relación
al brutal asesinato del docente Carlos Fuentealba, en Neuquén. Una
breve distracción del oyente que no duró más de un minuto y la radio
que ofrecía la voz de Kirchner criticando con entusiasmo y énfasis
al diario La Nación. ¿El locutor se equivocó? ¿Kirchner se equivocó
y recibió de su secretario un discurso traspapelado?
Nadie se había equivocado. O, en todo caso,
Kirchner cree que no se equivoca si al explicarle al pueblo lo
sucedido con Fuentealba elige centrar sus cuestionamientos en el
diario La Nación. Ese día, en su editorial, el mencionado matutino
repudiaba lo sucedido con el docente y pedía una discusión de fondo
sobre los modos de encarrilar las protestas sociales.
Si el editorial tenía un enfoque correcto o
no, es problema de sus editores y, en segunda instancia, de sus
lectores. No es serio que un presidente tome ese debate escrito como
el eje de su explicación sobre lo ocurrido en una ruta, donde perdió
la vida un docente que reclamaba mejores condiciones de trabajo.
Kirchner no sólo no enfrenta sus
responsabilidades en este caso, sino que utiliza la vieja estrategia
de inventar al enemigo. ¿A quién puede favorecer un enfrentamiento
entre el presidente de la Nación y un diario? Al mandatario para
ordenar a su tropa o al diario para vender algunos ejemplares más.
Nada le aportan al resto de los ciudadanos y, en todo caso, habría
que evaluar el daño que se provoca a la libertad de expresión.
Kirchner no tiene que pelear con La Nación,
sus editoriales y sus columnistas. Kirchner tiene que pelear contra
las grandes empresas; contra las prestadoras de servicios, a las que
les sigue regalando subsidios para sostener la mentira de la "no
inflación"; contra los generadores de precios; contra los que
contribuyen a la pésima distribución de las ganancias.
Concretamente, en el caso que desembocó en la muerte de Fuentealba,
Kirchner tiene que pelear contra su propia política, teñida de un
fuerte oportunismo electoral, que se transforma en un trapecio sin
red para el resto de los gobiernos (provinciales y/o municipales).
Ni siquiera resulta productivo o constructivo
que Kirchner intercambie culpas con Jorge Sobisch. El gobernador
neuquino tendrá que pagar el costo político y judicial de una orden
que derivó en criminal. Y el autor del asesinato tendrá que pagar
ante la Justicia.
Lo que se tiene que discutir, para que no se
sigan lamentando muertes de gente que reclama por sus derechos, es
el fondo de cada uno de los asuntos. Los docentes de Neuquén pedían
lo que también piden docentes de otras provincias, que quedaron
relegados de los beneficios de un anuncio nacional vacío de
contenido.
El origen del conflicto docente en Neuquén no
está en Neuquén, sino que se remonta al anuncio electoralista de
aumento para todos los maestros del país del todavía ministro de
Educación de la Nación, Daniel Filmus, bajo órdenes directas de
Kirchner.
El primero que encendió la alarma fue el
ministro de Economía de la Provincia de Buenos Aires, que pegó el
portazo cuando notó que los números no cerraban para el incremento
vociferado desde la órbita nacional. Varias provincias no iniciaron
su ciclo lectivo por la misma razón: Filmus prometió pero las
economías provinciales no podían cumplir.
El aumento se dio a conocer para sostener o
impulsar la candidatura a jefe de Gobierno de la Ciudad de Filmus y
para hablar -que es gratis- del compromiso de la gestión nacional
con la educación y con los trabajadores del sector. En la práctica,
para muchas arcas provinciales el pago del incremento se presenta
muy complejo.
La raíz del conflicto que derivó en el
asesinato del profesor de Química es la negación de la realidad que
se practica desde Nación. Puertas adentro de la Casa Rosada o en las
placenteras estadías en El Calafate, parece que no hay problemas de
financiación para aumentos salariales, no hay aumento de precios, no
hay inflación, no hay espeluznante distribución desigual de la
riqueza, no hay pobreza. En las calles, en las rutas, en los
bolsillos de docentes y no docentes, se expresa la verdad.