|
Un diálogo que llega tarde
Aseguran que los planos originales
que vieron docentes, autoridades educativas, funcionarios y algunos
alumnos tienen cerca de cinco décadas. Allí consta, irrefutable, el
paso de la ruta 5, hoy autopista. Y que su traza corta el triángulo
que se forma en uno de los extremos del amplio predio de la
Universidad Nacional de Luján.
Es un dato de la realidad conocido
ahora, pero también por los constructores de las primeras paredes de
la casa de altos estudios y por quienes dieron las órdenes a esos
constructores. Por error, practicidad o por omisión, los edificios
universitarios fueron brotando en ese triángulo, el más cercano a
las vías de acceso. La ruta 5, por entonces, era sólo uno de los
límites visible a través del Puente de Control.
Desde entonces, cuando se habló o se
discutió acerca de la traza rutera que debía pasar entremedio de los
edificios de la UNLu, siempre se trabajó sobre paliativos. La traza
de la ruta 5 tenía que ocupar su ubicación original. Por eso, hoy
los reclamos suenan tardíos. Por eso, hoy los acuerdos entre
autoridades educativas y políticas suenan a maquillaje sin cirugía
mayor.
Es probable que el grupo de
estudiantes que por estos días reclama enfáticamente una consulta
popular para definir democráticamente los pasos a dar se haya
equivocado en el modo de la protesta. Tan probable como que no
despiertan grandes muestras de apoyo en sus pares. Sin duda, la
mayoría de los estudiantes de la UNLu hoy está más preocupado por el
parcial más inminente que por el impacto que puede causar la
autopista.
Con todo, aunque la protesta nazca o
sea sostenida por un grupo “minúsculo”, no pierde su sensatez.
Pasaron años y años de oídos sordos, de pataleos aislados, de
charlas informativas a las que no concurrían más de diez personas,
de gestiones que preferían pasar por alto la carpeta del “problema
de la autopista”, hasta que un día comenzaron los movimientos de
tierra.
En estos días, el Consejo Superior de
la UNLu aceptó abrir canales de diálogo con quienes se oponen al
paso de la autopista. Lo hizo, lógicamente, después de negociar el
levantamiento de la toma del rectorado.
Casi una burla a los reclamos si se
tiene en cuenta que las máquinas siguen avanzando con la obra. Casi
una burla si se repara en que las autoridades de la universidad ya
aceptaron la dádiva que el Poder Ejecutivo ofreció a cambio de
silencio y resignación.
Son unos 16 millones de pesos los que
la UNLu recibirá como compensación por las molestias que causa o
causará la autopista pasando a metros de las salas de estudio,
lectura e investigación. No hay que tener estudios universitarios
para comprender aquel dicho popular que expresa que cuando la
limosna es grande, hasta el santo desconfía.
Ahora las autoridades de la UNLu
prometen la apertura de canales de diálogo con la comunidad
educativa. Un diálogo que se podrá lograr si se lo permite el ruido
de las máquinas constructoras o directamente el rugir de los motores
de los rodados pasando por la flamante autopista.
|