Sábado 21 de Abril de 2007 - Año 92 - Edición 7274 - Edición digital 0574

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Festejemos con Moyano

¿Cuánto tiempo se puede engañar a millones de personas? ¿Será cierto aquello que afirma que se puede engañar mucho tiempo a pocas personas y poco tiempo a muchas personas? ¿Pueden los grandes medios, hoy en concubinato con el gobierno nacional, dibujar una realidad que no existe y sostener ese imaginario durante mucho tiempo?

Sólo una muestra de las preguntas que surgen al observar las noticias que hablan de inflación de menos de un dígito o de “precios congelados”.

Abundan en los sobrevivientes espacios críticos quejas de consumidores y/o usuarios que leen o escuchan las listas de “precios máximos” que difunde el gobierno nacional, y cuando salen a la calle reciben un mazazo de inflación en sus bolsillos.

En los últimos días se escucharon quejas de aquellos que tienen que padecer la necesidad de subsistir con una garrafa social de diez kilos. Prácticamente son inexistentes en el país los comercios que las ofrezcan a menos de 20 pesos, precio que se ubica muy por encima del dígito oficial.

En el rubro alimenticio, las frutas y verduras que comienzan a escasear por el clima, tienen precios sumamente inflados si se los compara con los del año pasado. Por su parte, en el rubro carnicería los minoristas admiten estar comprando con “boletas paralelas” para evadir los precios que quiere imponer el gobierno. De esa manera, la lista de precios sugeridos queda como un mero adorno, como un papel sin sentido.

En los hipermercados es relativamente fácil encontrarse con la mentira de la no inflación. En góndola, tiras de “presunto” asado que cualquier carnívoro identificaría como falda se ofrecían esta semana a 7.50 pesos el kilo. A dos metros, en el mostrador del carnicero-hipermercadista el verdadero asado había que pagarlo entre 10 y 12,50 pesos, y el matambre un peso más, al igual que el vacío.

Según un reciente relevamiento de la organización “Consumidores Libres”, sólo en la primera quincena de abril el precio de los 38 productos de la canasta familiar aumentó en un 0,83%. Los incrementos más notables correspondieron al kilo de carne picada (10%), harina (7,2%), litro de leche (4,47%), pollo (3,22%) y el kilo de lomo (2,7%).

El mismo estudio determinó que equilibró la balanza una merma en el precio de los tomates (según la zona del sondeo cercana al 16%)), de duraznos en lata (7,3%) y bananas, papas y cebollas (3%).

En Luján, también está vigente el aporte inflacionario de la “adecuación” en el valor de las tasas municipales, que trepó bastante más que el dígito kirchnerista. En la actualidad, hay vecinos que por la aprobación del aumento y un revalúo de sus propiedades empezaron a pagar boletas con incrementos cercanos al 200 por ciento.

A pesar de ello, hay funcionarios que aclaran que “no se adecuaron los valores todo lo necesario”. Léase, se viene otro aumento para el año próximo, que para colmo de males no será electoral, con lo cual ni siquiera habrá reparo en no caer antipático.

¿Hay preocupación en el gobierno nacional por una ola que crece y crece sin contención alguna? De ninguna manera. En estos días quedó demostrado que el gobierno tiene otras preocupaciones (lo que escribe La Nación, por ejemplo) y que, en todo caso, el malestar de los más amplios sectores productivos por su constante desvalorización del salario se arregla con los empresarios, sin que medie información sobre los términos de la negociación. O con los gremios “duros” como el de Moyano e hijo, que no tienen reparos en descontrolar a la Capital Federal y decretar “feriado” para los trabajadores de su sector con el único fin de concurrir hasta la Casa de Gobierno para “agradecer” el aumento que anunció Kirchner.

Los valores y el sentido de los reclamos están tan trastocados que nadie -ni los gremios, ni el gobierno, ni los grandes medios de prensa- menciona que hasta hace algunos días se pedía un aumento salarial de no menos del 19 por ciento y que hoy los camioneros, estatales, taxistas y agregados festejan el incremento del 16,5%. Será porque la cifra es, en visión oficial de los hechos, mucho más alta que el índice de inflación.

 

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