Miércoles 25 de Abril de 2007 - Año 92 - Edición 7275 - Edición digital 0575

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Dos actitudes negativas en auge en la sociedad argentina actual

Escribe: Profesor Oscar Darío Guazzaroni.

“La humanidad tiene una moral doble: una que predica pero no practica; otra que practica pero no predica”. (Bertrand Russell)

No es ajeno a ningún avezado observador que la hipocresía y el cinismo como recursos de ocultamiento conceptual o moral están en pleno auge entre nosotros. La hipocresía lleva a manifestar deliberadamente lo contrario de lo que se hace o siente; el cinismo nos permite defender con desvergüenza lo que en el fondo sabemos que es inaceptable. Las dos palabras tuvieron en su origen griego una significación neutra, desconectada de la moral. Hoy sólo conservan su sentido negativo.

Ambos fingimientos son universales y de todos los tiempos, pero en la sociedad argentina actual las modalidades con que se visten son innumerables y dan cuenta a diario de nuestra riquísima creatividad a contramano. En el mundillo del espectáculo, las dos actitudes se acorazan tras una arrogancia provocativa y descarada para exculpar conductas escandalosas que se saben obscenas o para ganar réditos publicitarios. En el plano político, preferentemente, se travisten con ostentosos gestos destemplados y la bravuconada descalificadora e intimidatoria que esconden la incapacidad para la discusión sincera y la abierta defensa de la verdad de las propias ideas. La variante más temible, sin embargo, de tan nefastas combinaciones, es aquélla que disfraza su impostura tras un inocuo rostro aparentemente convencido de lo que dice, que despista a muchos y los convence de la veracidad de lo que escuchan. No hay campo social que escape del todo a estas desgraciadas exhibiciones. Hagamos un rápido e incompleto cuenteo de situaciones concretas. El tránsito y el fútbol son los signos emblemáticos menores que mejor definen nuestras maneras de ser y vivir. El tránsito, con la prepotencia de los más fuertes y la despreocupación de los más débiles, nos tiene ubicados en la cúspide mundial en accidentes. Ante la tragedia de cada día, asomarán, infaltables, el cartel de propaganda oficial o el consabido funcionario a vendernos sin ruborizarse, en un país donde las normas no son cumplidas ni por el mismo Estado, las supuestas bondades de un decreto de emergencia vial. Hipocresía y cinismo puros.

El fútbol aporta lo suyo. Ante cada episodio de violencia en las canchas, el dirigente con cara candorosa jurará que nada tiene que ver él y su club con ello; apresurado, el funcionario del rubro anunciará correctivos severísimos “para que eso no vuelva a repetirse”. Hasta la muy cercana próxima vez. Ni una palabra se oirá sobre la connivencia de “barrabravas” y algunos dirigentes políticos y sindicales. Hipocresía y cinismo de la más depurada cepa.

Pero la flor y nata de ambos flagelos se cultiva en espacios menos epidérmicos. Sobran las muestras patéticas. En las últimas campañas electorales nos aturdieron con el vocerío sobre la instauración de la nueva política y el destierro de la vieja. Muchos de estos fingidos voceros de lo que nunca piensan hacer, preocupados hoy por hilvanar en el corto plazo las trapacerías electoralistas de siempre en desmedro de las soluciones de fondo, hacen silencio sobre el asunto. Jamás admitirán en público que nunca les ha importado ni un comino la prometida reforma.

¿Cómo calificar la postura de quienes pregonan la necesidad de perfeccionar nuestro sistema de gobierno republicano y federal, y no hacen otra cosa que acumular recursos para maniatar desde el poder central, con el cerrojo del dinero, a gobernadores e intendentes cómplices? No cabe otra salida aquí que hablar de burdo fingimiento vergonzoso.

¿Qué decir de un ministro-candidato que, ante la endebles de su candidatura, no trepida en propiciar la sanción de una ley nacional de educación que -él lo sabe, así lo creo- es innecesaria, y promueve, a través de una medida discutible en su constitucionalidad, un demagógico aumento de sueldo -justo pero insuficiente- sólo para una parte de la docencia, sin haber previsto -así lo confiesa sin pudor- los fondos necesarios? ¿Cómo explicar la deleznable utilización política por todos los sectores de la trágica muerte del docente Fuentealba producida en Neuquén? El lector encontrará el calificativo adecuado.

¿Qué opinar de quienes miran para otro lado cuando se habla de corrupción en los ámbitos en que actúan? ¿O de tantos empresarios, fervorosos sostenedores en privado de la libertad económica, que guardan bajo siete llaves en público sus opiniones, mientras se asocian a los gobiernos prebendarios de cualquiera ideología, siempre que se les asegure sus pingües ganancias?

¿Cómo catalogar a los que predican desde el Estado para todos el trabajo “en blanco”, cuando ese mismo Estado remunera “en negro”? ¿Cómo calificar la conducta de un ministro nacional que, ante el atropello del P.E. para con la Cámara de Casación Penal, argumenta muy suelto de cuerpo que ello no debe asombrar porque los magistrados no son intocables y tanto él mismo como también el presidente están sujetos al juicio político? ¿Qué pensar de la actitud de los políticos oficialistas u opositores que juran no tener ambiciones personales y se pierden luego en la mezquina guerra por una candidatura? ¿Cómo valorar a cierto periodismo que nos llena los oídos con su supuesta independencia y luego desinforma selectivamente según conveniencias comerciales o ideológicas?

El cuenteo podría extenderse hasta el infinito y no tener fin. Cada lector podrá cargar en la lista los casos que le son conocidos. La conclusión será siempre la misma: conductas que rozan las lamentables orillas de la hipocresía insolente, el cinismo escandaloso o la falsedad y el fingimiento intolerables.

No pretendemos de la política lo que no puede dar. Sabemos con Maquiavelo, Mirabau y Ortega lo difícil que es elevarla por sobre la miseria de ciertas tendencias humanas que a menudo la condicionan y la degradan. Pero también reconocemos su imprescindible necesidad. Sólo pedimos un poco de decoro, una recatada moderación para no matar la gallina de los huevos de oro del progreso para todos y el bien común. Bertrand Russell nos dice que desde siempre la humanidad ha tenido una moral doble. Nosotros sólo rogamos para que el esfuerzo irrenunciable de los que no se entregan logre ir achicando las colosales dimensiones que ese doblez tiene en la querida Argentina de nuestros días.