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Dos actitudes negativas en auge en la
sociedad argentina actual
Escribe: Profesor Oscar Darío Guazzaroni.
“La humanidad tiene una moral
doble: una que predica pero no practica; otra que
practica pero no predica”. (Bertrand Russell)
No es ajeno a ningún avezado
observador que la hipocresía y el cinismo como recursos
de ocultamiento conceptual o moral están en pleno auge
entre nosotros. La hipocresía lleva a manifestar
deliberadamente lo contrario de lo que se hace o siente;
el cinismo nos permite defender con desvergüenza lo que
en el fondo sabemos que es inaceptable. Las dos palabras
tuvieron en su origen griego una significación neutra,
desconectada de la moral. Hoy sólo conservan su sentido
negativo.
Ambos fingimientos son universales y
de todos los tiempos, pero en la sociedad argentina
actual las modalidades con que se visten son
innumerables y dan cuenta a diario de nuestra riquísima
creatividad a contramano. En el mundillo del
espectáculo, las dos actitudes se acorazan tras una
arrogancia provocativa y descarada para exculpar
conductas escandalosas que se saben obscenas o para
ganar réditos publicitarios. En el plano político,
preferentemente, se travisten con ostentosos gestos
destemplados y la bravuconada descalificadora e
intimidatoria que esconden la incapacidad para la
discusión sincera y la abierta defensa de la verdad de
las propias ideas. La variante más temible, sin embargo,
de tan nefastas combinaciones, es aquélla que disfraza
su impostura tras un inocuo rostro aparentemente
convencido de lo que dice, que despista a muchos y los
convence de la veracidad de lo que escuchan. No hay
campo social que escape del todo a estas desgraciadas
exhibiciones. Hagamos un rápido e incompleto cuenteo de
situaciones concretas. El tránsito y el fútbol son los
signos emblemáticos menores que mejor definen nuestras
maneras de ser y vivir. El tránsito, con la prepotencia
de los más fuertes y la despreocupación de los más
débiles, nos tiene ubicados en la cúspide mundial en
accidentes. Ante la tragedia de cada día, asomarán,
infaltables, el cartel de propaganda oficial o el
consabido funcionario a vendernos sin ruborizarse, en un
país donde las normas no son cumplidas ni por el mismo
Estado, las supuestas bondades de un decreto de
emergencia vial. Hipocresía y cinismo puros.
El fútbol aporta lo suyo. Ante cada
episodio de violencia en las canchas, el dirigente con
cara candorosa jurará que nada tiene que ver él y su
club con ello; apresurado, el funcionario del rubro
anunciará correctivos severísimos “para que eso no
vuelva a repetirse”. Hasta la muy cercana próxima vez.
Ni una palabra se oirá sobre la connivencia de
“barrabravas” y algunos dirigentes políticos y
sindicales. Hipocresía y cinismo de la más depurada
cepa.
Pero la flor y nata de ambos flagelos
se cultiva en espacios menos epidérmicos. Sobran las
muestras patéticas. En las últimas campañas electorales
nos aturdieron con el vocerío sobre la instauración de
la nueva política y el destierro de la vieja. Muchos de
estos fingidos voceros de lo que nunca piensan hacer,
preocupados hoy por hilvanar en el corto plazo las
trapacerías electoralistas de siempre en desmedro de las
soluciones de fondo, hacen silencio sobre el asunto.
Jamás admitirán en público que nunca les ha importado ni
un comino la prometida reforma.
¿Cómo calificar la postura de quienes
pregonan la necesidad de perfeccionar nuestro sistema de
gobierno republicano y federal, y no hacen otra cosa que
acumular recursos para maniatar desde el poder central,
con el cerrojo del dinero, a gobernadores e intendentes
cómplices? No cabe otra salida aquí que hablar de burdo
fingimiento vergonzoso.
¿Qué decir de un ministro-candidato
que, ante la endebles de su candidatura, no trepida en
propiciar la sanción de una ley nacional de educación
que -él lo sabe, así lo creo- es innecesaria, y
promueve, a través de una medida discutible en su
constitucionalidad, un demagógico aumento de sueldo
-justo pero insuficiente- sólo para una parte de la
docencia, sin haber previsto -así lo confiesa sin pudor-
los fondos necesarios? ¿Cómo explicar la deleznable
utilización política por todos los sectores de la
trágica muerte del docente Fuentealba producida en
Neuquén? El lector encontrará el calificativo adecuado.
¿Qué opinar de quienes miran para otro
lado cuando se habla de corrupción en los ámbitos en que
actúan? ¿O de tantos empresarios, fervorosos
sostenedores en privado de la libertad económica, que
guardan bajo siete llaves en público sus opiniones,
mientras se asocian a los gobiernos prebendarios de
cualquiera ideología, siempre que se les asegure sus
pingües ganancias?
¿Cómo catalogar a los que predican
desde el Estado para todos el trabajo “en blanco”,
cuando ese mismo Estado remunera “en negro”? ¿Cómo
calificar la conducta de un ministro nacional que, ante
el atropello del P.E. para con la Cámara de Casación
Penal, argumenta muy suelto de cuerpo que ello no debe
asombrar porque los magistrados no son intocables y
tanto él mismo como también el presidente están sujetos
al juicio político? ¿Qué pensar de la actitud de los
políticos oficialistas u opositores que juran no tener
ambiciones personales y se pierden luego en la mezquina
guerra por una candidatura? ¿Cómo valorar a cierto
periodismo que nos llena los oídos con su supuesta
independencia y luego desinforma selectivamente según
conveniencias comerciales o ideológicas?
El cuenteo podría extenderse hasta el
infinito y no tener fin. Cada lector podrá cargar en la
lista los casos que le son conocidos. La conclusión será
siempre la misma: conductas que rozan las lamentables
orillas de la hipocresía insolente, el cinismo
escandaloso o la falsedad y el fingimiento intolerables.
No pretendemos de la política lo que
no puede dar. Sabemos con Maquiavelo, Mirabau y Ortega
lo difícil que es elevarla por sobre la miseria de
ciertas tendencias humanas que a menudo la condicionan y
la degradan. Pero también reconocemos su imprescindible
necesidad. Sólo pedimos un poco de decoro, una recatada
moderación para no matar la gallina de los huevos de oro
del progreso para todos y el bien común. Bertrand
Russell nos dice que desde siempre la humanidad ha
tenido una moral doble. Nosotros sólo rogamos para que
el esfuerzo irrenunciable de los que no se entregan
logre ir achicando las colosales dimensiones que ese
doblez tiene en la querida Argentina de nuestros días.
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