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La política, los
tratamientos interpersonales y la “títulomanía”
argentina
Escribe Profesor Oscar Darío Guazzaroni
Me impulsan a esta
reflexión las recientes denuncias contra Telerman y
Blumberg por usurpación de títulos académicos, e
igualmente, el caso de la diputada mendocina Mayorga
que, según versión periodística, deberá explicar en los
próximos días porqué usa el título de “psicopedagoga”,
que no posee, en lugar del de “cosmetóloga”. Más que
analizar estas denuncias en su intención
político-electoralista, que sin duda las ha movilizado,
me incita el hacerlo en el contexto de dos fenómenos
menos ostentosos cuya elucidación podría contribuir a
justipreciarlas mejor.
Uno de ellos consiste en
la degradación que notamos día a día en el trato entre
nosotros y en el falseo de los tratamientos colectivos
con que eso se manifiesta. El otro, en la misma línea
que el anterior, hace referencia al deterioro de la
legítima función social de los títulos académicos por el
abusivo apego, tan argentino, al uso indecoroso de lo
que no se tiene: eso que llamo la “títulomanía”
argentina.
Aludo con ambos
simplemente a la mengua de la rica calidad que debiera
exhibir siempre el trato entre las personas y de la
honestidad con que sería obligatorio hacer público el
nivel alcanzado en nuestros estudios profesionales.
Como acostumbro, invito
al lector a echar un rápido vistazo a los cambios
negativos producidos en este aspecto entre nosotros
desde hace tiempo, alimentados en su versión más necia,
entre gritos, gestos chabacanos y palabrotas, por la
televisión de alto “rating”; y consentidos y hasta a
veces prohijados pasivamente por las familias y la
escuela.
Hay en la vida corriente
un grupo de tratamientos que vienen de lejos,
convencionales, casi folklóricos, simpáticos y hasta
pintorescos, que conservando todavía algún elemento de
viejas fórmulas de cortesía y reconocimiento, se han
vaciado de auténtico significado, y sólo sirven como
maquinales recursos de aproximación entre gente que no
se conoce. Así, suena reiteradamente el socorrido
“caballero” con que nos recibe graciosamente el vendedor
de cualquier negocio; o el popular “maestro” que fatiga
nuestros oídos por calles y colectivos cuando se nos
pide una referencia; o el ascenso a “jefe” que nos
concede en el acto sin mirar nuestros galones cualquier
desconocido, todos sin sospechar el noble contenido que
en su remoto origen tales tratamientos lucieron.
Pero hay un costado de la
adulteración del trato menos inocente. Dejo de lado
ejemplos tan groseros como el estúpido vocativo, dicho
hasta el hartazgo, que hace referencia a las partes
pudendas del varón y con el que paradojalmente se llaman
entre sí también las mujeres; o el incomprensible “loco”
que se endilgan a troche y moche los jóvenes. Tampoco
analizaré -ya lo he hecho otras veces- la soberbia
incivilidad que presupone para todos, en el terreno
político, el monólogo exclusivo y autista desde un atril
y ante un auditorio dócil.
La desconsideración que
encierran los tratamientos a que quiero referirme se
esconde con sutileza detrás de apariencias anodinas,
cuando en realidad conllevan subrepticiamente su no del
todo admitida dosis de menoscabo para quienes los
reciben. Se notan con mayor claridad en el trato con las
personas mayores.
Tal vez con algunas
excepciones descubrimos un dejo de chocante fingimiento
en el “pa” o el “papi” o “abuelo” con que nos dirigimos
a ancianos con quienes no se tienen reales vínculos
familiares. Parecido tinte adquiere, aunque con
distintos matices, la desaparición por poco absoluta del
tratamiento de “usted”, aun en las situaciones que
necesariamente debieran exigirlo. Su sustitución por un
“vos” universal, injustificadamente uniformador, que no
distingue edades, jerarquías legítimas ni grados
diferentes de conocimiento entre las personas,
contribuye, además, al dramático empobrecimiento del
lenguaje oral por la pérdida del rico bagaje de
variantes idiomáticas inherentes a las distintas
interrelaciones en la comunicación (la escuela desde el
jardín de infantes no es ajena a este fenómeno).
No aparece tampoco
genuino el voseo con que se trata a quienes están en
condiciones de cierta inferioridad o indefensión. Se
escucha especialmente en clínicas y hospitales para con
enfermos en edad senecta, con el argumento de que
facilita la relación entre el paciente y quienes lo
atienden, pero no pocas veces es posible advertir en
quienes lo usan sólo el inconfeso propósito de hacer
valer, por debajo de una edulcorada afectividad, la
posición de dominio frente a quienes lo reciben. Dejaré
para otra ocasión el caso interesantísimo de quienes
tratando de “usted” al interlocutor pasan
inesperadamente al voseo si tienen que presentar un
ejemplo.
La misma devaluación que
notamos en los tratamientos interpersonales descriptos,
acusa en nuestra sociedad el uso legítimo de los títulos
académicos, opacado en su valor por la funesta tendencia
argentina a la “títulomanía”, esa necesidad casi
enfermiza de ostentar contra viento y marea un título
que no se tiene. Todo argentino de vida pública que se
aprecie siente la incontinencia de mostrar un título y
si no lo tiene se lo inventa. Se olvida con facilidad
que el mejor título académico no vale nada si se
renuncia a la altísima condición de “señor”.
Repasemos algunos
ejemplos. La mayoría de los políticos, funcionarios y
profesionales de casi todas las especialidades se dicen
o se dejan decir “doctor”, sin haber investigado nada,
ni haber hecho y presentado tesis alguna de cierta
originalidad, requisito históricamente ineludible para
que dicho título adquiera plena justificación. En
algunas profesiones liberales dicho título se aplica aun
a los estudiantes que comienzan sus prácticas, por lo
que fatalmente pierde, ante tamaño desgaste, su función
de señalar los grados de excelencia en la carrera y sólo
identifica una profesión. Tanto es así, que los
profesionales que dictan clases en las universidades
agregan, para acreditar su alto saber, al título de
“doctor” el de “profesor”, que tampoco poseen por no
haber cursado por lo general ningún profesorado.
El “maestro mayor de
obras” sueña con aparecer como “ingeniero” o
“arquitecto”; el “kinesiólogo” o el “técnico radiólogo”
como médicos, olvidando que sus títulos son en sí tan
dignos y valiosos como los que pretenden.
Pero los más vapuleados
entre los títulos académicos, los más llevados y
traídos, los comodines de la “títulomanía” argentina, el
madero del que se toman los que no lo tienen específico
o no tienen ninguno, son el de “licenciado” y el de
“profesor”. Ambos resultan tentadores por su carácter
genérico, pues no hacen referencia en principio a la
especialidad. Son los preferidos de muchos mentalistas,
tarotistas, astrólogos y enseñantes de cualquier
actividad. El de profesor ofrece por otra parte la
facilidad de que, en un país que lamentablemente ha
puesto la profesión docente y la educación en crisis
terminal, basta haber conseguido una hora de clase para
que el “títulomaníaco” se considere con el derecho de
adjudicárselo sin haber visto nunca, ni siquiera de
lejos, profesorado alguno. Se hace caso omiso de que los
dos títulos no sólo designan una actividad sino
certifican por sobre todo un especial grado académico de
preparación sistemática.
Recurro ahora,
finalmente, al buen criterio del querido lector. En una
sociedad como la nuestra, en que el trato se deteriora
sin solución, se falsea el auténtico sentido de muchos
tratamientos interpersonales, y no pocos se
autoadjudican con alegre desaprensión títulos académicos
que no se poseen, ¿no le parece esperable el desatinado
e infeliz desliz de Telerman, Blumberg y Mayorga? ¿No le
resulta un tremendo sarcasmo que los políticos se
rasguen aparatosa e hipócritamente las vestiduras por
eso? Que tiren la primera piedra los argentinos que se
consideren libres de tales debilidades.
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