Sábado 4 de Agosto de 2007 - Año 92 - Edición 7303 - Edición digital 0603

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La política, los tratamientos interpersonales y la “títulomanía” argentina

Escribe Profesor Oscar Darío Guazzaroni

Me impulsan a esta reflexión las recientes denuncias contra Telerman y Blumberg por usurpación de títulos académicos, e igualmente, el caso de la diputada mendocina Mayorga que, según versión periodística, deberá explicar en los próximos días porqué usa el título de “psicopedagoga”, que no posee, en lugar del de “cosmetóloga”. Más que analizar estas denuncias en su intención político-electoralista, que sin duda las ha movilizado, me incita el hacerlo en el contexto de dos fenómenos menos ostentosos cuya elucidación podría contribuir a justipreciarlas mejor.

Uno de ellos consiste en la degradación que notamos día a día en el trato entre nosotros y en el falseo de los tratamientos colectivos con que eso se manifiesta. El otro, en la misma línea que el anterior, hace referencia al deterioro de la legítima función social de los títulos académicos por el abusivo apego, tan argentino, al uso indecoroso de lo que no se tiene: eso que llamo la “títulomanía” argentina.

Aludo con ambos simplemente a la mengua de la rica calidad que debiera exhibir siempre el trato entre las personas y de la honestidad con que sería obligatorio hacer público el nivel alcanzado en nuestros estudios profesionales.

Como acostumbro, invito al lector a echar un rápido vistazo a los cambios negativos producidos en este aspecto entre nosotros desde hace tiempo, alimentados en su versión más necia, entre gritos, gestos chabacanos y palabrotas, por la televisión de alto “rating”; y consentidos y hasta a veces prohijados pasivamente por las familias y la escuela.

Hay en la vida corriente un grupo de tratamientos que vienen de lejos, convencionales, casi folklóricos, simpáticos y hasta pintorescos, que conservando todavía algún elemento de viejas fórmulas de cortesía y reconocimiento, se han vaciado de auténtico significado, y sólo sirven como maquinales recursos de aproximación entre gente que no se conoce. Así, suena reiteradamente el socorrido “caballero” con que nos recibe graciosamente el vendedor de cualquier negocio; o el popular “maestro” que fatiga nuestros oídos por calles y colectivos cuando se nos pide una referencia; o el ascenso a “jefe” que nos concede en el acto sin mirar nuestros galones cualquier desconocido, todos sin sospechar el noble contenido que en su remoto origen tales tratamientos lucieron.

Pero hay un costado de la adulteración del trato menos inocente. Dejo de lado ejemplos tan groseros como el estúpido vocativo, dicho hasta el hartazgo, que hace referencia a las partes pudendas del varón y con el que paradojalmente se llaman entre sí también las mujeres; o el incomprensible “loco” que se endilgan a troche y moche los jóvenes. Tampoco analizaré -ya lo he hecho otras veces- la soberbia incivilidad que presupone para todos, en el terreno político, el monólogo exclusivo y autista desde un atril y ante un auditorio dócil.

La desconsideración que encierran los tratamientos a que quiero referirme se esconde con sutileza detrás de apariencias anodinas, cuando en realidad conllevan subrepticiamente su no del todo admitida dosis de menoscabo para quienes los reciben. Se notan con mayor claridad en el trato con las personas mayores.

Tal vez con algunas excepciones descubrimos un dejo de chocante fingimiento en el “pa” o el “papi” o “abuelo” con que nos dirigimos a ancianos con quienes no se tienen reales vínculos familiares. Parecido tinte adquiere, aunque con distintos matices, la desaparición por poco absoluta del tratamiento de “usted”, aun en las situaciones que necesariamente debieran exigirlo. Su sustitución por un “vos” universal, injustificadamente uniformador, que no distingue edades, jerarquías legítimas ni grados diferentes de conocimiento entre las personas, contribuye, además, al dramático empobrecimiento del lenguaje oral por la pérdida del rico bagaje de variantes idiomáticas inherentes a las distintas interrelaciones en la comunicación (la escuela desde el jardín de infantes no es ajena a este fenómeno).

No aparece tampoco genuino el voseo con que se trata a quienes están en condiciones de cierta inferioridad o indefensión. Se escucha especialmente en clínicas y hospitales para con enfermos en edad senecta, con el argumento de que facilita la relación entre el paciente y quienes lo atienden, pero no pocas veces es posible advertir en quienes lo usan sólo el inconfeso propósito de hacer valer, por debajo de una edulcorada afectividad, la posición de dominio frente a quienes lo reciben. Dejaré para otra ocasión el caso interesantísimo de quienes tratando de “usted” al interlocutor pasan inesperadamente al voseo si tienen que presentar un ejemplo.

La misma devaluación que notamos en los tratamientos interpersonales descriptos, acusa en nuestra sociedad el uso legítimo de los títulos académicos, opacado en su valor por la funesta tendencia argentina a la “títulomanía”, esa necesidad casi enfermiza de ostentar contra viento y marea un título que no se tiene. Todo argentino de vida pública que se aprecie siente la incontinencia de mostrar un título y si no lo tiene se lo inventa. Se olvida con facilidad que el mejor título académico no vale nada si se renuncia a la altísima condición de “señor”.

Repasemos algunos ejemplos. La mayoría de los políticos, funcionarios y profesionales de casi todas las especialidades se dicen o se dejan decir “doctor”, sin haber investigado nada, ni haber hecho y presentado tesis alguna de cierta originalidad, requisito históricamente ineludible para que dicho título adquiera plena justificación. En algunas profesiones liberales dicho título se aplica aun a los estudiantes que comienzan sus prácticas, por lo que fatalmente pierde, ante tamaño desgaste, su función de señalar los grados de excelencia en la carrera y sólo identifica una profesión. Tanto es así, que los profesionales que dictan clases en las universidades agregan, para acreditar su alto saber, al título de “doctor” el de “profesor”, que tampoco poseen por no haber cursado por lo general ningún profesorado.

El “maestro mayor de obras” sueña con aparecer como “ingeniero” o “arquitecto”; el “kinesiólogo” o el “técnico radiólogo” como médicos, olvidando que sus títulos son en sí tan dignos y valiosos como los que pretenden.

Pero los más vapuleados entre los títulos académicos, los más llevados y traídos, los comodines de la “títulomanía” argentina, el madero del que se toman los que no lo tienen específico o no tienen ninguno, son el de “licenciado” y el de “profesor”. Ambos resultan tentadores por su carácter genérico, pues no hacen referencia en principio a la especialidad. Son los preferidos de muchos mentalistas, tarotistas, astrólogos y enseñantes de cualquier actividad. El de profesor ofrece por otra parte la facilidad de que, en un país que lamentablemente ha puesto la profesión docente y la educación en crisis terminal, basta haber conseguido una hora de clase para que el “títulomaníaco” se considere con el derecho de adjudicárselo sin haber visto nunca, ni siquiera de lejos, profesorado alguno. Se hace caso omiso de que los dos títulos no sólo designan una actividad sino certifican por sobre todo un especial grado académico de preparación sistemática.

Recurro ahora, finalmente, al buen criterio del querido lector. En una sociedad como la nuestra, en que el trato se deteriora sin solución, se falsea el auténtico sentido de muchos tratamientos interpersonales, y no pocos se autoadjudican con alegre desaprensión títulos académicos que no se poseen, ¿no le parece esperable el desatinado e infeliz desliz de Telerman, Blumberg y Mayorga? ¿No le resulta un tremendo sarcasmo que los políticos se rasguen aparatosa e hipócritamente las vestiduras por eso? Que tiren la primera piedra los argentinos que se consideren libres de tales debilidades.