Sábado 18 de Agosto de 2007 - Año 92 - Edición 7308 - Edición digital 0608

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El retorno definitivo del Padre de la Patria

Escribe María Teresa Tartaglia de Silvano-Docente-Historiadora

1850-1880-2007

El 17 de agosto de 1850 murió, a las tres de la tarde, el General Don José de San Martín en Boulogne Sur Mer. Tres días después, sus restos, previamente embalsamados, fueron depositados en una de las bóvedas de la capilla del templo catedralicio de ese lugar, que estaba en construcción.

San Martín, en una cláusula testamentaria, había escrito: “Prohíbo que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar que falleciera se me conducirá directamente al cementerio sin ningún acompañamiento, pero sí desearía que mi corazón fuera depositado en el de Buenos Aires”. Su hija Mercedes y su esposo Mariano Balcarce se dispusieron a cumplir sus deseos. Trece días más tarde, Balcarce, en su carácter de encargado de la delegación de la Confederación Argentina en París, comunicaba lo ocurrido: “Mi ilustre y venerado padre político, don José de San Martín, expiró tranquilamente en los brazos de sus hijos, en la ciudad de Bolonia del Mar, departamento del Paso de Calais, a las tres de la tarde del día 17 que rige, y en la mañana del 20, sus restos mortales fueron conducidos sin pompa alguna exterior, a la catedral de dicha ciudad”. Y agregaba que sus restos quedarían depositados ahí hasta que “pudieran ser trasladados a esa capital, según sus deseos, para que reposen en el suelo de la patria querida”.

El Ministro de Relaciones Exteriores, don Felipe Arana, avisó al gobernador de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas lo acontecido. A su vez éste escribió que “luego que sea posible proceda a verificar el traslado de los restos mortales del finado general a esta ciudad, por cuenta del gobierno de la Confederación Argentina”. Mientras tanto, Balcarce le envió a Rosas la copia legalizada del testamento y el sable del General, que don Juan Manuel de Rosas conservó hasta su muerte en Southampton, siendo donado al gobierno argentino por sus herederos en 1897.

Sus restos recién fueron trasladados en 1880. Podemos preguntarnos ¿por qué no se trasladaron en forma inmediata y permanecieron en tierra extraña durante más de dos décadas? A pesar de la falta de documentación explicativa, deducimos que la compleja situación política que vivió el país provocó su postergación: enfrentamientos cada vez más profundos entre unitarios y federales; Pronunciamiento de Justo J. de Urquiza contra Rosas; apoyo de Brasil; Tratado de la Triple Alianza, que terminó con la derrota de Rosas en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852 y la etapa que continúa a estos hechos, en los cuales se enfrentaron el Estado de Buenos Aires -dirigido por Bartolomé Mitre y la Confederación, al frente de Urquiza-; luchas civiles; retiro de los diputados porteños del congreso de Santa Fe; sanción de la Constitución Nacional de 1853 con la ausencia de dichos diputados; la falta de orden y organización del Estado Nacional; la guerra contra Paraguay; la conquista del desierto; influyeron para que Mercedes y su esposo mantuvieran su residencia en Francia.

En septiembre de 1852 compraron una casa en Brunoy, a 25 kilómetros de París y luego hicieron construir un panteón familiar en el cementerio local, llevando los restos del Libertador, que se encontraban en la catedral de Boulogne.

El 21 de noviembre de 1861 se reunieron para participar de la ceremonia en Brunoy los representantes diplomáticos de la Argentina, Chile, Perú y grupos de ciudadanos de distintas nacionalidades. Ese día se realizó el traslado desde la casa de Balcarce, donde había sido depositado el féretro al llegar de Boulogne, se cubrió con el estandarte de Pizarro y se lo trasladó hasta la iglesia parroquial, donde se celebró un funeral y luego fue llevado hasta el cementerio para darle sepultura en la bóveda familiar.

Mariano Balcarce entregó al Ministro del Perú el estandarte de Pizarro, que el Municipio de Lima le había obsequiado en 1822 al General San Martín. Se cumplía así otro deseo de San Martín: “Es mi voluntad que el estandarte de Francisco Pizarro, que tremoló en la conquista del Perú, sea devuelto a esta república (a pesar de ser propiedad mía...”).

En julio de 1864, los diputados nacionales Adolfo Alsina y Martín Ruiz Moreno presentaron un proyecto de ley por el que se encomendaba al Poder Ejecutivo hacer lo necesario para traer a la Argentina los restos del General San Martín y tuvo sanción legislativa el 12 de agosto. Esto no se cumplió, argumentando que la guerra del Paraguay impedía esta realización.

También se dijo que Mercedes no quería separarse de los restos de su “venerado padre”, y que no había dado autorización para el traslado.

El 5 de abril de 1877, al cumplirse el sexagésimo aniversario de la batalla de Maipú, que había consolidado la libertad de Chile, el presidente Nicolás Avellaneda convocó a la ciudadanía de los países liberados por San Martín para “reunir fondos y promover la traslación de los restos mortales de Don José de San Martín para cobijarlos en un monumento nacional, bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires”.

Mientras tanto, se celebró el centenario del nacimiento del General San Martín (25 de febrero de 1778) y se dispuso la construcción del mausoleo. Se eligió el proyecto del escultor francés Carrier-Belleuse, residente en París, y se tuvo en cuenta la opinión de José Guerrico y Leonardo Pereira (autor conocido por el monumento a Belgrano que está en Plaza de Mayo). El Mausoleo tendría un basamento de forma prismática con estatuas que simbolizan a la República Argentina, Perú y Chile, adosadas a los tres frentes y toda la composición estaría coronada por un sarcófago. Así se realizó. Avellaneda dispuso a principios de 1880 que el Transporte de Guerra Villarino conduciría los restos del Libertador.

Mercedes ya había muerto, y Mariano Balcarce estuvo en todos los detalles. El ataúd fue cubierto con las banderas de las repúblicas sudamericanas. Recibieron honores en Francia, Uruguay y el 28 de mayo arribó a Buenos Aires. La ceremonia de recepción, según los periódicos de la época “fue grandiosa”. En nombre de la república los recibió Domingo Faustino Sarmiento. En la Plaza San Martín habló el presidente Avellaneda. Luego el carro fúnebre con cordones que se desprendían del ataúd y que eran tomados por Avellaneda, Bartolomé Mitre, Sarmiento y otros funcionarios, marchó por la calle Florida mientras el pueblo arrojaba flores.

Así llegó a la catedral.

El 29 de mayo, el féretro cubierto por las banderas de los Andes y del Regimiento de Granaderos fue ubicado en una ceremonia presidida por Monseñor Aneiros. Cuando se colocó el cuádruple ataúd con el cadáver embalsamado, por el tamaño, no se podía colocar horizontalmente, y se lo pone en posición oblicua, de modo que la cabeza del prócer queda, aproximadamente, a la misma altura que la que aquel que contempla el monumento.

El monumento fue restaurado en 1999 y es custodiado por Granaderos del Regimiento creado por San Martín. Una llama votiva en el pórtico de la Catedral nos anuncia que en ese lugar descansa el Padre de la Patria.

En el Complejo Museográfico Provincial “Enrique Udaondo” se conservan, entre otros elementos del General San Martín, dos almohadones confeccionados con el paño que cubría su féretro y la insignia del buque Villarino que lo trasladó. Acercarse a ellos y a los numerosos elementos que le pertenecieron puede aproximarnos más a esta figura que nos habla de libertad, independencia y Patria. Es una oportunidad para visitar el Museo, como decía Enrique Udaondo: “Visitar el Museo de Luján es un deber nacional”. Recordar también que en dos oportunidades visitó la Villa de Lujan (1818 y 1823), de regreso de Chile y Perú, para rezarle a María de Luján, y así nos acercamos al Padre de la Patria, porque recorrer los lugares transitados por él en la Villa de Luján es recobrar las sutiles huellas del ayer, que el progreso jamás podrá borrar.

El general San Martín trascendió todas las etapas de la historia argentina y nunca fue discutida su figura como Padre de la Patria. “Usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido, me equivoco, soy del partido americano” (carta a Guido, 20/10/1845).

¿Por qué ese respeto y la memoria del héroe que trasciende las épocas? Posiblemente los valores que fueron parte de su persona y que no abandonó durante su vida: coherencia, austeridad, americanismo, desapego a las riquezas y honores, humildad, carente de ambiciones políticas, servidor de la verdad y de la palabra empeñada, actitud de fuerza frente al infortunio, voluntad, siempre se alejó de “la dulzura del poder”.

Son estos valores los que la ciudadanía sigue reclamando de aquellos que tienen responsabilidades en las diferentes realidades sociales, es la ética que hace a la Nación Argentina, la que deben demostrar quienes nos gobiernan en forma coherente, en todos los momentos. Es la trama que debe conducir el desarrollo del país: hechos, palabras, actitudes, conducta, planes, austeridad, verdad, alejados de las divisiones internas y de la “dulzura del poder”.

¡Viva la Patria!