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El retorno definitivo del
Padre de la Patria
Escribe María Teresa
Tartaglia de Silvano-Docente-Historiadora
1850-1880-2007
El 17 de agosto de
1850 murió, a las tres de la tarde, el General
Don José de San Martín en Boulogne Sur Mer. Tres
días después, sus restos, previamente embalsamados,
fueron depositados en una de las bóvedas de la capilla
del templo catedralicio de ese lugar, que estaba en
construcción.
San Martín, en una
cláusula testamentaria, había escrito: “Prohíbo que
se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar
que falleciera se me conducirá directamente al
cementerio sin ningún acompañamiento, pero sí desearía
que mi corazón fuera depositado en el de Buenos
Aires”. Su hija Mercedes y su esposo Mariano
Balcarce se dispusieron a cumplir sus deseos. Trece días
más tarde, Balcarce, en su carácter de encargado de la
delegación de la Confederación Argentina en París,
comunicaba lo ocurrido: “Mi ilustre y venerado padre
político, don José de San Martín, expiró tranquilamente
en los brazos de sus hijos, en la ciudad de Bolonia del
Mar, departamento del Paso de Calais, a las tres de la
tarde del día 17 que rige, y en la mañana del 20, sus
restos mortales fueron conducidos sin pompa alguna
exterior, a la catedral de dicha ciudad”. Y
agregaba que sus restos quedarían depositados ahí hasta
que “pudieran ser
trasladados a esa capital, según sus deseos, para que
reposen en el suelo de la patria querida”.
El Ministro de Relaciones
Exteriores, don Felipe Arana, avisó al gobernador de
Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas lo acontecido. A
su vez éste escribió que “luego que sea posible proceda
a verificar el traslado de los restos mortales del
finado general a esta ciudad, por cuenta del gobierno de
la Confederación Argentina”. Mientras tanto, Balcarce le
envió a Rosas la copia legalizada del testamento y el
sable del General, que don Juan Manuel de Rosas conservó
hasta su muerte en Southampton, siendo donado al
gobierno argentino por sus herederos en 1897.
Sus restos recién fueron
trasladados en 1880.
Podemos preguntarnos ¿por qué no se
trasladaron en forma inmediata y permanecieron en tierra
extraña durante más de dos décadas? A pesar
de la falta de documentación explicativa, deducimos que
la compleja situación política que vivió el país provocó
su postergación: enfrentamientos cada vez más profundos
entre unitarios y federales; Pronunciamiento de Justo J.
de Urquiza contra Rosas; apoyo de Brasil; Tratado de la
Triple Alianza, que terminó con la derrota de Rosas en
la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852 y la etapa
que continúa a estos hechos, en los cuales se
enfrentaron el Estado de Buenos Aires -dirigido por
Bartolomé Mitre y la Confederación, al frente de Urquiza-;
luchas civiles; retiro de los diputados porteños del
congreso de Santa Fe; sanción de la Constitución
Nacional de 1853 con la ausencia de dichos diputados; la
falta de orden y organización del Estado Nacional; la
guerra contra Paraguay; la conquista del desierto;
influyeron para que Mercedes y su esposo mantuvieran su
residencia en Francia.
En septiembre de 1852
compraron una casa en Brunoy, a 25 kilómetros de
París y luego hicieron construir un panteón familiar
en el cementerio local, llevando los restos del
Libertador, que se encontraban en la catedral de
Boulogne.
El 21 de noviembre de
1861 se reunieron para participar de la ceremonia en
Brunoy los representantes diplomáticos de la Argentina,
Chile, Perú y grupos de ciudadanos de distintas
nacionalidades. Ese día se realizó el traslado desde la
casa de Balcarce, donde había sido depositado el féretro
al llegar de Boulogne, se cubrió con el estandarte de
Pizarro y se lo trasladó hasta la iglesia parroquial,
donde se celebró un funeral y luego fue llevado hasta el
cementerio para darle sepultura en la bóveda familiar.
Mariano Balcarce entregó
al Ministro del Perú el estandarte de Pizarro, que el
Municipio de Lima le había obsequiado en 1822 al
General San Martín. Se cumplía así otro deseo de San
Martín: “Es mi
voluntad que el estandarte de Francisco Pizarro, que
tremoló en la conquista del Perú, sea devuelto a esta
república (a pesar de ser propiedad mía...”).
En julio de 1864, los
diputados nacionales Adolfo Alsina y Martín Ruiz Moreno
presentaron un proyecto de ley por el que se encomendaba
al Poder Ejecutivo hacer lo necesario para traer a la
Argentina los restos del General San Martín y tuvo
sanción legislativa el 12 de agosto. Esto no se cumplió,
argumentando que la guerra del Paraguay impedía esta
realización.
También se dijo que
Mercedes no quería separarse de los restos de su
“venerado padre”, y que no había dado autorización para
el traslado.
El 5 de abril de 1877,
al cumplirse el sexagésimo aniversario de la batalla de
Maipú, que había consolidado la libertad de
Chile, el presidente Nicolás Avellaneda convocó a
la ciudadanía de los países liberados por San Martín
para “reunir fondos y promover la traslación de los
restos mortales de Don José de San Martín para
cobijarlos en un monumento nacional, bajo las bóvedas de
la Catedral de Buenos Aires”.
Mientras tanto, se
celebró el centenario del nacimiento del General San
Martín (25 de febrero de 1778) y se dispuso la
construcción del mausoleo. Se eligió el proyecto del
escultor francés Carrier-Belleuse, residente en París, y
se tuvo en cuenta la opinión de José Guerrico y Leonardo
Pereira (autor conocido por el monumento a Belgrano que
está en Plaza de Mayo). El Mausoleo tendría un basamento
de forma prismática con estatuas que simbolizan a la
República Argentina, Perú y Chile, adosadas a los tres
frentes y toda la composición estaría coronada por un
sarcófago. Así se realizó. Avellaneda dispuso a
principios de 1880 que el Transporte de Guerra
Villarino conduciría los restos del Libertador.
Mercedes ya había muerto,
y Mariano Balcarce estuvo en todos los detalles. El
ataúd fue cubierto con las banderas de las repúblicas
sudamericanas. Recibieron honores en Francia, Uruguay y
el 28 de mayo arribó a Buenos Aires. La ceremonia
de recepción, según los periódicos de la época “fue
grandiosa”. En nombre de la república los recibió
Domingo Faustino Sarmiento. En la Plaza San Martín habló
el presidente Avellaneda. Luego el carro fúnebre con
cordones que se desprendían del ataúd y que eran tomados
por Avellaneda, Bartolomé Mitre, Sarmiento y otros
funcionarios, marchó por la calle Florida mientras el
pueblo arrojaba flores.
Así llegó a la catedral.
El 29 de mayo,
el féretro cubierto por las banderas de los Andes y del
Regimiento de Granaderos fue ubicado en una ceremonia
presidida por Monseñor Aneiros. Cuando se colocó el
cuádruple ataúd con el cadáver embalsamado, por el
tamaño, no se podía colocar horizontalmente, y se lo
pone en posición oblicua, de modo que la cabeza del
prócer queda, aproximadamente, a la misma altura que la
que aquel que contempla el monumento.
El monumento fue
restaurado en 1999 y es custodiado por Granaderos del
Regimiento creado por San Martín. Una llama votiva en el
pórtico de la Catedral nos anuncia que en ese lugar
descansa el Padre de la Patria.
En el Complejo
Museográfico Provincial “Enrique Udaondo”
se conservan, entre otros elementos del General San
Martín, dos almohadones confeccionados con el paño que
cubría su féretro y la insignia del buque Villarino que
lo trasladó. Acercarse a ellos y a los numerosos
elementos que le pertenecieron puede aproximarnos
más a esta figura que nos habla de libertad,
independencia y Patria. Es una oportunidad para visitar
el Museo, como decía Enrique Udaondo: “Visitar el
Museo de Luján es un deber nacional”. Recordar
también que en dos oportunidades visitó la
Villa de Lujan (1818 y 1823), de regreso de Chile y
Perú, para rezarle a María de Luján, y así nos acercamos
al Padre de la Patria, porque recorrer los lugares
transitados por él en la Villa de Luján es recobrar las
sutiles huellas del ayer, que el progreso jamás podrá
borrar.
El general San Martín
trascendió todas las etapas de la historia argentina y
nunca fue discutida su figura como Padre de la Patria.
“Usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido, me
equivoco, soy del partido americano” (carta a Guido,
20/10/1845).
¿Por qué ese respeto y la
memoria del héroe que trasciende las épocas?
Posiblemente los valores
que fueron parte de su persona y que no abandonó
durante su vida: coherencia, austeridad, americanismo,
desapego a las riquezas y honores, humildad, carente de
ambiciones políticas, servidor de la verdad y de la
palabra empeñada, actitud de fuerza frente al
infortunio, voluntad, siempre se alejó de “la dulzura
del poder”.
Son estos valores
los que la ciudadanía sigue reclamando de aquellos que
tienen responsabilidades en las diferentes realidades
sociales, es la ética que hace a la Nación
Argentina, la que deben demostrar quienes nos gobiernan
en forma coherente, en todos los momentos. Es la trama
que debe conducir el desarrollo del país: hechos,
palabras, actitudes, conducta, planes, austeridad,
verdad, alejados de las divisiones internas y de la
“dulzura del poder”.
¡Viva la Patria!
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