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A los gremios
docentes
Los abajo
firmantes se dirigen a ustedes con motivo de
habernos enterado, por trascendidos de los
últimos días, que a través de una llamada
Ley de Transferencias del año 2004, los
docentes jubilados y los que estamos en
actividad pertenecientes al Instituto de
Previsión Social de la Provincia de Buenos
Aires, seríamos transferidos a la ANSeS, lo
que implicaría, entre otras cosas, perder la
obra social IOMA y pasar a tener PAMI, sin
que nadie nos garantice la calidad de la
prestación de ese servicio.
Nos ha
sorprendido el silencio de los gremios con
respecto a este tema, ya que la ley data de
años atrás y nunca se nos había informado al
respecto; sobre todo teniendo en cuenta que
de producirse esta transferencia, nos
perjudicaría en varios aspectos, como por
ejemplo que al momento de la jubilación
perderíamos el 82% móvil que está vigente en
Provincia, garantizado en los derechos
adquiridos del docente que figuran en el
Estatuto y que el haber jubilatorio de
Nación sería alrededor del 40% del sueldo en
actividad.
A algunos
afiliados de la FEB que se acercaron a la
filial Luján para requerir información a
este respecto, se les ha dicho que han
presentado una carta documento, pero sin
especificar quiénes o en qué términos.
También se nos ha informado que los gremios
realizarían un paro de actividades
próximamente para solicitar aumento de
sueldos, pero nada se reclama con respecto a
esta situación que, de ser así, es sumamente
preocupante, ya que hemos aportado durante
años al IPS sumas más que significativas de
nuestro sueldo y ahora nos perjudicarían con
una jubilación mínima del 40% del mismo y
sin movilidad.
Solicitamos a
ustedes que instrumenten las medidas
necesarias para interiorizarnos acerca de
este tema y esclarecer esos datos puntuales
que tanto nos preocupan, ya que los
afiliados a los distintos gremios
pretendemos que éstos nos representen
también en los justos y verdaderos reclamos.
Firman:
Alicia M. Protolongo; Héctor Loggia; Elisa
Buela; Ana Vilieri; Patricia Che Echagüe;
Graciela Rodríguez; M. I. Luchetti; M. S.
Salgado y siguen las firmas.
Remisero:
oficio peligroso
Es un trabajo
ingrato, mal pago y peligroso, pero es
fácil. Por eso hay tanta gente que lo hace.
Lo único que hace falta es saber manejar; a
veces, pero no siempre, tener auto, aunque
sea el viejo cacharro de toda la vida.
Es una
ocupación típica de quien ha perdido un
empleo fijo o ya se jubiló y necesita algún
ingreso. Hombres y mujeres en esa situación
optan entonces en convertirse en eso,
remiseros, a pesar de los peligros que
acechan en cada viaje. Y no es por exagerar:
casi por definición, son ellos los que van
adonde los demás (trenes, subtes,
colectivos) no llegan. Y ahí es,
precisamente, donde casi nadie quiere ir.
Como es
peligroso, también es un trabajo educativo.
Los remiseros saben bien, mucho mejor que el
resto de los vecinos, cuáles son las zonas
calientes, qué calles es mejor evitar en
ciertos horarios, por dónde se puede salir
rápidamente para evitar situaciones que
pueden desembocar en tragedia.
A poco de
trabajar en eso desarrollan un olfato agudo
para los problemas, un oído finísimo capaz
de distinguir el germen de una amenaza en la
voz, una vista de lince para los tipos
raros. Suelen negarse de plano a
involucrarse en viajes de destino incierto,
y no podemos culparlos, porque es una
cuestión de supervivencia.
Y sin
embargo, todas estas cualidades sólo
disimulan la desprotección esencial en que
el trabajo que realizan los coloca a todos
ellos. Aceptar un viaje es subir a un
desconocido, es comprometerse a viajar con
alguien que puede tener un arma o puede
estar desarmado, pero tener amigos que lo
esperan armados en el punto de destino.
Aceptar un
viaje es ir adonde sólo el cliente sabe qué
se puede encontrar. Aceptar un viaje es
arrojarse, a cambio de unos pocos pesos, en
el mundo del otro, sin que haya motivo
alguno para confiar en ese otro, o en ese
mundo.
Y claro, a
veces todo termina de la peor manera. Así
fue para Eduardo Villanueva, de 76 años,
asesinado el otro día por alguno de los
integrantes de una pareja que contrató su
último viaje (o en nuestra ciudad, para
Ezequiel Adorno). Uno de los dos, al
escribir estas líneas no se sabe quién,
agarró una maza y lo golpeó brutalmente en
la cabeza hasta matarlo. Puede haber sido
porque los clientes no querían pagar y él
les exigía la retribución por su trabajo, o
puede haber sido para robarle la plata que
llevaba encima.
Ninguno de
los motivos probables supone una diferencia
fundamental respecto de otro: fue el
asesinato salvaje de un trabajador
completamente indefenso y a merced de esos
desconocidos que se había comprometido a
llevar. Así de simple.
Estamos
demasiado acostumbrados a pronunciar la
palabra "horror", y tal vez haya que hacer
un esfuerzo para advertir lo que la
situación tiene de horroroso, para entender
que esto es una posibilidad en cualquiera de
las decenas de viajes en que miles de
remiseros se embarcan cada día en todo el
país.
El hombre y
la mujer que viajaron con Villanueva están
detenidos y confesaron lo que ocurrió,
aunque cada uno dijo que los mazazos fueron
asestados por el otro. Esto (el arresto, la
confesión) no cambia el hecho de que el
remisero está muerto. No importa por qué.
Está muerto, y murió en una forma terrible.
El horror,
posibilidad cotidiana para todos, lo es aun
más para quienes, como el infortunado
Villanueva, mezclan diariamente, por unos
minutos, sus vidas con las ajenas. Ahí
afuera acecha el peligro. Ahí afuera. Uno
nunca sabe bien a dónde va.
Sebastián
Lalaurette
Agencia MP
Marcha
violenta
El pasado 15
de agosto era para mí un día normal. Había
llevado a mis hijos al doctor (de 1 y 5
años) y debí regresar a mi domicilio para
alimentarlos. Siendo las 12 circulaba por la
calle Colón, y cuando estaba llegando a la
intersección con la calle Mitre me encuentro
con un grupo de remiseros, marchando,
paradójicamente, por la no violencia y la
inseguridad. Luego de esperar 20 minutos en
mi auto, con mis dos hijos en él, decido
descender del mismo para pedirles, en buenos
términos, que por favor me dejaran pasar
(tarea que les llevaría menos de 20
segundos).
Para mi
sorpresa, un supuesto "remisero" me
contestó: "...esperá 10 minutos que ya nos
vamos", yo le contesté que había esperado 20
minutos, que tenía a mis hijos en el auto y
debía irme, siempre en buenos términos.
Luego me dice: "Acá vas a pasar cuando
nosotros queramos, rajá de acá, si no andá a
buscar a un zorro".
Ya con un
clima espeso me sorprende un golpe de puño,
que llega desde mi lado izquierdo, de otra
persona que estaba ahí. Me golpeó en la boca
y me tiró al piso. Una vez en él, tendido,
empecé a recibir patadas en mi cuerpo, de 2
o 3 personas más. Cuando logro incorporarme,
un reducido grupo de personas detenían a los
violentos, quienes me gritaban: "Rajá de
acá, te vamos a cagar a palos, pasá si te
animas".
Volví a mi
auto ocultando mi rostro de mis hijos, por
la sangre que manaba de mi boca y con
moretones en mi cuerpo, y luego de 10
minutos se reanudó la marcha. Cuando paso
por el lugar de los hechos, empezaron a
gritarme las personas que me golpearon: Pasá
ahora, te vamos a c... a palos".
Seguramente
en esa marcha había personas que estaban
protestando pacíficamente, pero que la gente
sepa que en ellas también hay violentos, que
paradójicamente terminan haciendo lo mismo
que los delincuentes.
Yo sólo
quería pasar, sólo les pedí que me abrieran
el paso y terminé golpeado, tendido en el
piso, con mis hijos dentro del auto, a 5
metros de mí y ni siquiera eso les importó.
Me golpearon con una furia que todavía no
puedo entender.
Juan A.
Fuertes
Vigencia del
general don José de San Martín
En la
ciudadanía argentina siempre sigue vigente
el recuerdo de nuestro admirado general San
Martín.
En las
escuelas los docentes luchan para
restablecer el respeto a los mayores, valor
tan vapuleado hoy en día y para que en ese
entorno no se pierda la calidad de esa
educación impartida.
En ese marco
debe hacerse también referencia a nuestros
héroes patrios, que nos legaron la grandeza
de la moral cívica necesaria para avanzar
orgullosos en el camino de la civilización,
en estos tiempos tan deteriorada. En ello
fue superador el Padre de nuestra Patria,
general don José de San Martín, de quien la
inigualable profesora e historiadora de esta
localidad, María Teresa Tartaglia de
Silvano, resalta sus grandes valores
permanentemente, con la sencillez y
veracidad que le provee el análisis de sus
investigaciones intelectuales realizadas
sobre el mayor baluarte de nuestra
independencia.
Los
argentinos no desconocemos los valores que
los héroes de la independencia de otros
países americanos ostentan, pero no tenemos
necesidad de hacer comparaciones porque
nuestros próceres nos legaron la suficiente
enseñanza engrandecedora de virtudes, sin
incurrir en el intento de modificar las
ideas de sana democracia que naturalmente
nacieron con los hijos de este suelo.
Que cada país
conmemore a sus héroes; a los argentinos nos
alcanzan las grandezas de los nuestros, a
los que algunos pseudo historiadores
pretenden desacreditar, intentando
introducir en nuestro derrotero, conceptos
distorsionados de la historia.
Por siempre
viva en nuestros corazones el limpio y puro
recuerdo del indiscutible héroe de nuestra
Patria, así como fue, sin soberbia ni ansias
de engrandecimientos expansivos.
Susana
Echagüe |