Sábado 25 de Agosto de 2007 - Año 92 - Edición 7310 - Edición digital 0610

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A los gremios docentes

Los abajo firmantes se dirigen a ustedes con motivo de habernos enterado, por trascendidos de los últimos días, que a través de una llamada Ley de Transferencias del año 2004, los docentes jubilados y los que estamos en actividad pertenecientes al Instituto de Previsión Social de la Provincia de Buenos Aires, seríamos transferidos a la ANSeS, lo que implicaría, entre otras cosas, perder la obra social IOMA y pasar a tener PAMI, sin que nadie nos garantice la calidad de la prestación de ese servicio.

Nos ha sorprendido el silencio de los gremios con respecto a este tema, ya que la ley data de años atrás y nunca se nos había informado al respecto; sobre todo teniendo en cuenta que de producirse esta transferencia, nos perjudicaría en varios aspectos, como por ejemplo que al momento de la jubilación perderíamos el 82% móvil que está vigente en Provincia, garantizado en los derechos adquiridos del docente que figuran en el Estatuto y que el haber jubilatorio de Nación sería alrededor del 40% del sueldo en actividad.

A algunos afiliados de la FEB que se acercaron a la filial Luján para requerir información a este respecto, se les ha dicho que han presentado una carta documento, pero sin especificar quiénes o en qué términos. También se nos ha informado que los gremios realizarían un paro de actividades próximamente para solicitar aumento de sueldos, pero nada se reclama con respecto a esta situación que, de ser así, es sumamente preocupante, ya que hemos aportado durante años al IPS sumas más que significativas de nuestro sueldo y ahora nos perjudicarían con una jubilación mínima del 40% del mismo y sin movilidad.

Solicitamos a ustedes que instrumenten las medidas necesarias para interiorizarnos acerca de este tema y esclarecer esos datos puntuales que tanto nos preocupan, ya que los afiliados a los distintos gremios pretendemos que éstos nos representen también en los justos y verdaderos reclamos.

Firman: Alicia M. Protolongo; Héctor Loggia; Elisa Buela; Ana Vilieri; Patricia Che Echagüe; Graciela Rodríguez; M. I. Luchetti; M. S. Salgado y siguen las firmas.


Remisero: oficio peligroso

Es un trabajo ingrato, mal pago y peligroso, pero es fácil. Por eso hay tanta gente que lo hace. Lo único que hace falta es saber manejar; a veces, pero no siempre, tener auto, aunque sea el viejo cacharro de toda la vida.

Es una ocupación típica de quien ha perdido un empleo fijo o ya se jubiló y necesita algún ingreso. Hombres y mujeres en esa situación optan entonces en convertirse en eso, remiseros, a pesar de los peligros que acechan en cada viaje. Y no es por exagerar: casi por definición, son ellos los que van adonde los demás (trenes, subtes, colectivos) no llegan. Y ahí es, precisamente, donde casi nadie quiere ir.

Como es peligroso, también es un trabajo educativo. Los remiseros saben bien, mucho mejor que el resto de los vecinos, cuáles son las zonas calientes, qué calles es mejor evitar en ciertos horarios, por dónde se puede salir rápidamente para evitar situaciones que pueden desembocar en tragedia.

A poco de trabajar en eso desarrollan un olfato agudo para los problemas, un oído finísimo capaz de distinguir el germen de una amenaza en la voz, una vista de lince para los tipos raros. Suelen negarse de plano a involucrarse en viajes de destino incierto, y no podemos culparlos, porque es una cuestión de supervivencia.

Y sin embargo, todas estas cualidades sólo disimulan la desprotección esencial en que el trabajo que realizan los coloca a todos ellos. Aceptar un viaje es subir a un desconocido, es comprometerse a viajar con alguien que puede tener un arma o puede estar desarmado, pero tener amigos que lo esperan armados en el punto de destino.

Aceptar un viaje es ir adonde sólo el cliente sabe qué se puede encontrar. Aceptar un viaje es arrojarse, a cambio de unos pocos pesos, en el mundo del otro, sin que haya motivo alguno para confiar en ese otro, o en ese mundo.

Y claro, a veces todo termina de la peor manera. Así fue para Eduardo Villanueva, de 76 años, asesinado el otro día por alguno de los integrantes de una pareja que contrató su último viaje (o en nuestra ciudad, para Ezequiel Adorno). Uno de los dos, al escribir estas líneas no se sabe quién, agarró una maza y lo golpeó brutalmente en la cabeza hasta matarlo. Puede haber sido porque los clientes no querían pagar y él les exigía la retribución por su trabajo, o puede haber sido para robarle la plata que llevaba encima.

Ninguno de los motivos probables supone una diferencia fundamental respecto de otro: fue el asesinato salvaje de un trabajador completamente indefenso y a merced de esos desconocidos que se había comprometido a llevar. Así de simple.

Estamos demasiado acostumbrados a pronunciar la palabra "horror", y tal vez haya que hacer un esfuerzo para advertir lo que la situación tiene de horroroso, para entender que esto es una posibilidad en cualquiera de las decenas de viajes en que miles de remiseros se embarcan cada día en todo el país.

El hombre y la mujer que viajaron con Villanueva están detenidos y confesaron lo que ocurrió, aunque cada uno dijo que los mazazos fueron asestados por el otro. Esto (el arresto, la confesión) no cambia el hecho de que el remisero está muerto. No importa por qué. Está muerto, y murió en una forma terrible.

El horror, posibilidad cotidiana para todos, lo es aun más para quienes, como el infortunado Villanueva, mezclan diariamente, por unos minutos, sus vidas con las ajenas. Ahí afuera acecha el peligro. Ahí afuera. Uno nunca sabe bien a dónde va.

Sebastián Lalaurette

Agencia MP


Marcha violenta

El pasado 15 de agosto era para mí un día normal. Había llevado a mis hijos al doctor (de 1 y 5 años) y debí regresar a mi domicilio para alimentarlos. Siendo las 12 circulaba por la calle Colón, y cuando estaba llegando a la intersección con la calle Mitre me encuentro con un grupo de remiseros, marchando, paradójicamente, por la no violencia y la inseguridad. Luego de esperar 20 minutos en mi auto, con mis dos hijos en él, decido descender del mismo para pedirles, en buenos términos, que por favor me dejaran pasar (tarea que les llevaría menos de 20 segundos).

Para mi sorpresa, un supuesto "remisero" me contestó: "...esperá 10 minutos que ya nos vamos", yo le contesté que había esperado 20 minutos, que tenía a mis hijos en el auto y debía irme, siempre en buenos términos. Luego me dice: "Acá vas a pasar cuando nosotros queramos, rajá de acá, si no andá a buscar a un zorro".

Ya con un clima espeso me sorprende un golpe de puño, que llega desde mi lado izquierdo, de otra persona que estaba ahí. Me golpeó en la boca y me tiró al piso. Una vez en él, tendido, empecé a recibir patadas en mi cuerpo, de 2 o 3 personas más. Cuando logro incorporarme, un reducido grupo de personas detenían a los violentos, quienes me gritaban: "Rajá de acá, te vamos a cagar a palos, pasá si te animas".

Volví a mi auto ocultando mi rostro de mis hijos, por la sangre que manaba de mi boca y con moretones en mi cuerpo, y luego de 10 minutos se reanudó la marcha. Cuando paso por el lugar de los hechos, empezaron a gritarme las personas que me golpearon: Pasá ahora, te vamos a c... a palos".

Seguramente en esa marcha había personas que estaban protestando pacíficamente, pero que la gente sepa que en ellas también hay violentos, que paradójicamente terminan haciendo lo mismo que los delincuentes.

Yo sólo quería pasar, sólo les pedí que me abrieran el paso y terminé golpeado, tendido en el piso, con mis hijos dentro del auto, a 5 metros de mí y ni siquiera eso les importó. Me golpearon con una furia que todavía no puedo entender.

Juan A. Fuertes


Vigencia del general don José de San Martín

En la ciudadanía argentina siempre sigue vigente el recuerdo de nuestro admirado general San Martín.

En las escuelas los docentes luchan para restablecer el respeto a los mayores, valor tan vapuleado hoy en día y para que en ese entorno no se pierda la calidad de esa educación impartida.

En ese marco debe hacerse también referencia a nuestros héroes patrios, que nos legaron la grandeza de la moral cívica necesaria para avanzar orgullosos en el camino de la civilización, en estos tiempos tan deteriorada. En ello fue superador el Padre de nuestra Patria, general don José de San Martín, de quien la inigualable profesora e historiadora de esta localidad, María Teresa Tartaglia de Silvano, resalta sus grandes valores permanentemente, con la sencillez y veracidad que le provee el análisis de sus investigaciones intelectuales realizadas sobre el mayor baluarte de nuestra independencia.

Los argentinos no desconocemos los valores que los héroes de la independencia de otros países americanos ostentan, pero no tenemos necesidad de hacer comparaciones porque nuestros próceres nos legaron la suficiente enseñanza engrandecedora de virtudes, sin incurrir en el intento de modificar las ideas de sana democracia que naturalmente nacieron con los hijos de este suelo.

Que cada país conmemore a sus héroes; a los argentinos nos alcanzan las grandezas de los nuestros, a los que algunos pseudo historiadores pretenden desacreditar, intentando introducir en nuestro derrotero, conceptos distorsionados de la historia.

Por siempre viva en nuestros corazones el limpio y puro recuerdo del indiscutible héroe de nuestra Patria, así como fue, sin soberbia ni ansias de engrandecimientos expansivos.

Susana Echagüe

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