En estos días, los noticieros y los diarios hablan espantados de
la cantidad espeluznante de accidentes de tránsitos, muchos de ellos
con pérdidas de vidas. Indican que Argentina está al tope de los
países con más muertos por esa causa. Ante la realidad, cualquier
campaña de concientización o declaración de emergencia vial termina
siendo irrisoria.
La idea de expresar una opinión sobre lo que ocurre desde este
espacio, daba vueltas desde hace unos días. No queríamos ser
repetitivos, aburridores. Sin embargo, resultó sencillo encontrar
algo diferente para manifestar con relación a la problemática del
tránsito en las rutas y calles argentinas.
Bastó con recorrer una docena de calles de la ciudad y mirar con
atención el comportamiento de quienes nos rodean.
En sólo cinco minutos de observación, cuatro personas, de
diferentes edades y estado físico, cruzaron la calle desde la mitad
de la cuadra. No quisieron esperar para hacerlo en la esquina, donde
corresponde. A las cuatro la maniobra les salió bien, pero estaba
mal.
En el semáforo de Mariano Moreno y Doctor Muñiz, un señor con una
motito roja se adelantó a todos los que aguardaban la luz verde, se
asomó, miró y pasó en rojo. No usaba casco y su moto carecía de
patente, focos delanteros y traseros.
A una cuadra de ese semáforo, el conductor de un auto gris daba
vuelta en "U" para evitar la "insoportable" maniobra de transitar
cuatro cuadras y estacionar sobre la vereda que le quedaba más
cómoda.
En Almirante Brown al 1100 el propietario de un auto blanco no
confía en el estacionamiento callejero y por eso suele ubicar su
rodado en la vereda, frente a su casa. Debe saber que lo que hace
está mal.
Tan mal como transitar por las rutas sin el cinturón de
seguridad, sin encender la luz de posición, pasando a otro vehículo
cuando hay dos líneas amarillas o manejando con una mano, mientras
otra sostiene el celular, un cigarrillo, un mate o cambia el dial de
una radio.
Si se presta atención al comportamiento individual de los
caminantes, ciclistas, motociclistas y conductores de cualquier
rodado, uno se dará cuenta que lo que padecemos en el país no es más
que una consecuencia lógica de esa conducta.
Si transitamos las calles y rutas como se nos ocurre, sin el más
mínimo respeto por nuestras vidas, mucho menos podemos esperar del
cuidado hacia los terceros.
Por ello, hasta que algo nos lleve a un profundo cambio en la
conciencia, en la educación, en la cultura, los accidentes serán
moneda corriente. Al ciudadano común le interesa únicamente llegar
más rápido a destino y no tener que gastar plata en su medio de
locomoción. Si una luz anda mal, mañana o pasado la arreglo.
Al comerciante que reparte su mercadería lo moviliza llegar a más
comercios en el menor tiempo posible para terminar más temprano e
iniciar el descanso. Por eso, poco le importará si en el 99 por
ciento de las bocas de distribución estaciona en doble fila.
Al motociclista lo puede más el presunto aspecto ridículo que le
puede aportar un casco que tener un golpe en la cabeza contra el
asfalto si alguien lo roza o se patina. Mientras eso no pase, queda
más lindo circular con la cabellera al viento.
Al remisero, el único horizonte que lo apura es la posibilidad de
realizar uno o dos viajes más. Hay que acelerar para rápidamente
recibir por radio otro destino. Y si ese es el comportamiento de
cada día, pensar en parar el auto para realizar reparaciones es casi
utópico.
Todos tenemos razones para un mea culpa. El problema es que con
la imprudencia las cosas nos salen bien en casi la totalidad de las
maniobras. En "casi" la totalidad. Son esos "casi" los que llenan
horas de noticias y páginas de diarios con accidentes. Todos somos
los conductores más vivos del mundo, hasta que la suerte nos indica
lo contrario.