Miércoles 24 de Enero de 2007 - Año 92 - Edición 7250 - Edición digital 0550

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La república en nuestros países Latinoamericanos

Escribe: Profesor Oscar Darío Guazzaroni

Hace unos días me topé de nuevo con un viejo artículo periodístico, publicado en París en 1882, con el título de "La República de América". Su autor, exiliado en Francia como tantos otros hispanoamericanos de todos los tiempos, fue Juan MONTALVO, el pulcro prosista de "Los capítulos que se le olvidaron a Cervantes".

Dicha relectura me ha puesto a pensar en la probable endebles de la idea que los eruditos aceptan, contra de la creencia general, de que la historia nunca se repite. Las coincidencias entre los datos que nos acerca Montalvo con respecto a la política ecuatoriana de su tiempo y los de otros momentos del pasado y el presente de Hispanoamérica son tan sorprendentes, que han hecho tambalear en mí la certeza sobre la múltiple variabilidad de la historia. Pareciera que en nuestros pueblos el tiempo político se hubiera detenido... Recordemos que Montalvo fue un inclaudicable opositor al caudillo y dictador Gabriel García Moreno, éste dos veces presidente de facto de Ecuador, avalado la primera vez por una Asamblea Constituyente que dictó una Constitución de neto corte progresista, sólo vigente en los papeles. La crítica que hace Montalvo del falso republicanismo de los gobiernos dictatoriales y pseudodemocráticos nos sobrecoge, porque nos pone sin excusas frente a las peores falencias de nuestra permanente realidad política.

Afirma que nuestras naciones tienen de República sólo el nombre, ya que el dictador llamado presidente se ríe de las constituciones y los procedimientos escritos, por lo que la ley va por un camino y los gobernantes por el opuesto, sin que les falte nunca quienes los aplaudan y los voten por conveniencia o ignorancia. Al otro día de ser electos presidentes constitucionales, se entronizan como "campeones de la libertad" y piden a su Congreso "facultades extraordinarias". Las cuales, con maleable docilidad, nunca les son negadas. Siempre juegan con el temor de las gentes por las emergencias, y como el peligro de las supuestas situaciones extraordinarias en que dicen apoyarse para justificar la excepción, según ellos, no cesa jamás, helos allí convertidos en "dictadores legales". Los hay que en el mismísimo instante en que no sueltan de los labios la manida frase sobre el "derecho de los pueblos", ejercen los actos más odiosos en contra de ellos. Los bienes de la República que son la libertad en todo y para todos, el estado de derecho, las garantías sociales y personales, desaparecen en el bolsillo del presidente. Cuando el poder del caudillo termina, el partido que lo ha sostenido sin discusión alguna no tardará en volverse notable por el rápido olvido de sus jurados compromisos para con él y para con la República, lo desconocerá y buscará un sustituto con parecidas condiciones. Nosotros -concluye Montalvo- no disfrutamos de la forma republicana de gobierno; sólo la tenemos en los códigos.

Resulta apabullante -concluimos nosotros- corroborar el análogo paralelismo entre lo que nos dijo Montalvo en 1882 y lo que ha ocurrido y sigue sucediendo a menudo en la política de los países latinoamericanos, y aquí en la Argentina.

¿Qué hacer ante tanta adversidad? Se necesita sin duda la severa autocrítica de nuestras sociedades -en lo que nos incluimos- que frente a la hipocresía de tantos falsos predicadores del republicanismo y la democracia y en situaciones límite, han caído en el repetido desvarío -explicable pero no justificado- de poner mayoritariamente la esperanza de corrección en regímenes de facto, o han asistido indiferentes a la degradación de los valores republicanos. Falta para el cierre de lo viejo y la apertura de un mejor porvenir algo mucho más difícil: la honestísima autocrítica y enmienda de los enfáticos proclamadores del republicanismo no practicado y desmentido cada día con los hechos. Se requiere tirar a un costado la perversa ambición del partido único, el sometimiento al poder ejecutivo de los otros poderes, el manejo de los fondos públicos con fines clientelistas y electorales, la "cooptación" con malas artes de personas e instituciones, la burda tentación de uniformar la información y sus medios, la patológica inclinación a urdir absurdos operativos destinados a descalificar a los adversarios políticos... Nuestra esperanza tiene un freno. Los expertos en historia afirman que ésta nunca se repite; pero lamentablemente repican en nuestros oídos las sabias y lejanas palabras de Montalvo. ¡Somos tan duchos para con negativa habilidad tropezar mil veces con la misma piedra!