Escribe:
Profesor Oscar Darío Guazzaroni
Hace unos días me topé de nuevo con un viejo artículo
periodístico, publicado en París en 1882, con el título
de "La República de América". Su autor, exiliado en
Francia como tantos otros hispanoamericanos de todos los
tiempos, fue Juan MONTALVO, el pulcro prosista de "Los
capítulos que se le olvidaron a Cervantes".
Dicha relectura me ha puesto a pensar en la probable
endebles de la idea que los eruditos aceptan, contra de
la creencia general, de que la historia nunca se repite.
Las coincidencias entre los datos que nos acerca
Montalvo con respecto a la política ecuatoriana de su
tiempo y los de otros momentos del pasado y el presente
de Hispanoamérica son tan sorprendentes, que han hecho
tambalear en mí la certeza sobre la múltiple
variabilidad de la historia. Pareciera que en nuestros
pueblos el tiempo político se hubiera detenido...
Recordemos que Montalvo fue un inclaudicable opositor al
caudillo y dictador Gabriel García Moreno, éste dos
veces presidente de facto de Ecuador, avalado la primera
vez por una Asamblea Constituyente que dictó una
Constitución de neto corte progresista, sólo vigente en
los papeles. La crítica que hace Montalvo del falso
republicanismo de los gobiernos dictatoriales y
pseudodemocráticos nos sobrecoge, porque nos pone sin
excusas frente a las peores falencias de nuestra
permanente realidad política.
Afirma que nuestras naciones tienen de República sólo
el nombre, ya que el dictador llamado presidente se ríe
de las constituciones y los procedimientos escritos, por
lo que la ley va por un camino y los gobernantes por el
opuesto, sin que les falte nunca quienes los aplaudan y
los voten por conveniencia o ignorancia. Al otro día de
ser electos presidentes constitucionales, se entronizan
como "campeones de la libertad" y piden a su Congreso
"facultades extraordinarias". Las cuales, con maleable
docilidad, nunca les son negadas. Siempre juegan con el
temor de las gentes por las emergencias, y como el
peligro de las supuestas situaciones extraordinarias en
que dicen apoyarse para justificar la excepción, según
ellos, no cesa jamás, helos allí convertidos en
"dictadores legales". Los hay que en el mismísimo
instante en que no sueltan de los labios la manida frase
sobre el "derecho de los pueblos", ejercen los actos más
odiosos en contra de ellos. Los bienes de la República
que son la libertad en todo y para todos, el estado de
derecho, las garantías sociales y personales,
desaparecen en el bolsillo del presidente. Cuando el
poder del caudillo termina, el partido que lo ha
sostenido sin discusión alguna no tardará en volverse
notable por el rápido olvido de sus jurados compromisos
para con él y para con la República, lo desconocerá y
buscará un sustituto con parecidas condiciones. Nosotros
-concluye Montalvo- no disfrutamos de la forma
republicana de gobierno; sólo la tenemos en los códigos.
Resulta apabullante -concluimos nosotros- corroborar
el análogo paralelismo entre lo que nos dijo Montalvo en
1882 y lo que ha ocurrido y sigue sucediendo a menudo en
la política de los países latinoamericanos, y aquí en la
Argentina.
¿Qué hacer ante tanta adversidad? Se necesita sin
duda la severa autocrítica de nuestras sociedades -en lo
que nos incluimos- que frente a la hipocresía de tantos
falsos predicadores del republicanismo y la democracia y
en situaciones límite, han caído en el repetido desvarío
-explicable pero no justificado- de poner
mayoritariamente la esperanza de corrección en regímenes
de facto, o han asistido indiferentes a la degradación
de los valores republicanos. Falta para el cierre de lo
viejo y la apertura de un mejor porvenir algo mucho más
difícil: la honestísima autocrítica y enmienda de los
enfáticos proclamadores del republicanismo no practicado
y desmentido cada día con los hechos. Se requiere tirar
a un costado la perversa ambición del partido único, el
sometimiento al poder ejecutivo de los otros poderes, el
manejo de los fondos públicos con fines clientelistas y
electorales, la "cooptación" con malas artes de personas
e instituciones, la burda tentación de uniformar la
información y sus medios, la patológica inclinación a
urdir absurdos operativos destinados a descalificar a
los adversarios políticos... Nuestra esperanza tiene un
freno. Los expertos en historia afirman que ésta nunca
se repite; pero lamentablemente repican en nuestros
oídos las sabias y lejanas palabras de Montalvo. ¡Somos
tan duchos para con negativa habilidad tropezar mil
veces con la misma piedra!