Escribe: Antonino Enrique Martínez
El 26 de diciembre pasado se cumplieron 100 años de
la muerte de Bernardo de Irigoyen, político argentino a
quien se deben, entre otros importantes servicios, el
establecimiento de los límites, casi definitivos, de
nuestro territorio.
Don Bernardo de Irigoyen tuvo en Luján, años atrás,
un entusiasta estudioso de su vida que dejó testimonio
de su admiración: el profesor Federico Fernández de
Monjardín, quien, en 1935, publicó, bajo el sello
editorial de la Asociación Cultural Ameghino, un folleto
titulado "Glosa a los hombres de Rosas y don Bernardo de
Irigoyen", basado en un texto de Héctor F. Varela, que
vio la luz en Turín en 1875.
Interesa señalar la importancia que le asigna
Monjardín a la reconstrucción del pasado a partir de la
historia menuda, de los detalles y hasta intimidades,
para comprender las ideas y sentimientos predominantes
de cada momento, circunstancia y lugar de la forma más
objetiva y ecuánime posible.
Monjardín, en su lucha por la verdad histórica, pone
de relieve que si terribles eran los términos usados por
los federales al referirse a los unitarios y atroces las
persecuciones y castigos aplicados; éstos no se quedaban
cortos en sus respuestas y a su turno cobraban venganza.
La historia argentina ha sido, y sigue siéndolo,
motivo de muchos trabajos que intentan interpretar y
explicar la evolución de nuestros males. Autores hay de
prosa ágil y atrapante que gozan de gran popularidad y
muestran hechos y personas desde puntos de vista
distintos de la "historia oficial". También han
proliferado las novelas históricas cuya contribución
principal consiste en la recreación de usos y costumbres
de determinadas épocas.
Todo ayuda, y de la confrontación de distintos
autores es posible extraer interesantes conclusiones.
Sin embargo, salvo excepciones como el caso de Luis
Alberto Romero, no hay mensajes claros que ayuden a la
comprensión integral del pasado, a la aceptación de las
diferencias y a la superación de nuestras ancestrales
divisiones.
Don Bernardo nació en 1822 y fue Oficial de la
Legación en Chile durante el gobierno de Rosas. Después
de Caseros participó de los preparativos del Acuerdo de
San Nicolás.
Dos veces fue candidato a presidente de la República:
primero, en 1886, Roca, el gran elector, impuso a Juárez
Celman como su sucesor, y luego, en l892, lo es por la
Unión Cívica Radical que había contribuido a formar
después de la Revolución del Parque a la que animó; pero
fue nuevamente vencido por la violencia política. Por
este motivo suele hacerse referencia a don Bernardo de
Irigoyen como "el presidente que no fue".
Vivió con gran hidalguía, se mantuvo sereno en
circunstancias harto difíciles y puso su inteligencia al
servicio de la Patria.
En momentos en que parece inminente que la revisión
del pasado a través de la justicia perfore la barrera
del 24 de marzo de 1976, resultará ilustrativo terminar
esta nota con la siguiente anécdota.
En 1874 llega a la presidencia de la República
Nicolás Avellaneda y es un secreto a voces que nombrará
como uno de sus ministros a don Bernardo. Se desata así
una feroz campaña periodística atacándolo. ¿Cómo podía
Avellaneda nombrar a un colaborador de Rosas, instigador
de los asesinatos de su padre (Marco Avellaneda, el
mártir de Metán) y de su suegro, Lóbrega.
La oposición bramaba reclamando moral. No era posible
olvidar los crímenes del tirano exiliado en Inglaterra.
Reflexiona Monjardín: "Para pacificar la República,
para encaminarla por buenas rutas, era necesario tirar
por la borda todo el lastre de rencores, resentimientos
políticos, recuerdos de cualquier orden, si habían de
servir para distanciar y no para unir a los argentinos.
Todo esfuerzo era poco para tan alto fin".
Si aquellas pasiones aparecen -y lo son- lejanas
ahora, otras recientes y dolorosas nos perturban y no
nos dejan mirar el futuro con el corazón liviano de
rencores y divisiones.