Miércoles 7 de Febrero de 2007 - Año 92 - Edición 7254 - Edición digital 0554

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DIVISIONES DE AYER Y DE HOY

Escribe: Antonino Enrique Martínez

El 26 de diciembre pasado se cumplieron 100 años de la muerte de Bernardo de Irigoyen, político argentino a quien se deben, entre otros importantes servicios, el establecimiento de los límites, casi definitivos, de nuestro territorio.

Don Bernardo de Irigoyen tuvo en Luján, años atrás, un entusiasta estudioso de su vida que dejó testimonio de su admiración: el profesor Federico Fernández de Monjardín, quien, en 1935, publicó, bajo el sello editorial de la Asociación Cultural Ameghino, un folleto titulado "Glosa a los hombres de Rosas y don Bernardo de Irigoyen", basado en un texto de Héctor F. Varela, que vio la luz en Turín en 1875.

Interesa señalar la importancia que le asigna Monjardín a la reconstrucción del pasado a partir de la historia menuda, de los detalles y hasta intimidades, para comprender las ideas y sentimientos predominantes de cada momento, circunstancia y lugar de la forma más objetiva y ecuánime posible.

Monjardín, en su lucha por la verdad histórica, pone de relieve que si terribles eran los términos usados por los federales al referirse a los unitarios y atroces las persecuciones y castigos aplicados; éstos no se quedaban cortos en sus respuestas y a su turno cobraban venganza.

La historia argentina ha sido, y sigue siéndolo, motivo de muchos trabajos que intentan interpretar y explicar la evolución de nuestros males. Autores hay de prosa ágil y atrapante que gozan de gran popularidad y muestran hechos y personas desde puntos de vista distintos de la "historia oficial". También han proliferado las novelas históricas cuya contribución principal consiste en la recreación de usos y costumbres de determinadas épocas.

Todo ayuda, y de la confrontación de distintos autores es posible extraer interesantes conclusiones. Sin embargo, salvo excepciones como el caso de Luis Alberto Romero, no hay mensajes claros que ayuden a la comprensión integral del pasado, a la aceptación de las diferencias y a la superación de nuestras ancestrales divisiones.

Don Bernardo nació en 1822 y fue Oficial de la Legación en Chile durante el gobierno de Rosas. Después de Caseros participó de los preparativos del Acuerdo de San Nicolás.

Dos veces fue candidato a presidente de la República: primero, en 1886, Roca, el gran elector, impuso a Juárez Celman como su sucesor, y luego, en l892, lo es por la Unión Cívica Radical que había contribuido a formar después de la Revolución del Parque a la que animó; pero fue nuevamente vencido por la violencia política. Por este motivo suele hacerse referencia a don Bernardo de Irigoyen como "el presidente que no fue".

Vivió con gran hidalguía, se mantuvo sereno en circunstancias harto difíciles y puso su inteligencia al servicio de la Patria.

En momentos en que parece inminente que la revisión del pasado a través de la justicia perfore la barrera del 24 de marzo de 1976, resultará ilustrativo terminar esta nota con la siguiente anécdota.

En 1874 llega a la presidencia de la República Nicolás Avellaneda y es un secreto a voces que nombrará como uno de sus ministros a don Bernardo. Se desata así una feroz campaña periodística atacándolo. ¿Cómo podía Avellaneda nombrar a un colaborador de Rosas, instigador de los asesinatos de su padre (Marco Avellaneda, el mártir de Metán) y de su suegro, Lóbrega.

La oposición bramaba reclamando moral. No era posible olvidar los crímenes del tirano exiliado en Inglaterra.

Reflexiona Monjardín: "Para pacificar la República, para encaminarla por buenas rutas, era necesario tirar por la borda todo el lastre de rencores, resentimientos políticos, recuerdos de cualquier orden, si habían de servir para distanciar y no para unir a los argentinos. Todo esfuerzo era poco para tan alto fin".

Si aquellas pasiones aparecen -y lo son- lejanas ahora, otras recientes y dolorosas nos perturban y no nos dejan mirar el futuro con el corazón liviano de rencores y divisiones.