Basta con prender el televisor para encontrar decenas de
periodistas, columnistas, panelistas, deportistas y/o dirigentes
opinando libremente sobre "la violencia en el fútbol". El tema se
presenta, en cierto modo, con una fórmula indirectamente
proporcional: lo fácil que se puede hablar de la violencia, en
contraposición con lo complejo de tomar medidas efectivas.
Una gran gresca en el sector de quinchos del Club Atlético River
Plate, entre un puñado de violentos, encendió un problema latente.
Pero los ejemplos abundan y demuestran que la enfermedad de la
violencia se nutre de virus que poco y nada tienen que ver con la
pasión de millones de argentinos; que, en todo caso, se aprovecha
del sentimiento sincero de los hinchas que sueñan con ver al equipo
de sus amores con sus hijos. Nada más que eso.
Detrás de ellos se esconde la raíz de la violencia. Una raíz que
se alimenta de varias fuentes.
¿Dónde reside el poder de las barras bravas? No hay dudas que
está emparentado en su relación con la dirigencia. Pero no nos
apuremos en señalar pura y exclusivamente a la dirigencia del
fútbol. También se nutre de su relación con la dirigencia política.
Las cámaras de televisión, hace un par de meses, mostraron a
Rafael Di Zeo, líder de la barra brava de Boca Juniors, demostrando
cómo impone su disciplina: a las trompadas. Sin embargo, nadie le
cerró las posibilidades de ingresar a un campo de juego. Ni siquiera
tomó medidas un dirigente que pretende llegar a la Presidencia de la
Nación o a la Jefatura de la Ciudad de Buenos Aires.
Luis Barrionuevo con la barra de Chacarita. Ministros del
gobierno nacional con barras "del fútbol" que se presentaron
"espontáneamente" en el Hospital Francés. Hugo Moyano con los
muchachos de Independiente. Eduardo Duhalde con la barra de Banfield.
Y la lista sigue.
También Luján tiene basura debajo de la alfombra. El intendente
Miguel Prince cerraba su campaña electoral en 1999 con un gran acto
en la bailanta de la calle Lezica y Torrezuri. Minutos antes del
discurso del jefe comunal irrumpió en la pista de baile "la banda
del Club Luján", con bombos, banderas y cánticos, como para no dejar
dudas sobre su identidad. Prince, micrófono abierto en mano, los
saludó y les agradeció la presencia.
Nunca se reflexionó sobre lo ocurrido. Por el contrario, cuatro
años más tarde, pero en la bailanta de la calle Las Heras, se
repitió la grotesca escena. Una bandera sella la relación: "La Banda
con Miguel".
Cuando las barras bravas se expresan del único modo que tienen de
expresión y en el terreno en el que se sienten más cómodos (los
estadios y sus alrededores) los dirigentes del fútbol y los
políticos salen a rasgarse las vestiduras. "Son los violentos de
siempre"; "Es un grupo de inadaptados"; "Son un par de delincuentes
disfrazados de hinchas". Eso, por supuesto, acompañado de la
ignorancia sobre la identidad de los violentos.
Mientras los violentos no se expresen, se hace uso y abuso del
intercambio de favores, miradas que no miran, complicidades,
banderas de regalo, colectivos, pasajes y plata "para los viáticos".
Ocurre en Luján, en Chacarita, en River, en Boca y en cuanto lugar
donde exista un equipo de fútbol.
¿Por qué pasa? Porque entre otras cosas, los barras bravas son
mano de obra dispuesta "para lo que guste mandar". ¿O los lujanenses
tenemos que pensar que la presencia de banderas del Club Luján
decorando los balcones del Concejo Deliberante en la sesión
bochornosa en la que se desplazó de la Presidencia a Rubén Leopardi
fue algo espontáneo?
Como se expresaba más arriba, casi todos los dirigentes
futbolísticos y políticos guardan basura debajo de la alfombra. Y
nadie quiere ser el primero en barrerla y levantar polvillo.