Miércoles 21 de Febrero de 2007 - Año 92 - Edición 7258 - Edición digital 0558

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Las barras y los dirigentes

Basta con prender el televisor para encontrar decenas de periodistas, columnistas, panelistas, deportistas y/o dirigentes opinando libremente sobre "la violencia en el fútbol". El tema se presenta, en cierto modo, con una fórmula indirectamente proporcional: lo fácil que se puede hablar de la violencia, en contraposición con lo complejo de tomar medidas efectivas.

Una gran gresca en el sector de quinchos del Club Atlético River Plate, entre un puñado de violentos, encendió un problema latente. Pero los ejemplos abundan y demuestran que la enfermedad de la violencia se nutre de virus que poco y nada tienen que ver con la pasión de millones de argentinos; que, en todo caso, se aprovecha del sentimiento sincero de los hinchas que sueñan con ver al equipo de sus amores con sus hijos. Nada más que eso.

Detrás de ellos se esconde la raíz de la violencia. Una raíz que se alimenta de varias fuentes.

¿Dónde reside el poder de las barras bravas? No hay dudas que está emparentado en su relación con la dirigencia. Pero no nos apuremos en señalar pura y exclusivamente a la dirigencia del fútbol. También se nutre de su relación con la dirigencia política.

Las cámaras de televisión, hace un par de meses, mostraron a Rafael Di Zeo, líder de la barra brava de Boca Juniors, demostrando cómo impone su disciplina: a las trompadas. Sin embargo, nadie le cerró las posibilidades de ingresar a un campo de juego. Ni siquiera tomó medidas un dirigente que pretende llegar a la Presidencia de la Nación o a la Jefatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Luis Barrionuevo con la barra de Chacarita. Ministros del gobierno nacional con barras "del fútbol" que se presentaron "espontáneamente" en el Hospital Francés. Hugo Moyano con los muchachos de Independiente. Eduardo Duhalde con la barra de Banfield. Y la lista sigue.

También Luján tiene basura debajo de la alfombra. El intendente Miguel Prince cerraba su campaña electoral en 1999 con un gran acto en la bailanta de la calle Lezica y Torrezuri. Minutos antes del discurso del jefe comunal irrumpió en la pista de baile "la banda del Club Luján", con bombos, banderas y cánticos, como para no dejar dudas sobre su identidad. Prince, micrófono abierto en mano, los saludó y les agradeció la presencia.

Nunca se reflexionó sobre lo ocurrido. Por el contrario, cuatro años más tarde, pero en la bailanta de la calle Las Heras, se repitió la grotesca escena. Una bandera sella la relación: "La Banda con Miguel".

Cuando las barras bravas se expresan del único modo que tienen de expresión y en el terreno en el que se sienten más cómodos (los estadios y sus alrededores) los dirigentes del fútbol y los políticos salen a rasgarse las vestiduras. "Son los violentos de siempre"; "Es un grupo de inadaptados"; "Son un par de delincuentes disfrazados de hinchas". Eso, por supuesto, acompañado de la ignorancia sobre la identidad de los violentos.

Mientras los violentos no se expresen, se hace uso y abuso del intercambio de favores, miradas que no miran, complicidades, banderas de regalo, colectivos, pasajes y plata "para los viáticos". Ocurre en Luján, en Chacarita, en River, en Boca y en cuanto lugar donde exista un equipo de fútbol.

¿Por qué pasa? Porque entre otras cosas, los barras bravas son mano de obra dispuesta "para lo que guste mandar". ¿O los lujanenses tenemos que pensar que la presencia de banderas del Club Luján decorando los balcones del Concejo Deliberante en la sesión bochornosa en la que se desplazó de la Presidencia a Rubén Leopardi fue algo espontáneo?

Como se expresaba más arriba, casi todos los dirigentes futbolísticos y políticos guardan basura debajo de la alfombra. Y nadie quiere ser el primero en barrerla y levantar polvillo.

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