Sin ánimo de profundizar sobre teoría de la comunicación, podemos
afirmar que la objetividad periodística es una utopía. Que desde la
selección y/o la ubicación de una nota en desmedro de otra, se
trabaja en un plano de subjetividad. Ni siquiera una colisión entre
dos coches puede tener una narración objetiva, porque distintas
serán las crónicas de acuerdo a la esquina en la que se pare el
periodista.
El caso policial que le costó la vida a Marcos Contreras, hecho
ocurrido el lunes, propone una observación minuciosa, lo más cercana
a ese utópico horizonte de la objetividad.
Minutos después de ocurrida la muerte del joven, la Policía
inició un periplo de silencio que sólo se rompe para dar datos muy
básicos o para decir, justamente, que más no pueden decir por el
respeto al secreto del sumario.
Minutos después de ocurrida la muerte del joven, familiares,
amigos y testigos involuntarios de lo sucedido comenzaron a afirmar
que se trató de un caso de gatillo fácil. Que a Contreras lo
fusilaron.
A partir de entonces, este medio recopiló información -no
comentarios apurados ni versiones sobre dichos de terceros- que
ofreció en su edición del miércoles pasado, y que amplía en la
edición de hoy.
Existió una persecución y testimonios coincidentes hablaron de un
tiroteo. Pero la investigación arroja que el arma que presuntamente
portaba Contreras, no fue disparada. En todo caso, habría sido un
"tiroteo" con una sola dirección.
Desde la Policía tampoco se informa sobre un ilícito previo a la
persecución. Una señora aseguró haber visto un criminal accionar de
un agente policial, y fuentes a prueba de desmentidas le confirmaron
a EL CIVISMO que Contreras murió por un impacto de bala en un
pómulo, disparado "a una distancia menor" de 50 centímetros.
Punto y aparte. A partir de ello, lo que se diga y opine sobre
ocurrido el lunes entra en un innegable plano de subjetividad,
cargado -como todo lo subjetivo- de las intenciones, experiencias y
sentimientos personales.
Por eso, se escuchó a vecinos del barrio Padre Varela y de otros
rincones de la ciudad que, con o sin diplomacia, llegaron a avalar
lo ocurrido porque suponen que Contreras era un delincuente. Lo
suponen, nunca intentaron confirmar la información.
También hubo quienes con el mismo apuro se acomodaron en la
vereda contraria: "Fue un caso de gatillo fácil, típico de una
policía que nos tiene acostumbrado a estas prácticas".
Se escucharon comentarios en ambos sentidos en la ciudad de
Luján. Pero no salen del plan subjetivo, que poco aporta al
esclarecimiento de los hechos.
En síntesis, los datos que hoy manejan los investigadores
comprometen el accionar policial. Sería bueno partir de una base
teórica emanada de la capacitación que reciben los policías en el
uso de armas de fuego: tienen terminantemente prohibido perseguir a
un delincuente a los tiros, porque es imposible mantener cierta
puntería y son enormes las posibilidades de provocar daños
colaterales.
Con todo, Contreras no tenía la culpa de un entorno que favorece
las excarcelaciones, que tiene en las cárceles sitios de
perfeccionamiento para el delito más que de reinserción social y
mucho menos de la inseguridad que reina en las calles de barrios,
localidades y el centro de la ciudad.
Para dilucidar lo que ocurrió con este joven, sólo ayudarán los
datos de la realidad, las pericias, los testigos que, repetimos, hoy
comprometen a la Policía. Ni los supuestos ni los dedos levantados
repartiendo moralina aportarán al esclarecimiento del hecho.