Sábado 24 de Febrero de 2007 - Año 92 - Edición 7259 - Edición digital 0559

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Datos, y no comentarios

Sin ánimo de profundizar sobre teoría de la comunicación, podemos afirmar que la objetividad periodística es una utopía. Que desde la selección y/o la ubicación de una nota en desmedro de otra, se trabaja en un plano de subjetividad. Ni siquiera una colisión entre dos coches puede tener una narración objetiva, porque distintas serán las crónicas de acuerdo a la esquina en la que se pare el periodista.

El caso policial que le costó la vida a Marcos Contreras, hecho ocurrido el lunes, propone una observación minuciosa, lo más cercana a ese utópico horizonte de la objetividad.

Minutos después de ocurrida la muerte del joven, la Policía inició un periplo de silencio que sólo se rompe para dar datos muy básicos o para decir, justamente, que más no pueden decir por el respeto al secreto del sumario.

Minutos después de ocurrida la muerte del joven, familiares, amigos y testigos involuntarios de lo sucedido comenzaron a afirmar que se trató de un caso de gatillo fácil. Que a Contreras lo fusilaron.

A partir de entonces, este medio recopiló información -no comentarios apurados ni versiones sobre dichos de terceros- que ofreció en su edición del miércoles pasado, y que amplía en la edición de hoy.

Existió una persecución y testimonios coincidentes hablaron de un tiroteo. Pero la investigación arroja que el arma que presuntamente portaba Contreras, no fue disparada. En todo caso, habría sido un "tiroteo" con una sola dirección.

Desde la Policía tampoco se informa sobre un ilícito previo a la persecución. Una señora aseguró haber visto un criminal accionar de un agente policial, y fuentes a prueba de desmentidas le confirmaron a EL CIVISMO que Contreras murió por un impacto de bala en un pómulo, disparado "a una distancia menor" de 50 centímetros.

Punto y aparte. A partir de ello, lo que se diga y opine sobre ocurrido el lunes entra en un innegable plano de subjetividad, cargado -como todo lo subjetivo- de las intenciones, experiencias y sentimientos personales.

Por eso, se escuchó a vecinos del barrio Padre Varela y de otros rincones de la ciudad que, con o sin diplomacia, llegaron a avalar lo ocurrido porque suponen que Contreras era un delincuente. Lo suponen, nunca intentaron confirmar la información.

También hubo quienes con el mismo apuro se acomodaron en la vereda contraria: "Fue un caso de gatillo fácil, típico de una policía que nos tiene acostumbrado a estas prácticas".

Se escucharon comentarios en ambos sentidos en la ciudad de Luján. Pero no salen del plan subjetivo, que poco aporta al esclarecimiento de los hechos.

En síntesis, los datos que hoy manejan los investigadores comprometen el accionar policial. Sería bueno partir de una base teórica emanada de la capacitación que reciben los policías en el uso de armas de fuego: tienen terminantemente prohibido perseguir a un delincuente a los tiros, porque es imposible mantener cierta puntería y son enormes las posibilidades de provocar daños colaterales.

Con todo, Contreras no tenía la culpa de un entorno que favorece las excarcelaciones, que tiene en las cárceles sitios de perfeccionamiento para el delito más que de reinserción social y mucho menos de la inseguridad que reina en las calles de barrios, localidades y el centro de la ciudad.

Para dilucidar lo que ocurrió con este joven, sólo ayudarán los datos de la realidad, las pericias, los testigos que, repetimos, hoy comprometen a la Policía. Ni los supuestos ni los dedos levantados repartiendo moralina aportarán al esclarecimiento del hecho.

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