Miércoles 11 de Julio de 2007 - Año 92 - Edición 7296 - Edición digital 0596

Portada
Editorial
Clasificados
Archivo
Links
Suplementos             
Cartas de lectores
Lujanenses en el mundo


Agradecimientos
Asambleas
Centro de jubilados
Cursos
Hallazgos y extravíos
Mensajes del Alma
Parroquiales
Sociales

Farmacias de turno
Teléfonos útiles
Horarios de trenes
Guía de Profesionales
 

 

 

 

 

 

 

Nuestro horror

Escribe: Sebastián Lalaurette -Agencia MP-

Al momento de escribir estas líneas es lunes y un diario porteño publica en tapa la cabeza reventada de un ciclista que, al parecer por descuido, fue arrollado por un micro. Más allá de que se pueda cuestionar esa publicación por diversas razones, la instantánea es una ilustración brutal de la pesadilla cotidiana que significa el tránsito en la ciudad moderna.

Imprudencia propia o ajena, estrés, agresiones, normas que sólo existen en el papel, vehículos preparados para matar a transeúntes o a sus propios ocupantes... El panorama es conocido (dicen que unas 8000 personas mueren anualmente en la Argentina en accidentes de tránsito) pero la foto lo sacude nuevamente ante nuestros ojos y, en ese sentido, es útil.

Ante imágenes como ésa ya no es posible leer con divertida condescendencia, como lo hemos hecho en su momento, el decálogo para conductores que dio a conocer el Vaticano hace un par de semanas.

Muchos periodistas eligieron dar la noticia con un halo de inocente socarronería y otros, incluido quien esto escribe, lo habrían hecho también así, ya que el humor desprovisto de agresividad tonifica y sienta bien (a veces también la agresividad es buena, pero ése es otro tema). Ahora, después de que la leve ironía se disolvió en la brisa que trajo otras noticias, podemos considerarlo más seriamente.

Seamos o no católicos (este escriba no lo es), es imposible no advertir la pertinencia de consejos como los contenidos en ese catálogo, que se abre simplemente con el más famoso de los mandamientos, “No matarás”.

Se nos recomienda prudencia y cortesía; se nos pide que consideremos a la carretera como “un instrumento de comunión” y no de agresión; se nos advierte del peligro de que el automóvil se convierta en “expresión de poder y dominio”; se nos ruega, también, que seamos caritativos, especialmente con las víctimas de accidentes.

Se puede, por supuesto, pensar en una ética del conductor prescindiendo de la religión. Sus fundamentos serían asombrosamente parecidos a las disposiciones legales vigentes en la materia: precaución al conducir, respeto de la posición y derechos del otro, serenidad alerta, responsabilidad ante las encrucijadas y situaciones difíciles. Son cuestiones de sentido común que ya están plasmadas en la ley, pero que son letra muerta la mayor parte del tiempo.

El decálogo del Vaticano también es parecido a la ética sobre ruedas que postulamos. Por alguna razón insiste en la ayuda a quienes ya han sido víctimas de algún accidente y se dedica un poco menos y más difusamente a la prevención, aunque sí recomienda disuadir de ponerse al volante a quienes “no están en condiciones de hacerlo”; no se detiene explícitamente en la posibilidad de herir a otros, perjudicarlos materialmente o simplemente incomodarlos (conocemos el nivel de estrés que puede generar el simple cruce de una avenida si uno es peatón), y sí menciona tres veces la de matar.

La “pastoral de la carretera” que propone la Iglesia es, en fin, una serie de buenos consejos para todos, más allá de ideas peculiares como la de instalar capillas móviles en las autopistas.

El mundo moderno ha sido moldeado por el automóvil y ello trae aparejado todo un conjunto de problemas y también su horror particular (por no mencionar, o mejor sí, la palabra “petróleo”).

Si, como dice el Vaticano, en el siglo de Hitler, Stalin, Mussolini y la bomba atómica hubo 35 millones de muertos y 1500 millones de heridos en accidentes de tránsito, es fácil ver en qué consiste exactamente ese horror.