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Nuestro horror
Escribe: Sebastián
Lalaurette -Agencia MP-
Al momento de escribir
estas líneas es lunes y un diario porteño publica en
tapa la cabeza reventada de un ciclista que, al parecer
por descuido, fue arrollado por un micro. Más allá de
que se pueda cuestionar esa publicación por diversas
razones, la instantánea es una ilustración brutal de la
pesadilla cotidiana que significa el tránsito en la
ciudad moderna.
Imprudencia propia o
ajena, estrés, agresiones, normas que sólo existen en el
papel, vehículos preparados para matar a transeúntes o a
sus propios ocupantes... El panorama es conocido (dicen
que unas 8000 personas mueren anualmente en la Argentina
en accidentes de tránsito) pero la foto lo sacude
nuevamente ante nuestros ojos y, en ese sentido, es
útil.
Ante imágenes como ésa ya
no es posible leer con divertida condescendencia, como
lo hemos hecho en su momento, el decálogo para
conductores que dio a conocer el Vaticano hace un par de
semanas.
Muchos periodistas
eligieron dar la noticia con un halo de inocente
socarronería y otros, incluido quien esto escribe, lo
habrían hecho también así, ya que el humor desprovisto
de agresividad tonifica y sienta bien (a veces también
la agresividad es buena, pero ése es otro tema). Ahora,
después de que la leve ironía se disolvió en la brisa
que trajo otras noticias, podemos considerarlo más
seriamente.
Seamos o no católicos
(este escriba no lo es), es imposible no advertir la
pertinencia de consejos como los contenidos en ese
catálogo, que se abre simplemente con el más famoso de
los mandamientos, “No matarás”.
Se nos recomienda
prudencia y cortesía; se nos pide que consideremos a la
carretera como “un instrumento de comunión” y no de
agresión; se nos advierte del peligro de que el
automóvil se convierta en “expresión de poder y
dominio”; se nos ruega, también, que seamos caritativos,
especialmente con las víctimas de accidentes.
Se puede, por supuesto,
pensar en una ética del conductor prescindiendo de la
religión. Sus fundamentos serían asombrosamente
parecidos a las disposiciones legales vigentes en la
materia: precaución al conducir, respeto de la posición
y derechos del otro, serenidad alerta, responsabilidad
ante las encrucijadas y situaciones difíciles. Son
cuestiones de sentido común que ya están plasmadas en la
ley, pero que son letra muerta la mayor parte del
tiempo.
El decálogo del Vaticano
también es parecido a la ética sobre ruedas que
postulamos. Por alguna razón insiste en la ayuda a
quienes ya han sido víctimas de algún accidente y se
dedica un poco menos y más difusamente a la prevención,
aunque sí recomienda disuadir de ponerse al volante a
quienes “no están en condiciones de hacerlo”; no se
detiene explícitamente en la posibilidad de herir a
otros, perjudicarlos materialmente o simplemente
incomodarlos (conocemos el nivel de estrés que puede
generar el simple cruce de una avenida si uno es
peatón), y sí menciona tres veces la de matar.
La “pastoral de la
carretera” que propone la Iglesia es, en fin, una serie
de buenos consejos para todos, más allá de ideas
peculiares como la de instalar capillas móviles en las
autopistas.
El mundo moderno ha sido
moldeado por el automóvil y ello trae aparejado todo un
conjunto de problemas y también su horror particular
(por no mencionar, o mejor sí, la palabra “petróleo”).
Si, como dice el
Vaticano, en el siglo de Hitler, Stalin, Mussolini y la
bomba atómica hubo 35 millones de muertos y 1500
millones de heridos en accidentes de tránsito, es fácil
ver en qué consiste exactamente ese horror. |