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Las noticias que todos sabemos
Las fábricas, núcleos productivos
innegables del país, tienen que dejar de producir todos los días
entre las 16 y las 24 porque así lo establecen las estrictas medidas
de los distribuidores de energía eléctrica. Caso contrario, los
empresarios deben afrontar fuertes multas diarias.
El gobierno despilfarra millones y
millones de pesos en subsidios para el gas, la luz, el transporte
público de pasajeros, la harina, el trigo, la leche, los pollos, los
porcinos y el aceite. Sin embargo, cada uno de esos suministros,
servicios o productos aumentan sin ninguna clase de reparos en las
ayudas gubernamentales.
Cada tanto -imposible saberlo cuándo-
se corta la venta de gas natural comprimido, con impacto directo en
un sinnúmero de trabajadores que se quedan sin el insumo básico para
su trabajo.
Como siempre, los que terminan
pagando las consecuencias son los usuarios, que desembolsan los
precios que se les ocurren a los taxistas, remiseros o
transportistas. Todo en un marco de descontrol oficial, porque para
el gobierno no hay crisis. Hay simples problemas por el intenso frío
o por falta de precipitaciones.
Si los hogares gastan una centésima
más de gas o luz que lo utilizado en el año 2003, sufren un fuerte
castigo en el monto final de las boletas.
La crisis energética y la falta de
combustibles comienzan a impactar en las góndolas. En estos días
reapareció en los medios de prensa la palabra “desabastecimiento”. Y
lo que hay en stock, sube su valor muy por encima de lo que obliga a
decir el gobierno a través del INDEC.
¿Una realidad paralela? ¿Qué pasa con
esta información que sólo aparece en cuentagotas? Las críticas
fundadas hay que buscarlas con lupa. Algún pataleo aislado los
domingos, desde el diario Perfil, o ahora, en la brecha que se puede
abrir a partir del cortocircuito entre el gobierno nacional y el
multimedios Clarín por intereses que nada tienen que ver con lo
netamente periodístico. Las relaciones entre el gobierno y los
formadores de opinión pública parecen haber entrado en conflicto.
La pelea se centra en Papel Prensa,
la extraña empresa que genera la materia prima para la inmensa
mayoría de los diarios del país y cuyas acciones se reparten entre
Clarín, La Nación y el Estado Nacional: empresa a la que
¿casualmente? la secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti,
estaba a punto de sancionar; una tarea que quedó postergada.
Esta semana, las partes en conflicto
estarían mostrando las cartas o, en todo caso, revelando su
verdadero juego: ayer, después de años de connivencia Clarín publicó
en su tapa dos títulos desfavorables a los intereses de la gestión
nacional (Desmentida en el caso Picolotti y Citación judicial para
el funcionario Moreno).
Por su parte, el jueves, en
declaraciones radiales -que Clarín se encargó de reproducir- el jefe
de Gabinete Alberto Fernández, indignado por información que golpea
a la administración kirchnerista, dijo que “los periodistas también
deben ser investigados, máxime cuando trabajan en empresas
consultoras de grupos económicos a los que ofrecen servicios de
prensa”.
En este caso, a río revuelto ganancia
de los ciudadanos. Es probable que si se mantiene el conflicto entre
el gobierno y el gran multimedios del país, todos podamos enterarnos
de cosas que sabemos que suceden, pero no tienen lugar en los
espacios de noticias. Es probable que si se mantiene el conflicto,
el gobierno termine de demostrar el fuerte autoritarismo de sus
máximos funcionarios
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