Ahora resulta ser que lo importante es
dilucidar qué clase de persona era Poli
(Marcos Contreras) y en qué circunstancias
se hallaba al momento de ser fusilado por el
asesino Moyano. Parece ser que lo relevante
es saber si Poli era "gente de bien", si
había asaltado a un camión de Coca Cola, si
llevaba un arma, si se había peleado con los
milicos de civil, si su pasado está lo
suficientemente limpio como para no ser
fusilado como un perro en una esquina
cualquiera.
Más allá de que podamos desmentir lo del
camión y el arma, será mejor no caer otra
vez en el círculo de las versiones de un
lado y de otro. Por nuestra parte el
asesinato de Poli habla por sí solo y
resultará conveniente no recaer en enfoques
miopes, sobre todo cuando ya hay bastantes
acumulados en cada conversación sobre el
tema y en cada versión que los asesinos y
sus defensores lanzan a la sociedad para
despistarla e intentar que el debate ronde
en torno a cuestiones secundarias.
Quien entiende mínimamente algo de
Derechos Humanos sabe que estos datos no
tienen ni un gramo de relevancia a la hora
de hablar de un asesinato como este, propio
de la última dictadura militar o del
accionar de la Triple A. Creo, entonces, que
bastará decir que conocimos a Poli, que
tuvimos la suerte de trabajar con él, de
estar en el día a día frente a su humildad y
amabilidad, que a sus compañeros, amigos y
familiares nos duele hasta los huesos su
ausencia, que su homicidio nos parece,
incluso, más aberrante que un caso de
gatillo fácil: es un fusilamiento.
Ya conocemos el accionar impune de los
asesinos y sus cómplices: en Luján nos
sobran ejemplos; ahora vendrán -y ya están
viniendo- los aprietes necesarios, las
amenazas implícitas y explícitas, un
intendente que se hará el otro una vez más
con tal de no quedar mal parado en tiempos
de elecciones, y la quietud y anomia de la
mayoría dentro de una ciudad que esconde el
tráfico de drogas, el robo, la coima, el
juego clandestino y el lavado de dinero
detrás de sus máximas figuras legales.
¿Quién se hará cargo de este crimen? Nadie.
Es decir, quedará "en manos de la justicia",
como si la justicia no fueran los mismos
hijos de putas locales pero potenciados en
sus instancias provinciales y nacionales,
con otras caretas, claro, y otros trajes.
Con todo, el fusilamiento de Poli sigue
siendo demasiado evidente como para
esconderlo debajo de la espesa alfombra de
sangre que tiene la policía provincial en
cada una de sus dependencias, o para
cajonearlo en alguno de los tantos
escritorios con que cuentan los burócratas
de la justicia. Para quienes están
acostumbrados a defecar sobre nuestros
derechos el mayor problema reside en que el
asesino esta vez ha ido demasiado lejos:
además de asesino ha sido excesivamente
idiota.
Sabemos que la idiotez es una
característica, por lo general, básica en
los miembros de la policía, condición sin la
cual es muy difícil entrar a la institución.
Las instituciones malditas requieren de
cerebros dóciles, poco preguntones, que
acaten en forma rápida órdenes que ni
siquiera comprenden claramente. Cerebros
nuevitos, casi sin uso. Pero esta vez,
muchachos, uno de ustedes ha llevado su
idiotez a límites inusitados. Tanto, tanto,
que las autoridades (esta vez, sólo como
excepción) probablemente decidan abrirse de
piernas con el asesino, es decir, dejar
desnudo y sin protección a Moyano, el
indefendible, el asesino inocultable. En
realidad -y digámoslo claramente- la policía
provincial está llena de Moyanos, lo que
hace diferente a éste es su elevada idiotez,
su calidad de inocultable.
En fin, no mucho más que agregar a tanto
dolor. La gente está movilizada. Las
organizaciones populares están apoyando
activamente a los familiares que, aunque
terriblemente dolidos, se pararon frente a
la tragedia y convocaron a una marcha que
tuvo una amplia respuesta por parte de los
que conocíamos a Poli. Allí estuvimos y
seguiremos estando de una u otra manera,
entre lágrimas y bronca, de pie y en marcha.
Una vez más, para exigir justicia.
Fabricio Lombardo