En un breve diálogo que mantuvo con este medio, el ex
secretario militar de la desaparecida organización armada se refirió
a los turbulentos años 70´.
Admitió que la decisión de Montoneros de pasar a la
clandestinidad en 1974 fue una "metida de pata".
El "Pelado Carlos" tiene hoy 65 años, más del doble de la edad
que cargaba cuando formaba parte de la conducción de Montoneros,
aquella organización político-militar que ocupó un lugar
preponderante en la historia argentina de la década de 1970.
Ya sin la necesidad de utilizar aquel nombre de guerra, Roberto
Cirilo Perdía es, junto a Mario Firmenich y a Fernando Vaca Narvaja,
uno de los ex integrantes de la cúpula montonera que logró
sobrevivir en aquellos complicados años.
El martes, Perdía estuvo en Luján para formar parte del acto de
presentación de la revista "Question Latinoamérica" (ver recuadro).
En un diálogo breve que mantuvo con EL CIVISMO, el ex guerrillero
opinó sobre la decisión de Montoneros de pasar a la clandestinidad
en 1974. También habló de la llamada "contraofensiva montonera"
iniciada en 1979, una última tentativa de la organización por
desestabilizar al gobierno militar y que en la práctica terminó en
un rotundo fracaso.
Montoneros entró en la vida pública con el secuestro y posterior
asesinato del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu. Eso
episodio fue la síntesis de un proceso lento y progresivo
caracterizado por la politización de jóvenes católicos de clase
media que pasarían a formar parte del núcleo inicial de la
agrupación (que también contó con militantes peronistas de
extracción obrera).
El objetivo era forzar el retorno al país de Juan Domingo Perón
para, de esta manera, instaurar el socialismo nacional.
A partir de ese primer hecho de sangre, "los monto" alcanzaron un
meteórico ascenso que le permitió discutir un lugar dentro del
peronismo, donde convivían sectores tan heterogéneos como
antagónicos entre sí.
Pero cuando el viejo líder volvió a la Argentina y fue elegido
presidente, la relación entre éste y la hasta entonces "juventud
maravillosa" se rompió.
Con la muerte de Perón y el avance de la derecha peronista,
caracterizada en la figura de José López Rega y su Triple A,
Montoneros decidió pasar a la clandestinidad y fortalecer su aparato
militar en detrimento de la opción política.
A partir de ese momento, y ya con la dictadura militar en el
poder, la organización armada comenzó un estrepitoso declive que
terminó con el sueño, nada inocente, de cambiar el orden social
establecido.
En el medio quedaron gruesos errores estratégicos de la
conducción, exiliada en Cuba, y la desaparición y muerte de miles de
sus militantes.
Por esta razón, el de Perdía es un testimonio clave a la hora de
intentar analizar lo actuado por esta agrupación guerrillera y
también para comprender una década que abrió heridas todavía no
cicatrizadas.
-¿Qué recuerdos tiene del retorno definitivo de Perón a la
Argentina? ¿Cómo analiza el enfrentamiento que se produce en Ezeiza?
-Ese retorno de Perón, el segundo, fue el punto de inflexión. Ese
fue el momento en el cual comenzó a descomponerse el proceso que
había culminado con el triunfo de Cámpora luego de largos años de
resistencia. Fue clara la presencia del poder imperial actuando
dentro de la sociedad argentina. Ese día fue el fin de un proceso
que había significado 18 años de resistencia.
-En alguna oportunidad, Vaca Narvaja opinó que Montoneros
debió haber dejado de operar luego del retorno de Perón. ¿Que piensa
al respecto?
-Hay opiniones distintas. En aquel momento, la decisión que se
toma no era operar, sino no desarmarse. Y eso surge de la propia
experiencia de Evita en 1951 cuando los militares intentaron un
golpe de Estado. Luego de esto, Evita compró armas en Bélgica y
Holanda y pretendió entregarlas a grupos de trabajadores para evitar
un futuro golpe de Estado. Nosotros, en 1973, pensamos lo mismo,
pero acompañamos eso con otra decisión que era tratar de sacar a los
militares de su entorno de cuarteles para evitar el intento
golpista.
Tomamos vínculos con los sectores militares, algunas cosas
logramos. Se hicieron operativos con los militares en varios
municipios del centro de la provincia de Buenos Aires. También en la
Universidad de Buenos Aires se realizaron seminarios conjuntos entre
oficiales jóvenes y militantes de la Juventud Obrera Católica.
La idea era que la fuerza de la juventud actuara como una
estructura miliciana al lado de las fuerzas regulares, de manera que
fuéramos legitimando el poder militar. No hubo tiempo, siempre digo
que llegamos tarde a la cita de la historia.
-A partir de la decisión que toman de pasar a la
clandestinidad, la organización profundiza un proceso de
militarización y abandona, en gran parte, la opción política. ¿Cree
que esto fue un error que terminó alejándolos del pueblo?
-El pase a la clandestinidad fue el error más grave que cometemos
en ese momento. Dejamos desguarnecidas las estructuras legales. Eso
fue producto de nuestra inexperiencia política.
-Imagino también que el avance de la Triple A jugó un papel
importante en esa decisión.
-Es cierto. Todos los días caían compañeros. Caímos en las
urgencias y metimos la pata, claramente metimos la pata. Creo que de
no haber pasado a la clandestinidad, las bajas, muy posiblemente,
hubieran sido mayores, pero social y políticamente nuestra
resistencia hubiera sido mucho más legítima. Por otra parte, el
poder organizativo hubiera sido más fuerte, inclusive después de
consumado el golpe del Estado.
-Hasta el regreso de Perón, Montoneros contaba con el apoyo de
buena parte de la sociedad. ¿Por qué piensa que esa valoración
empezó a cambiar durante el gobierno de Isabel Perón y, en
particular, durante la dictadura militar?
-Tiene que ver con ese error que te mencionaba antes, pero
también con el propio sistema. No hay que olvidarse que se comenzó
una feroz campaña de presión y legitimación. La violencia de
aquellos años generó en la sociedad un estado de terror muy
importante, del cual todavía no pudimos recuperarnos.
-¿Por qué cree que la llamada "contraofensiva" terminó en un
rotundo fracaso?
-Hay dos cosas: el análisis político y el análisis organizativo.
Políticamente creo que no se la ha estudiado y considerado
adecuadamente. Pensemos que en el año 79´ empiezan a desarrollarse
en el país los grandes movimientos de resistencia, a los cuales la
dictadura no tenía manera de responder. Desde este punto de vista
creo que fue un acierto plantear la contraofensiva, que en realidad
fue un cambio de movimiento. Nuestro principal error fue desde el
punto de vista organizativo, en el sentido de que no habíamos
percibido en profundidad cómo había calado la dictadura en la
sociedad.
-¿Considera que la conducción, que estaba exiliada en Cuba,
efectuó un análisis equivocado de la situación que se vivía en el
país?
-Es muy posible que haya sido así. Nuestras estructuras políticas
estaban profundamente penetradas. Allí fueron nuestras mayores
bajas.