Miércoles 5 de Septiembre de 2007 - Año 92 - Edición 7313 - Edición digital 0613

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¿Cuántos Von Wernich quedan en la Iglesia?

Escribe Alejandro E. Reinhold

El curso del juicio al sacerdote y ex capellán de la Policía Bonaerense, por su participación en actos de privación de la libertad, torturas y asesinatos durante el terrorismo de Estado, ha puesto de manifiesto algunas de las aristas más siniestras de aquel trágico período.

Pero, por otra parte, al centrar la reflexión sobre las acciones puntuales del eclesiástico y el aparato represivo al que sirvió, está ocultando el bosque, parcializando el contexto general que abarca el rol institucional de la Iglesia, antes y después del genocidio.

Si observamos que dentro de los organismos del Estado, y aún en otros ámbitos como la prensa, se ha producido un explícito o disimulado depuramiento de los elementos vinculados al accionar terrorista de Estado, la Iglesia, lejos de acometer una tarea en paralelo, ha conservado y apañado a esos personajes dentro de sus cuadros ministeriales.

El mismo Von Wernich, fue destinado a una parroquia y mantuvo intactas todas sus atribuciones sacerdotales, sin tan siquiera hacer un acto expreso de arrepentimiento.

La Iglesia cuenta con un Código de Derecho Canónico, y tribunales eclesiásticos competentes para juzgar los actos de todos los católicos, incluidos los simples fieles. Por sus disposiciones, por ejemplo, un feligrés divorciado y vuelto a la vida marital, está excomulgado y privado de la recepción del sacramento de la Eucaristía. Pero Videla continúa recibiéndola y al sacerdote que se la administra no le pasa nada. Hoy empeña todo su esfuerzo en obstruir la promulgación de una ley sobre el aborto, sobre el presupuesto indiscutible del respeto a la vida, el más elemental de los Derechos Humanos. Cabría la pregunta: ¿Es congruente la conducta de Von Wernich con este principio? Y si nos redujéramos tan solo al derecho de los más indefensos, e insospechadamente inocentes, los niños, la pregunta a formular sería: ¿Cuántas vidas infantiles se llevó, por desnutrición, enfermedades curables, desempleo y marginación social de sus padres, el proyecto político iniciado por el terrorismo estatal, que la Iglesia no cuestionó?

En tanto, algunos obispos recibían suculentos aportes del tesoro nacional durante ese período y el posterior de Menem, que profundizó el programa neocapitalista del Proceso. Fondos que muchas veces utilizaban en obras no precisamente caritativas, como por caso el arzobispo Ogñenovich, titular de la Arquidiócesis Mercedes-Luján que, según difundieran los medios por aquel entonces, gastó un millón seiscientos mil dólares en remodelar el parque de su Seminario, dotándolo de un lago para flamencos.

Quisiéramos creer que el de este sacerdote es un caso aislado y que su incomparencia ante un tribunal eclesiástico es fruto de un mal entendido precepto de caridad, pero la realidad nos muestra otra cara.

En un extenso artículo de tapa del bisemanario “El Civismo”, se informa sobre las actividades de un grupo católico, enrolado en la línea ideológica del fallecido obispo francés Marcel Lefevre, excomulgado por Juan Pablo II, a instancias del actual pontífice cuando presidía la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Señala el periódico que el encuentro concluyó con una misa del ex vicario castrense, Baseotto, heredero de otro, Bonamín, que dijera en vísperas del golpe de Videla (enero del 76): “El pueblo argentino ha cometido pecados que sólo habrán de lavarse con sangre”.

En sus deliberaciones, realizadas en la Villa Marista, se abocaron al estudio de la Encíclica Pascendi Dominici Gregis. Este documento de Pío X, el Papa que da nominación a la Fraternidad lefevreana, aborda los “errores del modernismo”. Aunque en su finalidad se ordena principalmente a prescripciones para el clero, los anatemas lanzados por el pontífice, que alcanzan a casi todas las teorías sociales modernas, arraigan en anteriores condenaciones conciliares y pontificias, que incluyen a las libertades consagradas en todas las constituciones de occidente.

Esta encíclica, así como caracteriza al “modernismo” como “síntesis de todos los errores y herejías” del pasado, pretende resumir todos los pronunciamientos del magisterio contra ellos. En el universo de lo social, recurre a la doctrina expuesta por sus predecesores, en tiempos en los que se gestaban las ideas que originaron la civilización presente. Y no es precisamente muy indulgente el tratamiento que la Iglesia dio a estas nuevas ideas, la mayoría hoy aceptadas universalmente como una obviedad.

Desde los cimientos de la democracia, hasta los derechos fundamentales de la persona humana, prácticamente se había condenado todo. Con un cariz furibundo como el de Pablo IV, en plena consolidación de la Reforma, a otro en tono paternal, como el de León XIII, los pontífices anteriores reprobaron derechos hoy reconocidos, hasta por la propia Iglesia, como inalienables de la persona o patrimonio común de la civilización; la democracia, la igualdad, el derecho a la independencia, las libertades de opinión, de culto, de prensa y hasta la libertad de conciencia.

Sobre estos antecedentes, Pío X clama por una mayor vigilancia del pensamiento, ordena profundizar la aplicación de la censura, reforzar la acción del Index y del Santo Oficio, expulsar de los Seminarios a los que, aún en grado de sospecha, adhieran a las corrientes de pensamiento modernista.

¡Vaya programa de estudio para estos tiempos! Aunque quizá convenga atender al consejo de estos estudiosos de la Pascendi y leerla. Los “errores” condenados están descriptos de manera tan ajustada y objetiva, que su subsiguiente anatema adquiere un tinte casi grotesco.

Si la Iglesia ha recorrido un doloroso camino para reencontrarse con el pueblo sufriente, dejando atrás un pasado de oprobio en el que pontífices y altos prelados se aliaron a los poderes opresores, para reprimir la lucha por la conquista de los derechos fundamentales o para restaurar arcaicas e injustas estructuras de privilegio y explotación, ahora estos resabios facciosos de la más deplorable etapa de la Iglesia, pretenden retrotraer la Historia a lo peor de la decadente Edad Media tardía.

Aunque su número no sea todavía alarmante, podemos percibir que persisten entre la tripulación de la Barca unos cuantos Von Wernich. Pero si son cuantitativamente pocos, no deberíamos olvidar que también eran pocos en los sesenta, lo que no les impidió seducir a algunos cuadros militares que, cuando ascendieron en la jerarquía, se convirtieron en mentores y ejecutores del más oscuro período de la historia argentina.