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¿Cuántos Von Wernich quedan en la
Iglesia? Escribe Alejandro E.
Reinhold
El curso del juicio al sacerdote y ex
capellán de la Policía Bonaerense, por su participación
en actos de privación de la libertad, torturas y
asesinatos durante el terrorismo de Estado, ha puesto de
manifiesto algunas de las aristas más siniestras de
aquel trágico período.
Pero, por otra parte, al centrar la
reflexión sobre las acciones puntuales del eclesiástico
y el aparato represivo al que sirvió, está ocultando el
bosque, parcializando el contexto general que abarca el
rol institucional de la Iglesia, antes y después del
genocidio.
Si observamos que dentro de los
organismos del Estado, y aún en otros ámbitos como la
prensa, se ha producido un explícito o disimulado
depuramiento de los elementos vinculados al accionar
terrorista de Estado, la Iglesia, lejos de acometer una
tarea en paralelo, ha conservado y apañado a esos
personajes dentro de sus cuadros ministeriales.
El mismo Von Wernich, fue destinado a
una parroquia y mantuvo intactas todas sus atribuciones
sacerdotales, sin tan siquiera hacer un acto expreso de
arrepentimiento.
La Iglesia cuenta con un Código de
Derecho Canónico, y tribunales eclesiásticos competentes
para juzgar los actos de todos los católicos, incluidos
los simples fieles. Por sus disposiciones, por ejemplo,
un feligrés divorciado y vuelto a la vida marital, está
excomulgado y privado de la recepción del sacramento de
la Eucaristía. Pero Videla continúa recibiéndola y al
sacerdote que se la administra no le pasa nada. Hoy
empeña todo su esfuerzo en obstruir la promulgación de
una ley sobre el aborto, sobre el presupuesto
indiscutible del respeto a la vida, el más elemental de
los Derechos Humanos. Cabría la pregunta: ¿Es congruente
la conducta de Von Wernich con este principio? Y si nos
redujéramos tan solo al derecho de los más indefensos, e
insospechadamente inocentes, los niños, la pregunta a
formular sería: ¿Cuántas vidas infantiles se llevó, por
desnutrición, enfermedades curables, desempleo y
marginación social de sus padres, el proyecto político
iniciado por el terrorismo estatal, que la Iglesia no
cuestionó?
En tanto, algunos obispos recibían
suculentos aportes del tesoro nacional durante ese
período y el posterior de Menem, que profundizó el
programa neocapitalista del Proceso. Fondos que muchas
veces utilizaban en obras no precisamente caritativas,
como por caso el arzobispo Ogñenovich, titular de la
Arquidiócesis Mercedes-Luján que, según difundieran los
medios por aquel entonces, gastó un millón seiscientos
mil dólares en remodelar el parque de su Seminario,
dotándolo de un lago para flamencos.
Quisiéramos creer que el de este
sacerdote es un caso aislado y que su incomparencia ante
un tribunal eclesiástico es fruto de un mal entendido
precepto de caridad, pero la realidad nos muestra otra
cara.
En un extenso artículo de tapa del
bisemanario “El Civismo”, se informa sobre las
actividades de un grupo católico, enrolado en la línea
ideológica del fallecido obispo francés Marcel Lefevre,
excomulgado por Juan Pablo II, a instancias del actual
pontífice cuando presidía la Congregación para la
Doctrina de la Fe.
Señala el periódico que el encuentro
concluyó con una misa del ex vicario castrense, Baseotto,
heredero de otro, Bonamín, que dijera en vísperas del
golpe de Videla (enero del 76): “El pueblo argentino ha
cometido pecados que sólo habrán de lavarse con sangre”.
En sus deliberaciones, realizadas en
la Villa Marista, se abocaron al estudio de la Encíclica
Pascendi Dominici Gregis. Este documento de Pío X, el
Papa que da nominación a la Fraternidad lefevreana,
aborda los “errores del modernismo”. Aunque en su
finalidad se ordena principalmente a prescripciones para
el clero, los anatemas lanzados por el pontífice, que
alcanzan a casi todas las teorías sociales modernas,
arraigan en anteriores condenaciones conciliares y
pontificias, que incluyen a las libertades consagradas
en todas las constituciones de occidente.
Esta encíclica, así como caracteriza
al “modernismo” como “síntesis de todos los errores y
herejías” del pasado, pretende resumir todos los
pronunciamientos del magisterio contra ellos. En el
universo de lo social, recurre a la doctrina expuesta
por sus predecesores, en tiempos en los que se gestaban
las ideas que originaron la civilización presente. Y no
es precisamente muy indulgente el tratamiento que la
Iglesia dio a estas nuevas ideas, la mayoría hoy
aceptadas universalmente como una obviedad.
Desde los cimientos de la democracia,
hasta los derechos fundamentales de la persona humana,
prácticamente se había condenado todo. Con un cariz
furibundo como el de Pablo IV, en plena consolidación de
la Reforma, a otro en tono paternal, como el de León
XIII, los pontífices anteriores reprobaron derechos hoy
reconocidos, hasta por la propia Iglesia, como
inalienables de la persona o patrimonio común de la
civilización; la democracia, la igualdad, el derecho a
la independencia, las libertades de opinión, de culto,
de prensa y hasta la libertad de conciencia.
Sobre estos antecedentes, Pío X clama
por una mayor vigilancia del pensamiento, ordena
profundizar la aplicación de la censura, reforzar la
acción del Index y del Santo Oficio, expulsar de los
Seminarios a los que, aún en grado de sospecha, adhieran
a las corrientes de pensamiento modernista.
¡Vaya programa de estudio para estos
tiempos! Aunque quizá convenga atender al consejo de
estos estudiosos de la Pascendi y leerla. Los “errores”
condenados están descriptos de manera tan ajustada y
objetiva, que su subsiguiente anatema adquiere un tinte
casi grotesco.
Si la Iglesia ha recorrido un doloroso
camino para reencontrarse con el pueblo sufriente,
dejando atrás un pasado de oprobio en el que pontífices
y altos prelados se aliaron a los poderes opresores,
para reprimir la lucha por la conquista de los derechos
fundamentales o para restaurar arcaicas e injustas
estructuras de privilegio y explotación, ahora estos
resabios facciosos de la más deplorable etapa de la
Iglesia, pretenden retrotraer la Historia a lo peor de
la decadente Edad Media tardía.
Aunque su número no sea todavía
alarmante, podemos percibir que persisten entre la
tripulación de la Barca unos cuantos Von Wernich. Pero
si son cuantitativamente pocos, no deberíamos olvidar
que también eran pocos en los sesenta, lo que no les
impidió seducir a algunos cuadros militares que, cuando
ascendieron en la jerarquía, se convirtieron en mentores
y ejecutores del más oscuro período de la historia
argentina. |