Miércoles 12 de Septiembre de 2007 - Año 92 - Edición 7315 - Edición digital 0615

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Una revolución necesaria. La moral

Escribe: Roberto Alonso

Es común escuchar que la política es un arte. Si esto es así, aquellos que piensan la política de esta forma son “artistas”. Por ello, es usual que políticos “artistas” dibujen, hagan y digan para el público. Actúan. De esta manera pueden darle un beso a un niño para la foto, luego violar sus derechos por detrás. Es así, que en ese hacer, con voz y cara de bronce, cual bustos parlantes, montan la escena. Plantean disputas internas en sus partidos, alegan cuestiones ideológicas, quién es y quién no. Se auto titulan representativos cuando se eligieron entre ellos desde la comodidad de sus escritorios convirtiendo a la democracia en algo nominal, al punto, se disponen funcionarios ocultos en listas que tragan las urnas.

¿Y la gente? Esa gente de carne y hueso que transita la vida sin acceso a la educación, salud, al alimento básico de supervivencia, sin futuro, ya sin sueños. Esa gente, ¿importa? Sí. Como perspectiva de voto, como gentío, número, masa. Receptores de la actuación y soporte de una buena vida.

Buena vida que se manifiesta, por ejemplo, en carísimas propiedades, gastos, que aparecen a meses de asumir un cargo público. Prontamente, en jubilaciones de privilegio obtenidas años antes de lo que obliga la ley a cualquier ciudadano común. Con cifras que avergüenzan a cualquiera, menos al que cobra. Prerrogativas anticonstitucionales. Impúdicas. Otorgadas por timadores de igual médula.

Inmorales. Porque todo aquel que obtenga un privilegio sostenido con fondos públicos en un país como el nuestro donde aún hoy la tasa de infantes muertos por desnutrición es vergonzosa, es absolutamente obsceno, repulsivo. ¿Qué gusto tendrá el pan que se lleva a la mesa con esos dineros? ¿Cómo se comulga con él? Imagino. Su sola idea trastorna al ciudadano íntegro, probo, humano. El que tiene un placard a prueba de inspección.

¿Podrá alguno de estos “artistas” de la política de cara a ese pueblo que “dice” representar, frente a uno de tantos pibes desnutridos que se hacen visibles en cualquier calle conmoviéndonos, justificar, argumentar de manera sólida el por qué de su privilegio? No hay excusa. ¿Acaso no cobran cuando son funcionarios? ¿Se los debe declarar Patricios con derechos extraordinarios? A la sazón, cuántos cientos de éstos hay que juntar para cambiarlo por un solo Favaloro médico.

Aquellos que acompañan a estos personajes y callan, francamente, por más que pontifiquen sobre política y señalen con dedo cuidado, tienen por capital una moral que hace agua por todos lados. Su silencio los descubre, los evidencia. Callan, pues esperan turno para cebarse, cual rapaces, del cuerpo social que señalan representar.

Cercano ya octubre, es interesante que quienes se postulen para algún cargo, también sus seguidores, dibujen en el piso de las propuestas una nítida, clara raya que divida y ponga de un lado a los que ciertamente sirven al pueblo y del otro, con nombre y apellido, a los que se aprovechan de él. Quienes con el dinero de sus jubilaciones de privilegio o sueldos inmerecidos se llevan lo que falta en hospitales, escuelas, seguridad; en cada hogar.

Es ineludible, de cara al futuro, como principio, plantear una revolución. La revolución moral.

La honestidad como valor supremo, con hombres concretos, íntegros. Es lo que se necesita para que la política sea lo que verdaderamente es. Ciencia imbuida de natural humanidad y que necesariamente implica el juzgamiento de quien obra porque en él radica y se sustancia el valor de sus acciones. Obrar bien, por el bien y felicidad de todos.

Cuando se es honesto, se ama la verdad. Y la verdad construye, irremediablemente, la diferencia.