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Una revolución necesaria. La moral
Escribe: Roberto Alonso
Es común escuchar que la política es
un arte. Si esto es así, aquellos que piensan la
política de esta forma son “artistas”. Por ello, es
usual que políticos “artistas” dibujen, hagan y digan
para el público. Actúan. De esta manera pueden darle un
beso a un niño para la foto, luego violar sus derechos
por detrás. Es así, que en ese hacer, con voz y cara de
bronce, cual bustos parlantes, montan la escena.
Plantean disputas internas en sus partidos, alegan
cuestiones ideológicas, quién es y quién no. Se auto
titulan representativos cuando se eligieron entre ellos
desde la comodidad de sus escritorios convirtiendo a la
democracia en algo nominal, al punto, se disponen
funcionarios ocultos en listas que tragan las urnas.
¿Y la gente? Esa gente de carne y
hueso que transita la vida sin acceso a la educación,
salud, al alimento básico de supervivencia, sin futuro,
ya sin sueños. Esa gente, ¿importa? Sí. Como perspectiva
de voto, como gentío, número, masa. Receptores de la
actuación y soporte de una buena vida.
Buena vida que se manifiesta, por
ejemplo, en carísimas propiedades, gastos, que aparecen
a meses de asumir un cargo público. Prontamente, en
jubilaciones de privilegio obtenidas años antes de lo
que obliga la ley a cualquier ciudadano común. Con
cifras que avergüenzan a cualquiera, menos al que cobra.
Prerrogativas anticonstitucionales. Impúdicas. Otorgadas
por timadores de igual médula.
Inmorales. Porque todo aquel que
obtenga un privilegio sostenido con fondos públicos en
un país como el nuestro donde aún hoy la tasa de
infantes muertos por desnutrición es vergonzosa, es
absolutamente obsceno, repulsivo. ¿Qué gusto tendrá el
pan que se lleva a la mesa con esos dineros? ¿Cómo se
comulga con él? Imagino. Su sola idea trastorna al
ciudadano íntegro, probo, humano. El que tiene un
placard a prueba de inspección.
¿Podrá alguno de estos “artistas” de
la política de cara a ese pueblo que “dice” representar,
frente a uno de tantos pibes desnutridos que se hacen
visibles en cualquier calle conmoviéndonos, justificar,
argumentar de manera sólida el por qué de su privilegio?
No hay excusa. ¿Acaso no cobran cuando son funcionarios?
¿Se los debe declarar Patricios con derechos
extraordinarios? A la sazón, cuántos cientos de éstos
hay que juntar para cambiarlo por un solo Favaloro
médico.
Aquellos que acompañan a estos
personajes y callan, francamente, por más que
pontifiquen sobre política y señalen con dedo cuidado,
tienen por capital una moral que hace agua por todos
lados. Su silencio los descubre, los evidencia. Callan,
pues esperan turno para cebarse, cual rapaces, del
cuerpo social que señalan representar.
Cercano ya octubre, es interesante que
quienes se postulen para algún cargo, también sus
seguidores, dibujen en el piso de las propuestas una
nítida, clara raya que divida y ponga de un lado a los
que ciertamente sirven al pueblo y del otro, con nombre
y apellido, a los que se aprovechan de él. Quienes con
el dinero de sus jubilaciones de privilegio o sueldos
inmerecidos se llevan lo que falta en hospitales,
escuelas, seguridad; en cada hogar.
Es ineludible, de cara al futuro, como
principio, plantear una revolución. La revolución moral.
La honestidad como valor supremo, con
hombres concretos, íntegros. Es lo que se necesita para
que la política sea lo que verdaderamente es. Ciencia
imbuida de natural humanidad y que necesariamente
implica el juzgamiento de quien obra porque en él radica
y se sustancia el valor de sus acciones. Obrar bien, por
el bien y felicidad de todos.
Cuando se es honesto, se ama la
verdad. Y la verdad construye, irremediablemente, la
diferencia. |