Sábado 22 de Septiembre de 2007 - Año 92 - Edición 7318 - Edición digital 0618

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Hombres públicos, mujeres privadas

A 60 años de la sanción del voto femenino

Escribe Claudia Prince-Secretaria Ejecutiva del Consejo Provincial de las Mujeres

“Ha llegado la hora de la mujer que comparte una causa pública y ha muerto la hora de la mujer como valor inerte y numérico de la sociedad. Ha llegado la hora de la mujer que piensa y juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste atada e impotente a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país”.

Con estas palabras Eva Perón dirige, el 12 de marzo de 1947, su mensaje sobre el voto femenino en el marco de una intensa y vasta acción política de reconocimiento y exigibilidad de los derechos civiles y políticos de las mujeres. El 23 de septiembre de ese año el Congreso promulga la Ley Nº 13.010, de Voto Femenino, mientras se aguardaba su sanción en un gran acto cívico en Plaza de Mayo. La actividad desplegada para lograrlo abarcó todos los ámbitos: reuniones con los legisladores, con mujeres integrantes de los centros cívicos, obreras que activaban en la calle y reclamaban el voto universal, campañas en la radio y en la prensa, registro de adhesiones y reuniones para promover la ley.

Un nuevo escenario comenzaba a construirse y a legitimarse: la participación de las mujeres en el espacio público, impulsado desde 1945 por el entonces Coronel Juan Domingo Perón a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión, formando para ello la Comisión Pro-Sufragio Femenino que Eva presidió.

Eva, entonces se rebela y se revela. Se rebela ante un orden que excluía al 50% de las personas, que admitía para ellas sólo una ciudadanía restringida, tutelada, de incapaces para ejercer sus derechos políticos. Y se revela, haciendo visible su capacidad y voluntad para producir el cambio, revela, también, el resquebrajamiento del viejo orden, el que ocultaba la injusticia, la desigualdad.

Con la nueva ley se realizaron las elecciones del 11 de noviembre de 1951. Las mujeres argentinas eligieron por primera vez presidente. Votaron 3.816.654 mujeres. El 63,9% lo hizo por el Partido Peronista, el 30,8% por la Unión Cívica Radical. A su vez, el Partido Peronista fue el único de los dos que llevó mujeres en sus listas. En 1952 asumieron 23 diputadas y 6 senadoras sus bancas.

En 1955, las mujeres cubrieron el 21,7% de los cargos de diputados, el 22,2% de los de senadores y el 35,7 de los delegados de Territorios Nacionales que integraban el Congreso Nacional. En esta composición incidió la resolución del Partido Peronista que estableció que un tercio de las listas electivas debían ser mujeres, modificando un espacio totalmente cerrado, hasta ese momento, a las mujeres.

A partir del golpe militar de 1955 y con la proscripción del Peronismo, la presencia femenina en las cámaras, cuando funcionaban, disminuyó sensiblemente.

En 1991 fue aprobada la Ley 24.012, conocida como Ley de Cupos, que amplió las posibilidades de participación real de las mujeres, como resultado de un proceso de acuerdos y movilizaciones de las mujeres de todos los espacios políticos y de organizaciones de mujeres.

En el año 2000, mediante el Decreto Nº 1246/00 se amplió la Ley 24.012 para las elecciones directas del Senado de la Nación.

Si bien hubo con anterioridad otras iniciativas legislativas similares, como la de Alfredo Palacios, ninguna logró articular un plan de acción con protagonismo y participación de un amplio espectro de mujeres movilizadas para defender un derecho básico, reconocido en nuestra Constitución Nacional como el de igualdad ante la ley.

De esta manera culminaba una larga historia de luchas y reivindicaciones que mujeres como Cecilia Grierson, Alicia Moreau de Justo, Elvira Dellepiane, Julieta Lantieri, Carmela Horne, Carolina Muzzilli y Victoria Ocampo, plantearon desde comienzos del siglo XX y que el peronismo concretó.

Las primeras sufragistas ponían el acento en la creencia que en la medida que las mujeres accedieran al voto, es decir elegir y también ser elegidas, se facilitaría el tratamiento y resolución de sus problemáticas específicas. Consecuentemente, el primer paso era hacer efectiva esta norma.

Muchas de ellas no escatimaron esfuerzos y apelaron a la imaginación para lograrlo, como la doctora Julieta Lantieri que en 1917 creó el Partido Feminista Nacional, que encabezaba, fiel representante de la lucha de las sufragistas, quien se postulaba de manera simbólica como candidata a diputada.

Al año siguiente resolvió levantar un empadronamiento femenino y realizar un simulacro de votación. Frente a un colegio donde se votaba, pusieron urnas y de manera paralela a la elección oficial, votaron más de 4.000 mujeres.

Sin embargo, a la luz de la historia, vemos que esta secuencia lógica que se planteaba resultó, por sí misma, no ser tan efectiva para el logro de la igualdad.

Participar en los actos electorales y lograr presencia femenina en las representaciones políticas son parte de una estrategia que debe ser integral e integrada a otras acciones y que desplegada desde esta visión, nos permitan alcanzar la plena igualdad jurídica, social, económica, política y cultural. Todas ellas entrelazadas, como causa y efecto, entre unas y otras y al mismo tiempo.

Aquí podemos pensar también dos cuestiones vinculadas con la participación en el espacio público de las mujeres. Una tiene que ver con la inclusión social, que no se consigue si un sector (la mitad) no participa activamente en el desarrollo de su comunidad, reconocido también, como un derecho inherente a toda persona. Participación que necesariamente se tiene que dar en el acceso al espacio público, lugar donde se toman las decisiones. Tampoco habrá cohesión social si no se ponen en funcionamiento los mecanismos necesarios que integren a unos y otras en un proyecto compartido que atienda las necesidades específicas de cada sector.

Igualdad que no sólo sea un reconocimiento formal, como históricamente ha sido, sino igualdad real, sustantiva y de resultados. Para que nuestro salario sea equitativo, igual trabajo igual remuneración, para que la pobreza no sea mayoritariamente femenina igual que la desocupación, para que las mujeres no sean cada día más las involucradas en el VIH-SIDA, para conciliar el ámbito familiar con el laboral, para garantizar el acceso a la salud sexual y procreación responsable. Para que en un futuro, esperemos no muy lejano, no sea necesario una ley de cupo femenino que nos garantiza al menos un 30% de presencia en las legislaturas, en los Concejos Deliberantes, y acceder de este modo a un espacio colegiado de decisión y también en un futuro no tan futuro, más bien en presente, poder llegar a integrar las cámaras en paridad. Entonces sí, votar y poder ser elegida tiene sentido.