|
Hombres públicos, mujeres
privadas A 60
años de la sanción del voto femenino
Escribe Claudia Prince-Secretaria
Ejecutiva del Consejo Provincial de las Mujeres
“Ha llegado la hora de la
mujer que comparte una causa pública y ha muerto la hora
de la mujer como valor inerte y numérico de la sociedad.
Ha llegado la hora de la mujer que piensa y juzga,
rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que
asiste atada e impotente a la caprichosa elaboración
política de los destinos de su país”.
Con estas palabras Eva
Perón dirige, el 12 de marzo de 1947, su mensaje sobre
el voto femenino en el marco de una intensa y vasta
acción política de reconocimiento y exigibilidad de los
derechos civiles y políticos de las mujeres. El 23 de
septiembre de ese año el Congreso promulga la Ley Nº
13.010, de Voto Femenino, mientras se aguardaba su
sanción en un gran acto cívico en Plaza de Mayo. La
actividad desplegada para lograrlo abarcó todos los
ámbitos: reuniones con los legisladores, con mujeres
integrantes de los centros cívicos, obreras que
activaban en la calle y reclamaban el voto universal,
campañas en la radio y en la prensa, registro de
adhesiones y reuniones para promover la ley.
Un nuevo escenario
comenzaba a construirse y a legitimarse: la
participación de las mujeres en el espacio público,
impulsado desde 1945 por el entonces Coronel Juan
Domingo Perón a cargo de la Secretaría de Trabajo y
Previsión, formando para ello la Comisión Pro-Sufragio
Femenino que Eva presidió.
Eva, entonces se rebela y
se revela. Se rebela ante un orden que excluía al 50% de
las personas, que admitía para ellas sólo una ciudadanía
restringida, tutelada, de incapaces para ejercer sus
derechos políticos. Y se revela, haciendo visible su
capacidad y voluntad para producir el cambio, revela,
también, el resquebrajamiento del viejo orden, el que
ocultaba la injusticia, la desigualdad.
Con la nueva ley se
realizaron las elecciones del 11 de noviembre de 1951.
Las mujeres argentinas eligieron por primera vez
presidente. Votaron 3.816.654 mujeres. El 63,9% lo hizo
por el Partido Peronista, el 30,8% por la Unión Cívica
Radical. A su vez, el Partido Peronista fue el único de
los dos que llevó mujeres en sus listas. En 1952
asumieron 23 diputadas y 6 senadoras sus bancas.
En 1955, las mujeres
cubrieron el 21,7% de los cargos de diputados, el 22,2%
de los de senadores y el 35,7 de los delegados de
Territorios Nacionales que integraban el Congreso
Nacional. En esta composición incidió la resolución del
Partido Peronista que estableció que un tercio de las
listas electivas debían ser mujeres, modificando un
espacio totalmente cerrado, hasta ese momento, a las
mujeres.
A partir del golpe
militar de 1955 y con la proscripción del Peronismo, la
presencia femenina en las cámaras, cuando funcionaban,
disminuyó sensiblemente.
En 1991 fue aprobada la
Ley 24.012, conocida como Ley de Cupos, que amplió las
posibilidades de participación real de las mujeres, como
resultado de un proceso de acuerdos y movilizaciones de
las mujeres de todos los espacios políticos y de
organizaciones de mujeres.
En el año 2000, mediante
el Decreto Nº 1246/00 se amplió la Ley 24.012 para las
elecciones directas del Senado de la Nación.
Si bien hubo con
anterioridad otras iniciativas legislativas similares,
como la de Alfredo Palacios, ninguna logró articular un
plan de acción con protagonismo y participación de un
amplio espectro de mujeres movilizadas para defender un
derecho básico, reconocido en nuestra Constitución
Nacional como el de igualdad ante la ley.
De esta manera culminaba
una larga historia de luchas y reivindicaciones que
mujeres como Cecilia Grierson, Alicia Moreau de Justo,
Elvira Dellepiane, Julieta Lantieri, Carmela Horne,
Carolina Muzzilli y Victoria Ocampo, plantearon desde
comienzos del siglo XX y que el peronismo concretó.
Las primeras sufragistas
ponían el acento en la creencia que en la medida que las
mujeres accedieran al voto, es decir elegir y también
ser elegidas, se facilitaría el tratamiento y resolución
de sus problemáticas específicas. Consecuentemente, el
primer paso era hacer efectiva esta norma.
Muchas de ellas no
escatimaron esfuerzos y apelaron a la imaginación para
lograrlo, como la doctora Julieta Lantieri que en 1917
creó el Partido Feminista Nacional, que encabezaba, fiel
representante de la lucha de las sufragistas, quien se
postulaba de manera simbólica como candidata a diputada.
Al año siguiente resolvió
levantar un empadronamiento femenino y realizar un
simulacro de votación. Frente a un colegio donde se
votaba, pusieron urnas y de manera paralela a la
elección oficial, votaron más de 4.000 mujeres.
Sin embargo, a la luz de
la historia, vemos que esta secuencia lógica que se
planteaba resultó, por sí misma, no ser tan efectiva
para el logro de la igualdad.
Participar en los actos
electorales y lograr presencia femenina en las
representaciones políticas son parte de una estrategia
que debe ser integral e integrada a otras acciones y que
desplegada desde esta visión, nos permitan alcanzar la
plena igualdad jurídica, social, económica, política y
cultural. Todas ellas entrelazadas, como causa y efecto,
entre unas y otras y al mismo tiempo.
Aquí podemos pensar
también dos cuestiones vinculadas con la participación
en el espacio público de las mujeres. Una tiene que ver
con la inclusión social, que no se consigue si un sector
(la mitad) no participa activamente en el desarrollo de
su comunidad, reconocido también, como un derecho
inherente a toda persona. Participación que
necesariamente se tiene que dar en el acceso al espacio
público, lugar donde se toman las decisiones. Tampoco
habrá cohesión social si no se ponen en funcionamiento
los mecanismos necesarios que integren a unos y otras en
un proyecto compartido que atienda las necesidades
específicas de cada sector.
Igualdad que no sólo sea
un reconocimiento formal, como históricamente ha sido,
sino igualdad real, sustantiva y de resultados. Para que
nuestro salario sea equitativo, igual trabajo igual
remuneración, para que la pobreza no sea
mayoritariamente femenina igual que la desocupación,
para que las mujeres no sean cada día más las
involucradas en el VIH-SIDA, para conciliar el ámbito
familiar con el laboral, para garantizar el acceso a la
salud sexual y procreación responsable. Para que en un
futuro, esperemos no muy lejano, no sea necesario una
ley de cupo femenino que nos garantiza al menos un 30%
de presencia en las legislaturas, en los Concejos
Deliberantes, y acceder de este modo a un espacio
colegiado de decisión y también en un futuro no tan
futuro, más bien en presente, poder llegar a integrar
las cámaras en paridad. Entonces sí, votar y poder ser
elegida tiene sentido.
|